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Política

Los negocios de la dictadura: el trabajo esclavo en la ESMA

trabajo esclavo

La última dictadura militar en Argentina cometió un genocidio contra su pueblo desde 1976 a 1983 y entre los 800 Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio (CCDTyE) que funcionaron la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) fue uno de los más importantes. Por allí, más de 5.000 personas estuvieron en cautiverio: la inmensa mayoría fue asesinada y desaparecida, algunas estuvieron sin saberlo y alrededor 250 de sobrevivientes testimoniaron haber estado secuestrados, sufriendo varios de ellos el trabajo esclavo.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el trabajo esclavo puede entenderse como el trabajo que se realiza de manera involuntaria y bajo amenaza de una pena cualquiera. "Se refiere a situaciones en las cuales personas están forzadas a trabajar mediante el uso de violencia o intimidación", explican.

De acuerdo al Convenio sobre el trabajo forzoso, 1930 (núm. 29) de la OIT, el trabajo forzoso u obligatorio designa "todo trabajo o servicio exigido a un individuo bajo la amenaza de una pena cualquiera y para el cual dicho individuo no se ofrece voluntariamente". "Además de ser una violación grave de los derechos humanos, exigir trabajo forzoso también constituye un delito penal", determinaba el tratado.

Y fue por esto por lo que pasaron varias víctimas de la dictadura en la ESMA desde 1976 a 1983. “Yo he sido siempre coaccionado a realizar tareas y no me queda ninguna duda al respecto, yo no era empleado de la Escuela de Mecánica de la Armada; un empleado puede decir renuncio y deme la liquidación, si yo renunciaba me liquidaban”, denunció, en 1985 en el Juicio a las Juntas, Víctor Basterra, sobreviviente del genocidio y último desaparecido en salir en libertad a días de que asuma Raúl Alfonsín la Presidente en diciembre de 1983.

El Pañol del Casino de oficiales, antesala de la Pecera (Foto: Sebastián Leblebidjian).

¿Cuáles eran los trabajos esclavos en la ESMA? ¿Qué negocios había detrás?

De acuerdo al trabajo de investigación realizado por los organismos de Derechos Humanos y por el Espacio Memoria y Derechos Humanos Ex ESMA, hubo tres grandes grupos de trabajo esclavo: la perrada, la pecera y el área de documentación y falsificación. Pero, ¿para qué los utilizaban a estos grupos?

La perrada era un grupo de albañilería y de tareas manuales. Por ejemplo, en el 79 ante la inminente visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), van a la isla ‘El Silencio’ del Delta para acondicionar algunos espacios de la casa y poder alojar a los secuestrados”, señala Gabriel Tchabrassian, sociólogo e integrantedel Equipo de Guías del Recorrido Histórico del Ente Público Espacio Para la Memoria Ex ESMA. “En muchos casos, hasta reparaban casas de desaparecidos que se habían robado los militares para venderlas”, agrega. 

“Después tenés el otro grupo que se dedica a la falsificación de documentos con fotografías y de fichas personales. Los militares los tenían para una cobertura con documentación falsa para las actividades ilegales del Grupo de Tareas (GT)”, indica Tchabrassian sobre el grupo de gráficos que funcionaba en la ESMA. 

Por último, está la pecera: “era un trabajo de índole intelectual y estaba íntimamente ligado al proyecto político de Massera que quería presentarse como candidato a Presidente una vez que la dictadura finalice”. “Pone a trabajar a los cuadros políticos secuestrados, que estaban muy formados, para armar su plataforma política e incluso publica un periódico”, señala el sociólogo.

Los trabajadores del Espacio de Derechos Humanos resaltan, en charla con Diario Con Vos, que la ESMA fue un lugar de exterminio, que también tuvo sus lógicas productivas. “El Grupo de Tareas se propuso más objetivos como el uso de detenidos como mano de obra esclava, desarrollar proyectos económicos ya que crearon empresas no solo ligadas al robo de bienes y pensar en una prolongación de este proceso dictatorial con una continuidad política”, explican. En particular, subrayan que el trabajo esclavo y estas actividades funcionaron mejorando o cambiando su “engranaje” de acuerdo a sus necesidades y en el marco del “proceso de recuperación” de los secuestrados.  

El testimonio de Carlos Muñoz, sobreviviente de la ESMA

Carlos Muñoz fue secuestrado el 21 de noviembre de 1978 alrededor de las 11.30 de la noche en un allanamiento de su casa que realizó el genocida Alfredo Astiz, bajo el nombre de “Gonzalo”. “Me secuestran a mí, a mi compañera Ana Madarro y le entregan a nuestro hijo, que tenía tres meses y medio, a un militar mayor del Ejército que vivía exactamente enfrente de mi departamento. De ahí me llevan directamente a ESMA”, recuerda.

Primero, lo llevaron a la sala de tortura en el subsuelo del Casino de Oficiales de la Escuela de la Armada. “Ya estaba encapuchado y esposado. Ahí estuve en el cuarto número 13 -porque tenían un número en la ‘Avenida de la Felicidad’, como le llamaban ellos a ese sector- alrededor de 12 horas. Yo estaba destruido porque me habían pegado mucho en mi casa”, relata. “Después me pidieron que escribiera la historia de mi vida, en realidad mi historia militante, ahí traté de abrir las esposas con un gancho de un pupitre y me encontraron haciendo eso, me dieron un palizón y me desmayé”, dice. 

Carlos Muñoz en Capuchita en 1984, una vez finalizada la dictadura (Foto: Enrique Shore para la CONADEP)

De allí pasó a Capuchita, el sector más alto del Casino, tirado en una colchoneta, esposado a la espalda, con una capucha en la cabeza y con grilletes en los pies, junto a 20 secuestrados entre los que estaba su esposa Ana. “También me desperté con un número, a partir de ahí yo empezaba a ser el 261 y dejaba de ser Quique. En realidad, desde el año 76 cuando arrancó este el Grupo de Tareas, yo vendría a ser el 4.261 ya que era una secuencia que cuando al 999 volvían al caso 0 y arrancaban de nuevo”, expresa.

Y Carlos Muñoz recuerda que se salvó de los vuelos de la muerte por una casualidad:  “Estábamos en Capucha donde éramos cerca de setenta personas y Ana deja de comer: estaba profundamente deprimida y con fiebre porque no sabíamos nada de nuestro hijo”. “Entonces, una compañera que estaba en la pecera, se entera de esto y se acerca en una guardia buena. ‘No puede seguir sin comer, te traje un té’, le dice y mi esposa la reconoce por la voz porque tenía puesta la capucha. ‘Vos sos Lila’, le respondió”, agrega. 

En este momento, Lila fue a hablar con él y le dijo que le cuenta que sabía hacer y que “trate de hablar con los oficiales porque es distinto matar a un número que matar una cara”. Ella le trajo un papel y Carlos, en medio del “infierno”, armó “una especie de currículum, donde detalló que gráfico, fotocromista y puso que sabía hacer, como la separación de color y la preparación de chapas para impresión. 

Pasó enero y a mediados de febrero, vino un oficial, me levantó la capucha y me preguntó, señalando el papel, si sabía hacer esto. Le dije que sí sin saber ni ver lo que era”, dice en diálogo con Diario Con Vos. Carlos Muñoz hizo, con las esposas puestas en una laboratorio que estaba ubicado a cinco metros de la sala de tortura, el fondo de seguridad de un pasaporte uruguayo. “Al rato llegó un tipo, lo revisó y me dijo: ‘Flaco, salvaste la vida, te quedas con nosotros’. Yo no tenía ni idea de la magnitud de lo que estaba hablando, pero, en realidad, tanto Ana como yo nos íbamos en el próximo “traslado, el otro miércoles nos iban a tirar desde los aviones”, cuenta. 

A partir de ahí, empezó a participar como mano de obra esclava falsificando documentos junto a cuatro compañeros secuestrados y de lo que los militares llamaban “el proceso de recuperación”. “Yo falsificaba cualquier tipo de cosas, absolutamente todo lo imaginable: desde un DNI, un pasaporte diplomático, pasando por un título de propiedad, hasta un título universitario. Estabas todos los días ahí desde la mañana salvo los días que había traslados”. 

Era todo una maquinaria puesta en función de la producción de ellos. Venía un oficial, te decía que le hicieras un juego de documentación completa y ahí arrancabas desde la Cédula de identidad y el DNI pasaba por el pasaporte uruguayo, el pasaporte diplomático, la credencial de todas las fuerzas, o sea podía ser marino, policial, entre otros, había uniformes con diferentes jinetas de acuerdo a la edad del genocida, había sosías, nombres de personas real para que asumiera su personalidad”, ejemplifica. “Había mucha plata y mucho presupuesto puesto para negocios personales”, sentencia

El trabajo esclavo en la ESMA y el “proceso de recuperación”

Funcionaron alrededor de 800 centros clandestinos de detención, tortura y exterminio en la última dictadura militar, pero la inmensa mayoría no tuvo la estructura de la ESMA, que montó inmobiliarias, que tenía su propio laboratorio e imprenta para falsificar documentos y que utilizaba a los secuestrados para trabajo esclavo. “Los militares se dan cuenta que tienen detenidos que les sirven y crean está categoría incomprensible de proceso de recuperación. Ellos se jactaban que no solo mataban, sino que recuperaban gente”, declara Tchabrassian. 

El sótano del Casino de Oficiales, donde funcionaba el laboratorio gráfico (Foto: Sebastián Leblebidjian).

Pese a que muchos militares de la Escuela de Mecánica no estaban de acuerdo y sostenían una posición por el aniquilamiento de todos los secuestrados, el proceso de recuperación se implementó desde inicios de la dictadura hasta su final. “Para la ESMA es tan importante el uso de esta mano de obra esclava o está tan amparado y sostenido sobre estas prácticas, que aún viendo que sea un problema, de todos modos no lo abandonan nunca”, asegura el sociólogo. 

“Cuando Raphael Lemkin intenta definir qué es un genocidio, dice que es la destrucción de la identidad del grupo oprimido para imponer la identidad del grupo opresor. Y hay algunos factores de esto que se ven en el proceso de recuperación y, ni que hablar, en la apropiación de niños”, justifica el guía del Espacio Memoria y Derechos Humanos. Y pone como ejemplo que les aplicaba un número a cada secuestrado, sacándoles su nombre y apellido: “Su objetivo es el quiebre de la identidad y eso es explícito”.

En definitiva, el trabajo esclavo vinculado al proceso de recuperación en la ESMA es inescindible. Como bien reflexionaron los investigadores de estos espacios de Memoria, las personas que atravesaron el proceso de recuperación o que hicieron tareas como mano de obra esclava son la excepción, de la excepción a lo que sucedió en este Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio. La regla fue el secuestro, la tortura, el cautiverio, el traslado y la desaparición.

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Foto de tapa: Sebastián Leblebidjian

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