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Columnistas

Los “no”

los no

Nuestros hijos suelen preguntarnos constantemente acerca de si pueden hacer algo esperando que les digamos que sí. Las respuestas que damos raras veces son evaluadas detenidamente. Salen en automático y tengo la sensación que, en la mayoría de los casos, ganan los “no”. En algunas oportunidades a ese “no” se le pega una justificación y otras veces no hay explicación que acompañe esa negativa.

Si analizamos qué hay detrás de esos “no”, probablemente nos encontremos con que no tenemos ganas de lidiar con ciertas cosas. Por ejemplo, si la petición tiene que ver con algo que van a desordenar, evitaremos esa situación contestando negativamente. Pensamos más en nosotros que en ellos. Con los “no” que realmente no se justifican, vamos encajonándolos y quitándoles libertades. En vez de focalizarnos en el desorden, podríamos habilitar el juego que proponen, remarcando la importancia de ordenar una vez que terminen. 

Otros de los “no” que tienen que ver más con algo nuestro, son los que lanzamos ante situaciones que nos parecen peligrosas. “No toques eso, no te subas ahí, no vayas para allá, etc, etc, etc”. ¿El peligro es real o nosotros tenemos miedo por algo que no resolvimos en nuestra psiquis? Acá seguramente nuestro temor evita que experimenten el mundo libremente. De esa manera, no les estamos permitiendo que se caigan raspándose la rodilla, por ejemplo, algo que enseña y marca un límite que proviene de una vivencia necesaria. Y otras veces, creemos que algo es peligroso cuando no lo es para nada.

Los “no” que directamente son totalmente irracionales y nocivos tienen que ver con no ensuciarse. Llenarse las manos y la cara de barro o mancharse el cuerpo con pintura, son acciones saludables. Probablemente nos dé pereza ayudarlos a que se limpien y desde ahí cortamos el juego.

Los “no” que sí están bien dichos, son los que tienen que ver con el consumismo. Sostenerlos a veces es difícil, porque la insistencia es constante, pero creo que acá es clave acompañar esas negativas con justificaciones que no serán bien recibidas, pero que son parte de los límites necesarios. El sistema está armado para que nos bombardeen con miles de: “¿me compras?”. Ahí es cuando los “no” más una explicación clara, se vuelven útiles.

En definitiva, creo que deberíamos encarar nuestras respuestas teniendo más presente el “sí”. Tomarnos un tiempo antes de emitir un veredicto. Evaluar el por qué de la negativa y si realmente está bien impedirles hacer lo que nos piden. Porque si detrás de ese “no” hay un juego que no se va a llevar a cabo, es probable que estemos quintándoles una oportunidad para que desplieguen su creatividad. Pensemos en nuestros hijos e hijas y no en nosotros. Y no nos mintamos creyendo que les estamos haciendo un favor o que estamos evitando una situación de peligro que no es tal. No repitamos algo que también instalaron en nuestras mentes durante nuestra infancia y habilitemos todo lo posible para que experimenten el mundo con libertad.

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