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Columnistas

Papá, ¿jugamos?

Papá jugamos

Últimamente me he cruzado con padres y madres que ante la pregunta “¿jugamos?” de sus hijos/as, tienen la misma sensación: les da paja. Todo producto de una mezcla de cansancio y ganas de hacer otra cosa porque jugar con sus bendiciones les aburre. A mí también me pasó y me pasa, pero he encontrado la manera de vencer esa resistencia.

En primer lugar es interesante reconocer por qué nos da pereza jugar con nuestros hijos. Creo que hay una distancia abismal en la manera de sentir la vida. Ellos están en el presente absoluto mientras que nosotros vamos con nuestros pensamientos hacia atrás y hacia adelante sin solución de continuidad. Y el juego exige presente. Bueno sería que tomemos ese momento como una oportunidad para no irnos con nuestras cabezas a cualquier lado. Una especie de estado meditativo. ¿Pero por qué no lo logramos? Por aburrimiento. Ahí aparece esa “paja” que nos invade. Nos cuesta conectarnos con nuestro niño interior y ser partícipes de las historias que crean nuestros hijos, porque casi siempre son ellos los que van digitando el guión.

Personalmente he logrado cambiar esta situación poniéndole ganas y atención. Decirnos a nosotros mismos: “ok, voy a jugar y me meto en la historia de lleno”, funciona. Poner voluntad de verdad. Y ahí me he dado cuenta de que es una oportunidad de oro para apreciar, sentir y disfrutar la maravillosa mente de mi hija.  El regalo de ver y escuchar su enorme capacidad creativa para armar una historia. Y sumarme a ese viaje con lo mío hace que pueda llegar a perderme en el juego que es lo mejor que le puede pasar a un ser humano en el mundo.

Claro que casi siempre la cabeza se tienta con pensar en boludeces del pasado o del futuro. Por ahí mientras agarramos un playmobil para ponerle un casco, por ejemplo, se nos cruza que todavía no hablamos con el contador para que nos dé de alta el monotributo. Tal cual suele suceder en una meditación, la cabeza se va. Simplemente no hay que pelearse con esos pensamientos. Solo basta con identificarlos, dejarlos ir y volver al juego. 

Otro de los obstáculos que se suele presentar es el del tiempo. Estamos errados si pensamos que jugar con nuestros hijos es perder el tiempo. Entre otras cosas, para esos somos padres o madres. Verlo como algo negativo es un acto de desagradecimiento. Nuestra mente nos engaña y nos olvidamos que sí perdemos el tiempo en Instagram, Twitter, Facebook o lo que sea. Si hiciéramos el ejercicio de contar los minutos que pasamos frente a la pantalla haciendo la nada misma y lo contrastamos con lo poco que jugamos con nuestras criaturas, seguramente nos daríamos cuenta de lo mal que aprovechamos el tiempo.

Solemos ponernos excusas. “¿Cómo voy a jugar con mi hijo/a si todavía no preparé la comida?”. Puede ser cierto que la cena aún no esté definida, pero jugar es más importante, así nomás. Ya habrá tiempo para improvisar algo con lo que haya en la heladera. Ahora juguemos, por favor.  

Porque cuando nos queramos dar cuenta, esa posibilidad de armar juntos una casa con Rasti se habrá ido, simplemente porque crecieron y están en otra. Así que les propongo que la próxima vez que sus hijos/as les digan “¿jugamos?”, acepten gustosos y se sumerjan en el mágico mundo de esas mentes limpias y creativas.  

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