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Columnistas

Niños de ciudad

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Hasta mis diez años de edad crecí en la ciudad, en Capital Federal. Entre los diez y los veinte viví en la naturaleza. Desde los veinte hasta mis cuarenta y seis fui y vine, pero mayormente estuve en la ciudad. Hace un año y medio volví a vivir a mi quinta, alejado del cemento y los edificios. Y acá me quedaré. Mi mente y mi cuerpo me dicen que esta es mi casa. La conexión está acá.

Pasar los primeros años de vida en la ciudad creo que tiene su costo. No es lo mismo despertarse con ruidos de autos que con el canto de los pajaritos. O acostarse con el sonido de un camión de basura en vez del de los grillos. Cada estímulo externo tiene su repercusión en la psiquis. Y más en los primeros años de vida en donde todo se absorbe de otra manera y queda grabado en nuestro disco rígido con fuerza.

Naturalizamos el ritmo frenético de la ciudad, sin darnos cuenta de la locura de vivir entre los edificios y el tránsito. El niño que crece con ese entorno no va a tener la misma información que el que crece entre árboles y pasto. De grandes buscamos la paz mental, sin tener en cuenta que, en muchos casos, absorbimos un bombardeo de ruido y consumo propuesto por la vida citadina. Y en ningún momento les explicamos a nuestros hijos que todo eso fue construido por el hombre y que, entre otras cosas, está destruyendo al planeta.

Pero volviendo a la calidad de vida de los niños, en la medida de las posibilidades de cada uno, pienso que es prioritario que vivan sus primeros años de vida fuera del cemento. Esto no significa que no entren a la capital y que estén aislados de ese mundo que también forma parte de la vida. Pero que el hogar esté en una quinta, un campo o lo que sea que tenga verde y silencio.

Principalmente, en el primer septenio, en donde todo queda grabado a fuego. Que exista la posibilidad de caminar en patas en el pasto, que los ojos del niño o la niña vean la infinita variedad de insectos que existen, que respiren un aire limpio y no el humo de un caño de escape. Que lo que entre por los ojos y los oídos sea puro y natural, y no un invento del sistema creado por el humano.

La mitad de la semana que mi hija está conmigo, siento que le estoy regalando la posibilidad de criarse en un contexto que la ayudará a desenvolverse con otra firmeza en la vida. La sabiduría que le da observar y vivir en la maravilla de la naturaleza no tiene precio. Lo otro, la ciudad, también está, es real, es parte del juego, pero es cartón pintado. Vivir en la capital te puede dar una sensación de seguridad, pero es eso, una sensación. Tarde o temprano, esa locura va a hacer mella en la psiquis.

Por el contrario, vivir en la naturaleza, le dará al niño una sabiduría profunda íntimamente ligada a lo que somos en esencia. Un aprendizaje constante que ingresará a través de todos los sentidos y que impactará en la mente nutriéndola con armonía. Y, sobre todo, alejados de esa velocidad frenética y devoradora que proponen las ciudades.