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Columnistas

Aportes (no económicos) para pensar la productividad de las ciencias

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Por AAIHMEG |Comisión directiva

Ana se levanta a la mañana temprano y ayuda a su hija con la tarea escolar indicada por la maestra de 1º grado. Más tarde, acompaña a su madre a una consulta médica, en donde la profesional le explica que sus síntomas se corresponden con afecciones cardíacas, y que éstos suelen ser diferentes entre varones y mujeres. Luego, ambas se dirigen al banco donde la madre cobrará su jubilación mínima, a la que accedió por moratoria previsional porque nunca tuvo un empleo formal.

Tal vez, Ana no reconozca a simple vista cuanto su día estuvo rodeado de ciencia. La tarea de su hija fue elaborada por la maestra siguiendo los estudios sobre alfabetización hechos por investigadoras y pedagogas universitarias, tras los pasos de Emilia Ferreiro. La médica de su madre hizo un diagnóstico teniendo en cuenta investigaciones en salud realizadas con perspectiva de género, como las de la psiconalista Débora Tajer. Además, los cálculos realizados por distintas economistas feministas registraron el valor económico de las tareas domésticas y de cuidado no remuneradas, sostenidas principalmente por las mujeres y estimaron su aporte al PBI. Esto en el pasado reciente permitió idear propuestas de políticas públicas de reconocimiento previsional y ampliación de derechos.

El conocimiento científico puede ser un producto valioso que se vende en el mercado de bienes y servicios. En estos tiempos, algunos saberes logran además construir tecnologías que permiten acumular capital económico. Para quienes desarrollan líneas de trabajo con estos objetivos, CONICET es una marca prestigiosa. Esto se tornó visible durante la pandemia de COVID-19, cuando la empresa Atom-Protect la utilizó para vender barbijos. También puede ser un logo efectivo para quienes crean startups que comercian productos biotecnológicos para mejorar el rendimiento agrícola, el tratamiento de enfermedades u otros fines menos altruistas, como la clonación de caballos para equipos de polo. Para estos sectores, sería necesario que la “marca” no se desprestigie con publicaciones que hablan de sexualidad, o que denuncian los efectos de los transgénicos, los agrotóxicos o el extractivismo, o que analicen las lógicas de poder, los conflictos y las luchas sociales.

En el contexto actual, la ciencia también genera incomodidad en ciertos sectores sociales, económicos y políticos, en especial, el foco está colocado en las disciplinas humanísticas y sociales que erosionan sentidos comunes, y otorgan herramientas de análisis para pensar el pasado, el presente y también el futuro de nuestra sociedad. La publicidad construida para generar rechazo en la ciudadanía en torno al conocimiento social o aquel que profundice los sentidos críticos sobre el mundo que vivimos es inaudita y peligrosa. Para quienes formamos parte de estas disciplinas es importante exponer qué temas estudiamos y para qué. Es nuestro modo de crear sentidos compartidos sobre el valor y la rigurosidad de nuestros trabajos, y a la par de demostrar que el desarrollo de la ciencia no puede restringirse a los intereses del sector privado. Desde la antropología, la historia, la sociología, las ciencias de la educación, la crítica literaria, la filosofía y otras disciplinas, se marcan los límites de ciertas políticas, se cuestionan universalismos, esencialismos y exclusiones sociales, se señalan los impactos diferenciales de la pobreza y cómo los modelos económicos actuales se aprovechan de las brechas salariales entre varones y mujeres y del aporte del trabajo no remunerado de las mujeres para aumentar sus ganancias, sin cuya contribución el mundo no se movería.

Hoy el sistema científico y tecnológico está en riesgo por el desfinanciamiento de las universidades nacionales de gestión pública, del CONICET, de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y de todos los organismos vinculados a esta tarea. Por más que el actual presidente del CONICET, Daniel Salamone, plantee que no hay problemas presupuestarios porque hasta el momento se ejecutó el 41%, lo cierto que ese es el porcentaje de un presupuesto asignado para los costos de hace dos años. En lo que va del 2024, despidieron a 140 trabajadores/as administrativos y de maestranza, y no se descartan nuevos despidos. Además, redujeron las becas doctorales de 1300 a 600, y se congelaron los ingresos a la carrera de investigador científico, concursados el año pasado. También están detenidos los financiamientos de los proyectos de investigación ya adjudicados, y se rumorea que bajarán de 800 a menos de 300 las becas posdoctorales, provocando la interrupción de carreras profesionales en algunos casos, y empujando a la migración a cientos de jóvenes investigadores/as. Este ajuste se efectúa violando la Ley de Financiamiento del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (2021) aprobada por unanimidad por el Congreso de la Nación. Pero este no es un mero recorte presupuestario, ya que va unido a una sostenida campaña de desprestigio a quienes trabajamos en el sistema de CyT, con particular énfasis en las ciencias sociales y humanas. Por su carácter cuestionador de las relaciones de poder vigentes, el desarrollo de estas ciencias es imposible en sociedades autoritarias. El ataque entonces no es casual.

Salamone, quien se ha ocupado de halagar las trayectorias de sus becarios devenidos en emprendedores exitosos en el mercado global de clones, propone un sistema científico sin ciencias sociales y humanas, con financiamiento privado, que equipara a investigadores/as con emprendedores, y al CONICET con una agencia de talentos. Así, además de hacer tareas de investigación, publicación y divulgación científica, los y las investigadores/as deberán encontrar financiamiento privado por su cuenta para hacer una “startup”.

¿Acaso la ciencia sólo debe generar valor económico? ¿Cuánto vale la construcción del conocimiento científico? ¿Qué sociedad se genera cuando los capitales privados financian investigaciones que estudian modelos productivos nocivos para las personas y el ambiente? ¿Es posible que consigamos que la industria agroquímica financie trabajos sobre comunidades campesinas fumigadas? ¿O quizás que las billeteras virtuales nos dejen ver el endeudamiento familiar a partir de su uso con la asignación universal por hijo?

Reivindicamos que la ciencia no tiene que ser productiva en los términos del mercado. También entendemos que hay problemas que requieren de una ciencia lenta, que reflexione lo suficiente y priorice la calidad de sus conclusiones por sobre la cantidad de papers. Defendemos una ciencia que no genera ganancias, que no produce valor económico ni monetario. Una ciencia feminista que incomoda, que busca democratizar la producción y el acceso al conocimiento científico. Una ciencia para reflexionar sobre nuestra realidad, desnudar las relaciones de poder y proponer otros mundos posibles.

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