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Columnistas

Pijamada

La semana pasada tuve una linda prueba: ser el único adulto responsable de una pijamada de tres participantes de entre seis y siete años de edad. Mi hija y dos grandes amigos que fueron invitados a mi casa a pasar la tarde, la noche y el día siguiente. Si bien tengo una pileta y un parque de una hectárea, lo cual asegura el entretenimiento, había que afrontar la noche. Dos niños, a los cuales conocía bastante, pero que iban a dormir en una casa ajena representaba todo un desafío.

Creo que la clave del éxito fue fluir. No tratar de digitar nada. Desde el lugar en donde iban a dormir, hasta el horario. Tenía preparadas tres camas en una misma habitación, pero decidieron acostarse los tres juntos en mi cama grande. Acepté enseguida porque noté que eso les divertía y les daba confianza.

Hice un intento a las diez de la noche invitándolos a meterse en la cama porque notaba un cierto cansancio en sus caras. Me hicieron caso, pero enseguida manifestaron que querían seguir jugando, así que habilité de inmediato. Buena decisión, porque fue fundamental que llegaran al momento de dormirse con un tres por ciento de batería, de manera tal que bajara notablemente el umbral de resistencia.    

Cerca de las once de la noche, Oli dijo que estaba cansado e inmediatamente Astor y Nina también manifestaron lo mismo. Ahí pensé: “no dan más, se tiran y se duermen al toque”. Un error subestimar ese momento tan delicado de dormir en una cama que no es la de ellos.

Pero igual estaba preparado con mi as en la manga: la contada de cuentos. Si bien es mi rubro y a algunos se les da con mayor facilidad inventar historias, considero que todos y todas estamos capacitados para crear un digno cuento en esas circunstancias. De entrada, antes de arrancar, Astor dijo: “yo si no me duerme mi mamá no me duermo”. Y Oli expresó: “esta noche no quiero dormir, me voy a quedar despierto”. Nina lo siguió a Oli con la idea y dijo lo mismo.

Pese al escenario complicado, me mantuve confiado y no les dije nada al respecto. Creo que esa fue una gran movida, no tratar de convencerlos desde la palabra, sino hacerlo con acciones. Así que en vez de responderles, arranqué con el cuento y lo sostuve. Gracias a Dios, encontré enseguida en mi cabeza una historia firme con un hilo que me permitía variar los escenarios sin demasiado esfuerzo en pensar en las acciones que se sucedían. Se trataba de un perro de nombre Romero, que era un experto en cavar, en hacer pozos. Entonces lo llamaban de varias partes del mundo para que cave con el fin de desenterrar tesoros. Raro, lo acepto, pero mi público estaba contento y me prestaron atención mientras los ojitos se les iban cerrando. Oli fue el primero en caer en los brazos de Morfeo. Luego Astor y al toque Nina. Para eso tuve que mantener el relato por 37 minutos. Fue un montón, porque yo también estaba liquidado, pero sabía que si flaqueaba y me dormía mientras contaba la historia, volvíamos a foja cero.

En síntesis, las claves del éxito fueron dejar fluir el juego sin un tope horario estando atento al cansancio de los participantes, y tener un buen cuento a la hora de dormir sosteniéndolo contra viento y marea.

Y así tuve uno de los regalos más lindos del año: sentir que Oli y Astor confiaban en mí a punto tal de dormirse plácidamente sin un llanto o una incomodidad. Y como frutilla del postre, al otro día Astor me dijo: “hice varias pijamadas, y esta casa entra en la lista de pijamadas en donde me sentí más cómodo”. Sí, estaba tocando el cielo con las manos.

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