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Columnistas

La ultraderecha, a la caza de la Unión Europeoa

No hacía falta conocer los resultados de las elecciones para la eurocámara para confirmar que hace rato la ultraderecha no solo domina el debate público europeo, sino que marca la agenda política en varios países, entre ellos Italia, Suecia, Hungría, República Checa, España, Holanda, Portugal y Bélgica. Donde no llegaron al gobierno, manejan regiones o tiene mucho peso en los parlamentos nacionales.

Hasta ahora Francia, Alemania y la Unión Europea han podido sostener lo que se llama un “cordón sanitario” para contener este aluvión. Se trata de acuerdos explícitos entre las fuerzas políticas para aislar e impedir que partidos con ideologías incompatibles con los valores democráticos accedan al poder. Esto se materializa no haciendo alianzas ni pactos de gobierno o programáticos con los ultras. Los resultados de las elecciones europeas hacen temblar esa estrategia como nunca.

Macron en su momento más delicado

En Francia, el Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen ganó las elecciones (obtuvo un aplastante 31,4%, más del doble del 14,6% que sacó la candidata de Macron). Para Macron fue un golpe durísimo que hizo que disolviera la Asamblea Nacional y convocara a la gente otra vez a las urnas el 30 de junio y el 7 de julio para renovar la cámara baja de la legislatura francesa y sentar las bases para un nuevo gobierno.

Se trata de una jugada audaz, bien al estilo de Macron, y por lo tanto riesgosa. La extrema derecha podría aprovechar el impulso de su victoria europea para llegar por primera vez al gobierno. Jordan Bardella, presidente oficial del RN, buscará ser nombrado como primer ministro si logra una mayoría importante dentro de unas semanas. Tiene solo 28 años.

La política francesa atraviesa un terremoto frente a esta irrupción de la extrema derecha. Esta vez será difícil frenarlos. Sobre todo, si se tiene en cuenta la crisis que se desató cuando el líder de lo queda de los conservadores (ex partido de Chirac, Sarkozy), Eric Ciotti, decidió aliarse con Le Pen y Bardella sin el acuerdo de los partidos. Esto generó un escándalo y es difícil que prospere, pero marca una tendencia. La ultraderecha francesa ahora genera atracción.

Alemania: menos sorpresa

En Alemania ya la vieron venir. Alternativa por Alemania (AfD), el partido más importante de la ultraderecha local, tiene alta chances de ganar las elecciones regionales en distritos importantes. Por ello, que haya sido el segundo partido más votado en las elecciones europeas (detrás de la CDU que lideró Merkel durante décadas) no debería sorprender, aunque sí preocupar. Sobre todo, porque logró estos resultados a pesar de que uno de sus dirigentes más importantes había sido separado hace poco porque la justicia lo acusó de haber utilizado una consigna nazi en público. La socialdemocracia de Scholz quedó en tercer lugar.

El desafío de la UE

Ahora se vienen las negociaciones para que los partidos de extrema derecha que se agrandan en el parlamento europeo no hagan los que todos temen que hagan: horadar a la Unión Europea desde adentro. Para eso se tienen que mantener las alianzas entre los grupos políticos tradicionales de la política europea. Después de algunas dudas y algún acercamiento con Giorgia Meloni, Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, que busca mantenerse en el cargo, se puso rápidamente a trabajar en eso y llamó a repetir la alianza que viene gestionando la política en la UE: la de la centro derecha con los socialdemócratas, liberales y quizás los verdes. Ese cordón sanitario parece, por ahora, más sólido que el francés o el alemán. Veremos.

Los partidos de extrema derecha llegaron a tener este protagonismo en Europa por varias razones. Por un lado, por el descontento acumulado por sociedades polarizadas y hastiadas de la inoperancia e incapacidad de la política tradicional, que gobernó desde la finalización de la Segunda Guerra, para resolver sus problemas diarios. La falta de políticas públicas centradas en el ciudadano la hizo colapsar.

Los partidos de centro derecha, paralizados frente a la aparición de los ultras, no pudieron resistir su embestida. En algunos de los casos sobrevivieron armando alianzas para gobernar, adoptando su agenda. Otros fueron cooptados definitivamente hasta hacerlos casi desaparecer.

La socialdemocracia prácticamente salió del mapa de poder real en la mayoría de los países. No solo no supo gestionar las crisis que se sucedieron en Europa, sino que no supo cómo contrarrestar el discurso antipolítico que instaló la derecha más dura. Le regaló la agenda.

Ahora los ultras consolidaron su llegada a la Unión Europea para intentar meterse definitivamente en el juego político que esa construcción supranacional ofrece. Buscarán operar desde adentro con una agenda bien marcada en la cual predomina un rechazo furibundo contra la inmigración, sobre todo la musulmana, y las políticas globales “idealistas” como el cambio climático. 

Saben muy bien que para implantar sus políticas necesitan controlar las instituciones comunitarias. Desde allí buscarán romper en pedazos la parte de liberal de las democracias: el pluralismo, la independencia de poderes, la ampliación de derechos, el multiculturalismo.

Las distintas formas de ser de ultraderecha

Los partidos de extrema derecha se prepararon para esto, cada uno en sus países. En primer lugar, han sabido cambiar a tiempo, interpretando el clima social y político. Por ejemplo, abandonaron su antieuropeísmo porque se asustaron de los resultados horrorosos que tuvo el Brexit para el Reino Unido. Muchos recuerdan hoy, cuando la ven a Marine Le pen festejar su triunfo en Francia en las elecciones para el parlamento europeo, cómo ella defendía el Brexit y la salida del euro en 2017.

También supieron captar el descontento ciudadano con las consecuencias de tres de las grandes crisis de este siglo XXI: la económica de 2009, la de inmigración en 2015 y la pandemia. Luego encontraron un discurso sencillo responsabilizando al establishment político y económico de estar preocupado en temas “menores” como el cambio climático y los derechos de las minorías (políticas de género, por ejemplo) mientras en Europa los ciudadanos seguían sufriendo las consecuencias de la crisis. También encontraron un enemigo: los inmigrantes. Por supuesto, todo cargado de nacionalismo y xenofobia.

La fortaleza que individualmente muestran en sus países se resquebraja a la hora de imaginar alianzas de poder. Existe una gran variedad de partidos de extrema derecha o ultras que conviven, no sin dificultad, en el parlamento europeo. Por un lado, están los Conservadores y Reformistas cuya figura central es la italiana Giorgia Meloni. Son europeístas. También está Vox. Se trata de partidos ultraconservadores que buscan recuperar el control de algunas competencias que ahora están en Bruselas. En lo económico son ultraliberales.

La otra familia se llama Identidad y Democracia. Le Pen es quizá la representante más conocida.  No creen en la identidad europea que impulsa la Unión Europea y por eso su foco está puesto en la lucha contra la inmigración.

En líneas generales los partidos de extrema derecha quieren una Europa “blanca cristiana”. Son antimusulmanes, antiliberales y anticomunistas. Al mismo tiempo promueven la reproducción, la familia tradicional y son fuertemente anti LGTB. Se oponen al proyecto europeo basado en el multiculturalismo y creen que la inmigración pone en riesgo la cultura europea.

Pero lo que más separa a todos los partidos de la extrema derecha es la guerra de Ucrania. Existen dos posiciones bien marcadas: la que defiende la posición de apoyo político, económico y militar que la UE le viene dando a Ucrania desde que se produjo la invasión de Rusia en 2022, y la de aquellos que están más cerca de Putin. Ahí aparecen Le Pen y claramente el húngaro Viktor Orban, por ahora en minoría en la escena mayor.

En definitiva, el aluvión de los partidos de ultraderecha está llegando al parlamento europeo. Ese es el dato principal de las elecciones del último domingo. Como controlar su expansión será el mayor desafío de aquí en adelante para la nueva legislatura que parece volverá a ser conducida por la familia del centro político europeo.

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