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Lisette Fernández y mujeres qom contra los proxenetas de Tigre

El impacto de la violencia de la prostitución en la vida de Lisette Fernández, la joven qom que el Poder Judicial se niega a escuchar. Cómo vive entre reclamos y violencia machista.

lisette fernández tigre

Después de que el sistema prostituyente de Tigre le arrebatara a su mamá y su hermana, la vida de Lisette no hizo más que complicarse.

— ¿Qué carajos es esto? — Lisette le exigió respuestas al novio con el que salía hace cinco años. Con su celular en la mano recorría la lista de 300 contactos bloqueados: todos con fotos de mujeres en ropa interior con precios y horarios en sus estados de WhatsApp.

— No, no es lo que pensás, es un chiste interno con unos compañeros, ellos me piden que averigüe y les hago el favor — se intentó excusar él.

Lisette lo escuchaba sin poder creerlo. Lo había conocido cuando tenía 15 años, su hermana siete años mayor la había echado de su casa. Él tenía 25 y le ofreció irse a vivir juntos tras escuchar su historia. El sistema prostituyente del partido de Tigre había reducido sus opciones y la Lisette adolescente aceptó el ofrecimiento de ese adulto. “Pudo haber terminado muy mal porque era una persona desconocida, mucho mayor que yo y nadie sabía, ¿a quién le iba a avisar que me iba con él?”, explica seis años después. Y recuerda: “A nadie le importaba”.

En 2013 había perdido a su hermana Micaela de 14 años a manos de Dante “Pato” Cenizo, un hombre que los vecinos de El Talar y General Pacheco sabían que prostituía adolescentes. Micaela apareció en la cama de él con un balazo en la frente y la policía decidió creerle a Cenizo cuando les dijo que se había suicidado. Su madre Nancy no creyó esa versión ni por un segundo y por pedir justicia para su hija la asesinaron en 2014, luego de sufrir violencia policial. La encontraron en su casa con signos de haber sido violada

Un año después, el nombre de Dante “Pato” Cenizo volvió a estar en boca de los vecinos de la zona por el asesinato de otra joven. Tamara López tenía 21 años y estuvo desaparecida una semana antes de aparecer muerta en un descampado cerca de su casa. Cenizo estaba detenido en ese momento, pero los vecinos lo relacionaron con un ajuste de cuentas vinculado a la venta de drogas. La joven de 21 años decía que esperaba un hijo de él, aunque la autopsia no lo confirmó.

Me sentí re engañada, pero mal, porque no solamente me engañó sino que se metió con mi lucha, con mis valores y con mi historia.

Lisette Fernández

Lisette quedó al cuidado de su abuelo Eugenio hasta que falleció por causas naturales. Lisette recuerda, con una taza de té caliente entre las manos, que su ahora exnovio conocía todos esos detalles de su vida y la había acompañado durante los años en que ella se puso al frente del pedido de justicia por Micaela y Nancy. Incluso la impulsó a terminar el colegio secundario y empezar terapia. También sabía que ella consideraba violencia machista a la prostitución y que creía que los prostituyentes (los "clientes") eran tan responsables de la violencia hacia las prostitutas como los proxenetas.

Vos lo escuchabas hablar y él era re abolicionista, nunca te ibas a imaginar que el chabón pagaba por sexo”, lo describe Lisette desde el pasillo de su hogar temporal. Y ahonda en los motivos de su separación: “Me sentí re engañada, pero mal, porque no solamente me engañó sino que se metió con mi lucha, con mis valores y con mi historia”.

La promesa de la abogada qom

— ¡Ella es la nieta de Eugenio Fernández! — festejó sorprendido uno de los hombres de la comunidad qom Punta Querandí en Dique Luján que la recibió ese 25 de agosto de 2019. Lisette ya tenía 18 años cuando se acercó a ellos tras ver una publicación en Facebook.

Su abuelo era cacique de la comunidad Yecthakay y ella no tenía idea. Enseguida la adoptaron y ella les contó su historia. Aunque no había necesidad de que lo hiciera: la comunidad había acompañado a su madre Nancy y Eugenio en su pedido de justicia desde el comienzo. Ellos habían pintado una de las primeras banderas para las movilizaciones que organizaba Nancy en 2013. Ese 25 agosto en el que se reencontraron su hermana Micaela habría cumplido 21 años.

La multitud le recomendó a su abogada Paula Alvarado. Habían pasado cinco años y por fin se presentaba la oportunidad de cumplir la promesa de justicia que Paula le había hecho a Nancy y a Eugenio cuando todavía no tenía matrícula para trabajar en Buenos Aires. Lisette se contactó con ella en 2020 cuando la abogada se estaba recuperando de haber sufrido un abuso. “A través de mi vínculo con Punta Querandí les dije que no es que no quiero, sino que no puedo. ¿Cómo no voy a querer si yo le había prometido a Nancy acompañarla y buscar justicia?”, recordó Paula con la voz quebrada. Pero una charla sincera en San Isidro bastó para entenderse y marcar el comienzo de lo que ella califica como “una relación de hermana a hermana”.

— Hablé con 15 abogados, uno peor que el otro, y todos me dijeron que no se pueden reabrir las causas — le comentó cansada y angustiada Lisette.

— Sí que se puede, sí, lo hacemos — volvió a comprometerse Paula con otra integrante de la familia Fernández. Esta vez no tuvo que esperar cinco años para tener la oportunidad de cumplir, solo le tomó dos semanas reabrir la causa de Micaela. Ni siquiera hicieron falta las dos movilizaciones en la puerta de la fiscal Marcela Semería que realizó Lisette para conseguir el expediente de su madre.

La causa de Nancy la siguen investigando muy lentamente desde el Poder Judicial. Para la de Micaela les piden algo más: “Tenemos más pruebas con mi abogada y estamos tratando de organizar todo para presentarlas”, explica Lisette enroscando el hilo del té en el asa de la taza. 

La profe te cree

Con 20 años y de nuevo sin tener dónde vivir golpeó la puerta de la casa de una tía. Solo se quedó con su familia dos semanas. En el medio se acercaba la fecha de cumpleaños de Nancy, su mamá. Queriendo olvidar su pasado y su presente se refugió en una fiesta a la que fue con su prima. Las dos volvieron muy tarde y con los sentidos alterados. Uno de sus primos la vio así y decidió abusar de ella. Era diciembre de 2021 y la siguiente puerta que se le ocurrió tocar fue la de una profesora del secundario.

“Ella no sabía qué hacer conmigo, porque yo llegué y era llorar y llorar, no podía ni hablar”, rememora Lisette frente a la taza de té tibio. Su profesora le creyó y le ofreció que viva con ella y su marido, pero Lisette quería alejarse de los hombres. Fue otra profesora la que le propuso que viviera un tiempo en la casa que usaban para las reuniones del sindicato docente al que pertenecía. Hacía dos años que no hablaba con su hermana mayor y no quería arriesgarse a confiar en otro familiar.

Los meses del verano 2022 fueron solitarios. Por primera vez no compartía habitación con nadie, pero dormía con un cuchillo debajo de la almohada. Con marzo llegaron los guardapolvos blancos de las maestras y maestros a su cotidianidad. Ella los escuchaba y veía trabajar desde la habitación del segundo piso. Antes que ella la había ocupado una mujer que huía de la violencia de su marido y necesitaba volver a empezar.

“La verdad que la pasé re mal, me costaba salir y por suerte las profes de acá son unas grosas y si yo tenía que ir al médico me venían a buscar y me llevaban, por suerte tuve ese acompañamiento”, explica con una sonrisa de labios pintados de violeta. Y reflexiona: “Hace rato que vienen acompañándome en esta lucha, están más que para salir a una marcha o para organizar algo”. 

Por las escaleras sube el sonido de las voces de diferentes mujeres charlando y riéndose, cada tanto se mezcla alguna voz más grave. Ninguna de las personas que realiza reuniones en el sindicato donde vive Lisette desde fines del último año sube al segundo piso de no ser extremadamente necesario. Allí solo se encuentran la habitación de Lisette y un armario con materiales de trabajo en el pasillo. Su taza casi llena con té frío está sobre un escritorio negro en desuso acomodado frente a ese armario.

El año pasado había empezado a estudiar Abogacía en la Universidad Nacional de José C. Paz. “Estoy rodeada de docentes y quieren que estudie”, afirma con cariño y entre risas. Pero dejó la carrera para preparar la mudanza a la casa de una amiga que hizo en la comunidad qom de Punta Querandí.

— ¿Qué expectativas tenés en relación a las causas? 

— Espero que pueda avanzar algo; a veces tratando de ordenar mi vida dejo de lado todo el tema del pedido de justicia y empiezo a sentirme mal por eso, aunque si bien la justicia no depende de mí siento que tengo que estar haciendo algo todo el tiempo. 

— ¿Y en relación a tu vida personal?

— Con respecto a mi vida espero tener un poco de paz, después de tantas cosas — se ríe antes de continuar —. Poder organizarme y tener paz es un montón para el ritmo de vida que llevo.