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El viaje del héroe: ¿cómo sería la película de la vida de Messi?

Si la vida de Messi fuera una película de Hollywood, el final sería la consagración en Qatar. Pero antes tuvo que enfrentarse a distintos desafíos que lo fueron preparando para ese momento.

Messi Argentina

“Es como si fuera una película hermosa que termina con final feliz”, dijo Messi en su primera entrevista como campeón del mundo. Desde el 18 de diciembre pasado pienso lo mismo. Incluso desde mucho antes, cuando solo era una posibilidad remota de la que me aferraba con una convicción insólita en tiempos del “anulo mufa”.

La vida de Messi -como la del Diego- son películas. Con idas y vueltas, con momentos emotivos y tristes, los dos máximos ídolos de nuestro país vivieron situaciones cinematográficas. En el caso de Maradona, que tuvo mil vidas en solo 60 años, se podría elegir en qué momento terminarla para que tenga un final feliz o un final triste.

En el caso de Leo es diferente. Principalmente porque tiene toda una vida por delante, entonces su película, hoy, quedaría circunscripta a su carrera deportiva, que por desgracia ya está cerca de su final. Pero justamente por eso, que tan cerca del cierre consiga el objetivo más grande de toda su vida, hace que su carrera sea la representación viva de un guion de cualquier película épica de Hollywood.

En 1949, el mitólogo Joseph Campbell formuló un concepto que define el modelo base de la mayoría de los relatos épicos, un patrón similar: el monomito, o “viaje del héroe”. Resumidamente, lo que plantea es que en este tipo de historias el protagonista empieza con una vida ordinaria, hasta que es llamado a una aventura en un mundo desconocido. Ahí tendrá que enfrentarse a distintos desafíos para conseguir aquello que lo convertirá en héroe.

Si la vida de Messi fuera una película de Hollywood, el final sería la consagración en Qatar. Pero antes tuvo que enfrentarse a distintos desafíos que lo fueron preparando para ese momento.

Si la vida de Messi fuera una película, el final sería la consagración en Qatar. Pero para llegar a ese cierre épico tiene que haber un principio. Porque Lionel Andrés Messi alguna vez fue un nene de Rosario que solo pensaba en jugar a la pelota. Ese nene tuvo su llamado a la aventura en el momento en que decidió que el fútbol sería su vida, y su primer obstáculo fue su deficiente hormona del crecimiento.

Ahí fue cuando apareció el Barcelona para darle la ayuda que necesitaba. Ahora sí, Leo cruzaba el primer umbral hacia un terreno desconocido: el mundo del fútbol. Y encima, en España. Allá hizo su metamorfosis, empezó a crecer como futbolista y como persona, hasta descubrir que el talento que tanto le halagaban desde chico, era realmente algo superior. Así se completa la primera gran etapa en el monomito: la salida.

Después viene la iniciación. En este caso, se podría representar en toda la etapa de Messi como profesional en el Barça. Durante estos años empezó a demostrar que es el mejor jugador del mundo, y lo fue confirmando una y otra vez con sus logros, tanto individuales como colectivos. Y lo más importante de todo es que lo hizo sin mirar el reloj, con constancia. La primera vez que se lo distinguió con un Balón de Oro fue en 2009, a los 22 años. Este año podría recibir ese premio por octava vez, a sus casi 36.

Pero sabemos que no fue todo un camino dorado hasta la gloria eterna. Como todo héroe, tuvo que pelear con monstruos y demonios que podían terminar con su objetivo. Y estuvieron cerca. Es que ser el mejor del mundo durante tanto tiempo conlleva también una presión, y en la Selección Argentina fue, durante muchos años, donde esa presión le ganaba a su capacidad. La magia era reprimida por lo terrenal, lo humano.

La Selección Argentina fue, durante muchos años, donde Messi sentía una presión que le ganaba a su capacidad. Pero el destino tenía otros planes para él.

Después de perder su tercera final seguida y la cuarta en total, dijo basta: “Es increíble, pero no se me da. Evidentemente tiene que ser así. Se terminó para mí la selección. Lo busqué, era lo que más deseaba”. Ese día parecía que se venía el mundo abajo. Pero por suerte Messi es nuestro héroe, y el destino tenía otros planes para él.

La llegada de Lionel Scaloni cambió todo. El DT fue (y es) el mentor y aliado necesario que apareció en el momento indicado. Le dio lo que necesitaba, desde lo futbolístico y desde lo anímico. Cortó los cables correctos, colocó las piezas que correspondían, y echó a andar a un Messi diferente.

Se dice que, desde Scaloni, Messi es más “maradoneano”. Desde lo deportivo fue siempre el mismo genio con la capacidad de reinventarse. Pero desde lo actitudinal se convirtió en alguien mucho más contestatario y seguro de sí mismo. La Copa América de 2019 fue un punto de inflexión total. Todos los jugadores recuerdan que ahí sintieron que se estaba formando “algo”. Ese algo era la Scaloneta.

Ahora, como el Diego, usaba la bronca como nafta. Este Messi salvaje se vio como nunca en los cuartos de final del Mundial contra los Países Bajos, con el “andá pallá bobo” como símbolo, pero antes lo había sacado a relucir algunas otras veces. Empezó a cantar el himno con pasión, empezó a sentir cada vez más confianza en él y en el grupo, y finalmente pudo quebrar su maldición. Así, ganó en 18 meses todo lo que no había podido en 13 años.

La película de Messi terminaría, entonces, con la Copa del Mundo entre sus brazos. Ese beso y la caricia a la esfera del trofeo más lindo del planeta es la imagen pos créditos antes de que se prendan las luces de la sala. La película se termina, pero su vida sigue.

Campbell plantea que después de conseguir su objetivo trascendental, el héroe emprende su regreso. Ese retorno al mundo ordinario está lleno de dificultades, porque ahora tiene que lograr un equilibrio entre lo cotidiano y lo divino, lo mágico. En el caso de Maradona, ese retorno fue sumamente complejo. Incluso se podría pensar que quizás nunca terminó de regresar, que quedó para siempre en el camino entre el Dios y el hombre.

Habrá que esperar para saber qué le depara a Messi en ese recorrido final. Por lo que se ve hoy, uno creería que podrá vivir hasta el fin de sus días con el equilibrio que el Diego nunca pudo encontrar. Pero por ahora disfrutemos de la película. Hay que verla una y otra vez para sonreír y emocionarse como la primera vez que la vimos, por más que ya nos conocemos el final de memoria.

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