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Columnistas

La soledad es un número primo

final soledad

La charla trivial me da más pereza que un lunes por la mañana, y aquél martes, como todos los martes y jueves, y a falta de mis amigos diletantes, sin mate ni ironías, sentado al sol, mi lectura intercalada con vistazos a los deportistas de la familia fue brusca e injustamente interrumpida. Igual que un boxeador, con ritmo y parsimonia, se sentó a mi lado y empezó a hablar como si un cortocircuito cerebral hubiera conectado en su mente, sorpresivamente para mí, con una conversación que jamás había comenzado.

Acorralado, y víctima de un silencio que aún no logro descifrar si fue compasión o respeto, le presté mis oídos para que me informara a modo de cable periodístico, sobre su vida, hijos, trabajo, y las conclusiones a las que había llegado convencido de estar en lo cierto, empapado de una experiencia ganada con los años, con ese peine, dijo, que es la experiencia, y los santuarios que había visitado, cuando su hijo enfermó y después, milagrosamente, sanó, e hizo la cruz con su dedo índice sobre su boca, besándolo.

Circunloquio, pensé durante un brevísimo lapsus en su monólogo, y rápidamente abrí otra vez mi libro, a modo de directa, aunque sutil, demostración de mi genuina, aunque formalmente escondida, apatía y desinterés por casi todo. Irónicamente, al retomar la lectura, leí: la libertad es un número primo. Era Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Pero no duré mucho; el hombre empezó otra vez, ahora con que la inflación y la inseguridad, el dólar, la mezquindad.

Dos días mas tarde, totalmente decidido a escaparme del apuro, llegué tarde y, tras localizar al parlanchín, busqué lugar a prudente distancia. Me senté, abrí La metamorfosis, de Kafka, y empecé a leer, satisfecho y algo orgulloso. Pero en un descuido, que coincidió con la escena en la que la cucaracha regresa triste a su habitación tras los gritos del padre, el hombre apareció, sin cansancio ni vergüenza, y arremetió.

Dijo que no se acordaba si me había contado cómo se había conocido con su esposa, y sin esperar respuesta, comenzó su relato. La cosa venía para largo; aparentemente estaban casados hacía más de veinte años y, mágicamente, se propuso relatarlos todos. Cuando el pitido del silbato marcó el final de la clase, sentí un cansancio propio de quien ejercita. Aunque no, no era mi caso. Y después, irremediablemente, sentí bronca. Una bronca desoladora. Una bronca triste. Sólo en los extremos es dónde y cuando valoramos la vida; después, la mayor parte del tiempo, tristemente, la perdemos sin siquiera darnos cuenta, pensé intentando salir de mi pozo. El hombre desapareció sin saludar.

Quizá todo pueda parecer exagerado. Quizá, no lo niego, el embrollo, para cualquier otra persona, se resolvía cantando las cuarenta, como se dice en el barrio, a la primera. Más vale rojo una vez y no verde cien veces, dice otro refrán popular. Pero tengo el no difícil y, consecuentemente, una condolencia que a veces me cuesta horrores superar. La libertad es un número primo, la soledad también lo es. Y hay que defenderla usando como herramientas, el mismísimo fin. Sino, si en cambio es necesario algo más, digo violencia, o indiferencia, o agresividad, entonces será otra cosa, irremediablemente.

Así como el amor es también un medio y un fin. Por eso, el último martes, ataqué a mi atacante de frente; me senté a su lado, y empecé a contarle mi historia personal. Mentira tras mentira, invento tras invento, una y otra historia delirante, fábulas robadas de libros, sucesos que jamás imaginé pero que, le dije, le aseguré, sucedieron. No le di espacio a nada, no le dejé el más mínimo retazo de silencio para que dudara o preguntara o, peor, opinara. Lo atosigué. Lo cansé.

Le di su propia medicina durante sesenta interminables minutos. Y entonces sí, ahora me evita cada martes y cada jueves, y se sienta justo al otro extremo del predio y me levanta la mano a la distancia como diciendo: no hay pacto. Y yo le devuelvo el saludo levantando la mía, pensando, sabiendo que esto es vida; este encierro a cielo abierto, es mi conquista.

Foto de @tico_cid