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Columnistas

Sofía "Jujuy" Giménez manchada: con prejuicios, la sangre menstrual llegó a la TV

menstruación

La modelo Sofía “Jujuy” Giménez menea en un programa de televisión un pantalón blanco impoluto y, en el medio de la performance, aparece el caos: una mancha de sangre menstrual. La dicotomía es inmediata: la conductora Georgina Barbarossa insiste en que “no es nada” porque “le pasa a todas las mujeres” pero despliega todo un operativo para taparla con su cuerpo, con su blazer, con un cambio de cámara. “Jujuy” Giménez se horroriza: “La puta madre, estoy temblando, qué vergüenza”.

Después de la viralización se supo que el acting fue una movida de marketing de una empresa de toallitas. Y aunque se habló del tema hubiera sido ideal que la reacción no fuera querer morirse. Si al calor de los avances sociales la industria logró superar el misterioso líquido azul en las publicidades de toallitas para dejar de evitar lo inevitable, la sangre, ahora se podría hacer efectivamente un cambio y que el pudor no sea la única salida posible. Porque sí, “normalicemos lo normal”, pero también pareciera que mancharse es lo peor que le puede pasar a alguien que menstrua.

Más allá de la campaña, la conversación se encendió en redes sociales, y de manera positiva. Anabela Morales es profesora en Comunicación Social, diplomada en Educación Sexual Integral y co-creadora de Proyecto Marea Roja y de Repensar la ESI. En diálogo con Diario Con Vos analiza: “Es interesante que las personas lejos de escandalizarse, se tomaron con naturalidad el ‘incidente’ y la crítica estuvo puesta en la reacción de la conductora, pero no en la mancha en sí. Es un indicio de que vamos por buen camino”.

Bienvenido sea transformar la viralización para sacar de abajo de la alfombra algo que ya no debería ser tabú. ¿Por qué, en pleno 2023, un proceso fisiológico genera vergüenza? ¿Y por qué no mejor, entonces, poner el foco en lo verdaderamente problemático: la desigualdad que esto puede generar?

Sacar el estigma

Disimular la toallita entre otros objetos para ir hasta al baño. Levantarse y caminar para que una amiga chequee que no hay manchas en la ropa. Pedir en voz baja un tampón y pasarlo por debajo de la mesa en el aula. No molesta o incomoda cualquier sangre: podemos ver un accidente en la calle —de hecho, la curiosidad es protagonista cuando de morbo se trata— y viralizamos videos de, por ejemplo, un hincha desangrándose con el alambre de púas de una platea. Pero la sangre menstrual es límite: eso es sucio, degradante, mejor esconderlo.

“La sexualidad de las personas con útero es la más herida, la más silenciada, la más reprimida; y la menstruación es un hecho de nuestra sexualidad que está completamente estigmatizado, relacionado con lo peor de nuestra naturaleza para lo que es esta sociedad tan racional y maquinaria: es muy difícil que un hecho sexual como menstruar sea bienvenido. Creo que eso es una gran parte del tabú. La sangre visibiliza algo de nuestra sexualidad y todo lo que tenga que ver con nuestro cuerpo, entendimos que tiene que ser limpio, puro, correcto, muy prolijo. Entonces personas menstruando generan cierto rechazo o golpe visual”, señala Anabela Musante, investigadora, terapeuta sexual y activista menstrual.

Si se hiciera otra lectura, como la que Musante propone, no existiría tal tabú: que la menstruación se entienda como un proceso fisiológico y orgánico que habla de la salud ovárica, uterina, hormonal y endocrina de las personas con útero.

Considerando que alrededor de 1.800 millones de personas menstrúan en el mundo, ¿no es momento de que deje de ser mal visto?

La menstruación en las aulas

Si la falta de información generó que para la sociedad la menstruación sea un problema, la solución está, en gran parte, en las escuelas. Tomar la Educación Sexual Integral para poner sobre la mesa esta temática es un buen inicio. Eso es lo que intentan hacer desde el Proyecto Marea Roja, un espacio de activismo menstrual y divulgación de la ESI en conjunto con las adolescencias. Morales es una de las co-creadoras de esta iniciativa.

“La primera puerta de entrada de la Educación Sexual Integral nos invita a cuestionar nuestro sistema de creencias y los mandatos que sostenemos quienes estamos frente al aula. Es un buen punto de partida, primeramente, preguntarnos qué nos pasa con el tema. ¿Me genera incomodidad, rechazo, miedo, asco? ¿Cómo me atraviesa el ciclo menstrual? ¿Qué información manejo al respecto?”, cuenta sobre cómo trabajar este tema y agrega: “Generalmente la reacción de les estudiantes es la de apertura. Por supuesto que van a aparecer resistencias o se tacharán de sinsentido las propuestas, pero es ahí donde tenemos que trabajar, en lo naturalizado que está no hablar abiertamente de la menstruación, porque ‘es un tema de mujeres’”.

Agustín Bártoli también es integrante del proyecto y es promotor de la Salud para Adolescentes y Jóvenes por Casa FUSA. En diálogo con este medio, señala: “Es difícil al principio no incomodarse como estudiantes cuando somos consecuencia de un sistema que ha avalado la censura y ha demonizado hablar sobre sexualidad. Creo que el espacio áulico es un reflejo de que las transformaciones culturales son lentas y son discutidas. Porque muchos de nosotres no tenemos acceso a la información ni acceso a espacios donde se charle desde el cuestionamiento”.

Para Musante, una de las claves para transformar la perspectiva en torno a la menstruación es, justamente, la escuela. “Es necesario que en los ámbitos de educación se empiecen a gestionar espacios más amables con les chiques que empiezan a menstruar, y que no tengan que esconder la toallita para poder ir al baño sino poder decirlo y que no por eso tenga que generar ni rechazo, ni asco, ni nada”, afirma.

Cambiar el foco

Según datos de UNICEF, en Argentina 12 millones de personas menstrúan y casi el 10% no suele ir a la escuela durante la menstruación. Un 23% manifestó sentir incomodidad o vergüenza.

Los porcentajes aumentan si se toma la Primera Encuesta de Gestión Menstrual (2020) realizada por la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires, en donde detectaron que casi la mitad de las personas indagadas dejó de ir a la escuela o a la facultad durante los días de su menstruación.

Al expandirse a América Latina, la tendencia se confirma: 2 de cada 5 niñas faltan al colegio por vergüenza, dolores o —uno de los puntos más graves— por falta de productos de gestión menstrual. En nuestro país, el costo anual de menstruar es de entre $7.373 y $7.745 de acuerdo a relevamientos de Ecofeminita.

En vez de escandalizarse por si una mancha de sangre menstrual llega a la televisión (o a un colectivo, o a la escuela, o a donde sea), la energía debería estar puesta en pensar en que esto no sea otro factor de desigualdad. Hay intentos: se presentaron proyectos de ley para que el Estado entregue insumos menstruales.

Sin embargo, para que eso pueda ponerse en marcha y llegar a buen puerto sin ser un motivo de burla o menosprecio (más de unx comunicadorx salió con los tapones de punta a quejarse porque el Estado gaste plata en copas menstruales), primero habrá que construir otra relación con este proceso.

Musante plantea: “Cambiar el vínculo con nuestra menstruación implica dos hechos, ambos políticos. Uno es quizás el más colectivo, que hace varios años somos un montón de activistas menstruales que visibilizamos la sangre y que tratamos de quitar ese estigma, y por otro lado es un hecho más íntimo y más individual: poder hablar y decir que estamos menstruando, o no escandalizarnos cuando otra persona lo comunica”.

Para ambos puntos el camino es largo, pero se viene transitando hace rato. Un buen paso es que la vergüenza y el drama no sean las únicas reacciones posibles ante una mancha roja.

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