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Columnistas

Transformar la política sexual del campo científico

jane goodall ciencia mujeres
Por AAIHMEG |Andrea Torricella

La relación entre género y ciencia es novedosa. Al menos en estos términos, es una alianza que ha cobrado fuerza a partir de la década de 1980 en Estados Unidos y Europa, mientras que en América Latina es mucho más reciente. Generalmente, con estas palabras juntas se hace referencia al análisis cauteloso de los modos de producir conocimiento científico desde tres postulados: está construido socialmente; juega un papel importante en la producción de las diferencias sexuales y; existen nuevas investigaciones científicas que fundamentan la complejidad y la diversidad que posee la identidad de género y el cuerpo sexuado. Es decir, no estamos hablando sólo de críticas a los saberes instituidos, sino también de formas de hacer mejor ciencia.

Sin embargo, en los últimos años, esta alianza ha ido cobrando fuerza desde otra perspectiva: las investigaciones en este campo han ido señalando las desigualdades y violencias de género que se producen hacia dentro del campo científico y que inciden en los modos de producir conocimiento y las oportunidades que mujeres y disidencias tienen de trabajar en ciencia y tecnología en distintas áreas de conocimiento.

Las locas del ático: las feministas llegan a los espacios de producción científica

Desde la segunda mitad del siglo XIX en el mundo occidental, los argumentos en contra de que las mujeres estudiasen en las universidades ganaron sobre aquellos otros que proponían que “la mente no tiene propiamente ningún sexo”. Incluso muchas mujeres formaron parte de esas voces: la educación avanzada de las mujeres las asexuaba y... ¡las apartaba de su verdadero destino! En aquella época, la voz de los médicos era una de las más escuchadas en esta materia. Uno de ellos, según cuenta el historiador inglés Peter Gay (La experiencia burguesa: de Victoria a Freud), el Dr. Edward Clarke sostenía que exponer a las mujeres a la educación superior podría llegar a dañar su salud, y más fatalmente su posibilidad de reproducción. Desafortunadamente los años de la pubertad eran precisamente los años en los que los educadores subyugaban a las jóvenes mujeres a los estragos de la intensa instrucción y muchas nunca se recuperaban de ese irracional esfuerzo.

Foto: Marie Curie en la Conferencia de Solvay, 1927

Las mujeres siguieron estudiando y los derechos también se fueron ampliando, pero no fue hasta la década de 1960 que los y las historiadores observan una feminización de la matrícula universitaria. Esto es el aumento de la presencia femenina en carreras universitarias que según la tradición no eran para ellas. Al mismo tiempo, en las calles, el movimiento de mujeres y por los derechos civiles de las minorías sexuales comenzaba a tener cierto eco en aquellas que no se veían representadas por los saberes científicos producidos. Constataron que no sólo estaban ausentes, si no que gran parte del conocimiento sobre las diferencias sexuales era el responsable de las desigualdades que todavía se observaban en el mundo cotidiano. La naturaleza particular de lo femenino, se decía, las destinaba a su lugar en la estructura social como madres, débiles, esposas, irracionales, románticas...

La historia desde la perspectiva feminista ha puesto en evidencia cómo la separación de las mujeres de la esfera pública y el cercenamiento de sus derechos se hizo en gran parte acudiendo a los argumentos científicos sobre su naturaleza. El discurso de la diferencia sexual inscrita en los cuerpos (aquella que las ciencias naturales veían, descubrían) justificó un orde social desigual incluso en contextos en que los “derechos igualitarios” era un principio universal. Fue recién cuando las académicas feministas empezaron a problematizar la relación entre género y ciencia que pudo interpretarse el rol del campo científico en el mantenimiento de esta desigualdad.

Para muestra basta un botón

Kate Millet, una feminista pionera de la segunda ola denominó como “política sexual” a la forma en que se estructura de manera duradera un sistema de jerárquico de poder, prestigio y recursos. En el campo científico también existe una mecánica o política de este tipo que garantiza el mantenimiento social de la desigualdad dentro como fuera de sus muros. En nuestro país, un estudio reciente sobre las brechas de género en la carrera de investigación que llevó adelante la Gerencia de Evaluación y Planificación Institucional del propio CONICET, expone la persistencia en el tiempo de algunas desigualdades en los últimos 30 años. Este estudio se propuso analizar la temporalidad diferencial en la que se asciende de categoría en la carrera científica (una carrera con estructura piramidal, en donde cada escalafón conlleva mayor prestigio, salario y jerarquía), cuánto tiempo se permanece en cada una de ellas y cuánto tiempo insume la promoción a la categoría siguiente, atendiendo a los comportamientos diferenciales según género y grandes áreas. En dicho estudio se puede observar que, aunque haya variaciones entre los períodos seleccionados y entre las distintas áreas de conocimiento, como tendencia general los varones tienen promociones más anticipadas que las mujeres mientras que estas permanecen más tiempo en cada categoría. Es decir, aunque haya una mayor participación femenina, esta parte de la población demora más años en promocionar.

Esta brecha es mucho más pronunciada en las Ciencias Biológicas y de la Salud y en las Ciencias Exactas y Naturales que por ejemplo en las Ciencias Sociales y Humanas. También teniendo en cuenta cuándo solicitan la promoción, independientemente de que asciendan o no, los varones lo hacen de forma más anticipada que las mujeres en todas las áreas. En cuanto a la edad en que lo hacen, es decir en qué momento de las biografías se decide promocionar de categoría, la brecha entre varones y mujeres aumenta a medida que la categoría es más alta, algo que es coherente con el hecho de que las mujeres dedican más tiempo a promover a la siguiente posición.

Una cuestión de equidad

Distintas explicaciones pueden ponerse en juego a la hora de analizar las causas de estas trayectorias diferenciales: la división sexual del trabajo en el ámbito doméstico, los estereotipos de género, la violencia, y el mobbing (acoso laboral) son algunas de ellas. Los criterios de evaluación también constituyen uno de los mecanismos que están siendo puestos en discusión por ser insensibles a las estructuras diferenciales que marcan la vida de las personas, cada vez más deconstruidas pero con peso significativo en términos sociales. También hay otras explicaciones macrosociales que ponderan la forma en que el capitalismo permeó las estructuras académicas (cuantificando y pagando por la producción científica sólo en términos de artículos en revistas indexadas) y se articuló con una división del trabajo dentro del mundo científico, perjudicando a quienes se dedicaban a otro tipo de tareas convertidas en trabajo no pago.

Sin embargo, no todas las noticias son malas, las mismas instituciones involucradas están tomando cartas en el asunto, produciendo diagnósticos como el mencionado, reformulando normativas, creando nuevas reglamentaciones (como las licencias o los protocolos), sensibilizando a su personal, impulsando medidas de acción positiva que promuevan la presentación de proyectos o redes con más participación femenina y de las disidencias y otorgando subsidios para tareas de cuidado, entre otras. Un dato muy importante del estudio del CONICET es que a medida que nos acercamos al presente, aunque siguen existiendo diferencias según la jerarquía del escalafón, las brechas en las temporalidades de los ascensos disminuyen y en las áreas en donde más ha permeado la perspectiva de género (Ciencias Sociales y Humanidades), las brechas en las primeras categorías son casi imperceptibles. Es por esto que considerar las cuestiones científicas relativas a las diferencias de género y las cuestiones de género en la ciencia son maneras de hablar también de equidad social y derechos.

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