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Economía

Cómo afecta la feminización de la pobreza a las lesbianas

lesbianas
Por Maira Haunau |Sol Tobía

Entre tantos términos abstractos y números, se pierde la certeza de que son personas reales quienes sufren lo que se define como “violencia económica” y “feminización de la pobreza”. Concretamente, la mayoría de las mujeres es pobre, está precarizada, tiene trabajos feminizados y, por ende, con los sueldos más bajos, y dedican gran parte de lo que cobran a cuidar a otras personas o a cumplir con la lista de exigencias volcadas socialmente sobre las mujeres. ¿Qué pasa cuando esa situación se duplica? Es decir, ¿cómo son las finanzas personales de una pareja de lesbianas y cómo viven la violencia económica?

El 8M va más allá de recordar que los hombres que dicen amar mujeres las asesinan y de la lucha contra esa violencia. El Día de la Mujer Trabajadora también es una oportunidad para encontrarnos con otras y repensar cómo vivimos, y no solo cómo resistimos o cómo nos organizamos para ocupar el espacio público en una fecha en particular. Ahora bien, el feminismo en general y las mujeres lesbianas en particular designaron una fecha con fines similares solo un día antes del 8M: El 7 de marzo es, en nuestro país, el Día Nacional de la Visibilidad Lésbica en memoria de Natalia Pepa Gaitán, quien fue asesinada por Daniel Torres en 2010 en un acto de lesboodio.

Al abordar la violencia contra las mujeres se suele tener bastante en claro que uno de los factores más funcionales a esa violencia es la dependencia económica, con la consiguiente certeza, de parte de los hombres, de que sus parejas no pueden sustentarse por sí mismas. En muchos casos, la mayor parte de los ingresos que hacen a su nivel de vida dependen del ingreso de él, o directamente la totalidad de lo que come, hace, vive, y viste depende de la plata que le pase él. La ecuación se complica aún más cuando se incluyen hijos e hijas.

Es decir, la violencia económica existe y se trata de “quitarte o hacer que pierdas las cosas que necesitás para trabajar, retener tus documentos, controlar cuánto ganas por tu trabajo o pagarte menos dinero que a un compañero que hace el mismo trabajo”, según la Ley de Protección Integral a las Mujeres N°26.485.

Teniendo esto en cuenta, y siendo que la mayoría de las personas pobres son precisamente las mujeres, tiene sentido afirmar que las mujeres lesbianas están, aunque liberadas de la dependencia económica directa de una pareja hombre, más expuestas a la pobreza y la precariedad. Claro que hay excepciones, pero suele tratarse justamente de casos particulares que confirman la regla. Cuando se habla de autonomía de las mujeres o de su inserción laboral no se tiene en cuenta esta particularidad.

No hay políticas públicas relacionadas a la inserción laboral de las lesbianas ni al cuidado de lesbianas mayores. Si las mujeres son las personas más pobres, las parejas de lesbianas son, por ende, las parejas más pobres, y las adultas mayores son las que viven su vejez con menos recursos.

Un lesbiátrico contra las consecuencias de la feminización de la pobreza

A todas estas condiciones se suman las que tienen que ver con el entorno social de las mujeres lesbianas. Son de lo más frecuentes los casos en los que la desaprobación familiar complica las cosas todavía más, empujándolas a buscar desesperadamente un lugar diferente donde vivir en un mundo que ya es de por sí estructuralmente complicado.

Aunque en muchos casos las respuestas familiares contra las mujeres lesbianas implican actos de violencia física o verbal explícitos, en otros casos estas respuestas negativas adoptan formas más “sutiles” pero igualmente desgastantes. La hostilidad en el trato diario, la indiferencia, el destrato y la falta de apoyo en muchos otros aspectos de la vida se vuelven cosa de todos los días.

Como si todos estos factores no fueran suficientes, tenemos a la vejez para hacer las cosas todavía más difíciles en un mundo acostumbrado a descartar a los mayores y a aislarlos por considerarlos una carga improductiva. Fue para responder al vacío al que se enfrentaban las mujeres lesbianas mayores que la activista lesbiana Alicia Caf soñó el Lesbiátrico

“Queremos construir desde la participación intergeneracional una casa para nosotras y nos estamos organizando para cumplir ese sueño urgente: lo llamamos cariñosamente Lesbiatrico y lo imaginamos como un lugar en donde haya una biblioteca, un espacio cultural y en donde las lesbianas podamos estar en expresión activa de nuestros intereses, debates, luchas, creatividad y deseo”, comunicó la activista al dar a conocer el proyecto.

Así, el Lesbiátrico sería una vivienda segura y cuidadosa para todas aquellas mujeres lesbianas atravesadas por las limitaciones de la vejez, la precariedad económica y la amenaza permanente del aislamiento, y “para las que desde los márgenes no pudimos expresar abiertamente nuestra identidad, sufriendo acosos, violencias, expulsiones laborales e incluso, en muchos casos, detenciones policiales por el hecho de ser lesbianas”.

Activistas de Sueños de Mariposas con Alicia Caf (la primera a la izquierda).

Ese sueño urgente, a día de hoy, permanece incumplido. Alicia Caf murió en 2020 dejando el proyecto en manos de su agrupación, Sueños de Mariposas, cuyas integrantes siguen reuniendo donaciones para materializarlo. Porque si vivir una vida entera atravesada por abusos, destratos y privaciones forzadas es violento, más aún lo es morir solas y pobres ante el completo desinterés de quienes concentran el poder de tomar decisiones políticas.

La pobreza de las mujeres y la riqueza de los hombres en números

Las estadísticas muestran que la concentración de la riqueza argentina está en manos de hombres. Y no es solo una situación nacional, sino que a nivel mundial el 70% de las personas pobres son mujeres.

En Argentina, 6 de cada 10 mujeres se ubicaron en los estratos de ingresos más bajos (deciles del 1 al 4), cuando en el caso de los varones dicha proporción resulta de 4 sobre 10. El “Informe sobre la participación de las mujeres en el trabajo, el ingreso y la producción” del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad precisa que el decil de menores ingresos está compuesto casi en un 64% por mujeres, mientras que son minoría en el decil de mayores ingresos, con el 36% del total.

Estos datos coinciden con el trabajo que realizan hace años en la organización Economía Femini(s)ta. Desde 2016, cada vez que el Indec proporciona nuevos datos sobre el mercado laboral y los ingresos de argentinos y argentinas, esta organización de profesionales la desagrega por datos y la comparte en su aplicación para demostrar que la desigualdad se puede medir.

Los ingresos de los hombres son un cuarto más altos que los ingresos que perciben las mujeres.

Según la aplicación EcofemiData, la brecha de ingreso total entre hombres y mujeres es del 25,2%. Es decir, que las mujeres perciben ingresos que, en promedio, son un cuarto más bajos que los de los varones. Porcentaje que se mantiene prácticamente igual, con leves variaciones de hasta tres puntos porcentuales, desde 2016.

Asimismo, los rubros en los que se cobran mayores sueldos son los más masculinizados. Por ejemplo, en la industria manufacturera durante el segundo período de 2022 de 10 personas contratadas, entre 3 o 4 fueron mujeres. A su vez, en el comercio 4 de cada 10 personas contratadas fueron mujeres. Mientras que en la rama del servicio doméstico, de cada 10 personas contratadas 9 fueron mujeres.

Tampoco es sorpresa que en el caso del trabajo no remunerado, es decir, quién se encarga de la limpieza, la cocina, la gestión del hogar y el cuidado de menores, adultos mayores o enfermos, sean las mujeres las que toman más horas. El 29% de los varones realiza trabajo no remunerado contra el 71% de las mujeres.

La masculinización de la riqueza está sostenida en la feminización de la pobreza. Su redistribución no solo es justa, también es feminista.

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