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Columnistas

La impecabilidad del contenido

Una payasa y un payaso sobre el escenario. Alrededor de 200 niños y niñas con sus padres y madres observando. De pronto el payaso realiza el truco de hacer aparecer una paloma. Prende fuego un plato metálico que está con una tapa que impide ver lo que hay adentro. Cuando retira la tapa aparece una paloma de plástico calcinada. Se asusta, la paloma cae al piso y el payaso la patea repetidas veces y con desprecio para alejarla de él. Todos se ríen. Fin del gag.

Esto pasó en una obra de teatro a la gorra que fui a ver recientemente con mi hija al Parque Chacabuco. En ese momento pensaba: cuando esta gente se puso a guionar la rutina, ¿no se dio cuenta que hay niños mirando atentamente el "chiste" de patear a un animal calcinado? Seguramente ni lo pusieron en la balanza porque fueron criados con ese tipo de "humor".

Cuando se trata de un material que va a ser consumido por las infancias se me viene a la cabeza la palabra "impecabilidad". Parece difícil encontrar un contenido que no esté contaminado por algún mambo de los adultos. Pero una cosa es un libro, una película o una obra de teatro que van a ser vistas por mayores de edad y otra es cuando esos guiones van a llegar a las mentes fértiles de los niños. La responsabilidad de ofrecer algo sano es mayor.

Pareciera que hay más conciencia que antes, pero creo que es sólo una sensación. En lo que me ha tocado ver como padre encuentro un sinfín de historias plagadas de chistes violentos y bullying, entre otras cosas. Es cierto que generan risas, pero instalan un programa en las mentes que huele a viejo, caduco y nocivo.

Ante el bombardeo de opciones no queda otra que filtrar. Y aun así el riesgo de ver algo con lo cual no estamos de acuerdo es grande. Es cierto que hay ideas geniales y cuidadas, pero en la gran cantidad de material que existe disponible, el porcentaje de encontrar algo potable es bajísimo. Y la función de curador se vuelve ardua. Pienso que, así como hay etiquetas negras en las comidas advirtiendo que tienen alto contenido de azúcar o sodio, estaría bueno que las obras de teatro, por ejemplo, tengan una etiqueta que diga "alto contenido de pseudo humor contaminado de gags que apestan". Pero como eso no va a pasar, tenemos que encontrar una forma inteligente de movernos en la Matrix protegiendo la salud mental de nuestros hijos. Puede que la solución sea más sencilla de lo que pensamos y esté al alcance de la mano. ¿Y si estimulamos más las salidas al aire libre con juegos con amigos en la naturaleza? La práctica demuestra que a eso no le gana nada ni nadie. Depender lo menos posible de algo que ya nos dan digerido y que fue pensado por otros sin conciencia alguna, puede ser una de las claves. Sin pantallas. Porque cuando surge la creatividad que propone el estado de juego, no hace falta nada más. Uno siente que está en “la zona”, el tiempo pasa volando y el corazón queda contento. Es por ahí.

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