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Columnistas

Si despierto desaparezco

sueños

Me miró y me dijo que yo no estaba hecho de lo que era, sino de todo lo que aún me faltaba. Lo dijo y después desapareció, como si en ese acto estuviera implícita la certeza de que, tarde o temprano, todo aquello se saldaría. Pensé en eso: en los puentes, en las metas que se cruzan, en los espacios que se completan, en las bocas que se descosen y en las vendas que caen, pero por sobre todas las cosas pensé en lo que aún no era.

Manejaba en silencio, por los parlantes sonaba Downtown Train, de Tom Waits, y cruzaba el campo a ciento veinte kilómetros por hora y lo entendí. No dormir a veces es más dulce que soñar y, casi siempre, ser un detective o un corredor profesional, es la única forma de resucitar entre nuestras propias ruinas. Los sueños, los deseos, todo ese amasijo compuesto por mucha imaginación y por una gigantesca y a veces espantosa montaña de cheques en blanco y al portador, ¿qué son? Más aún, ¿qué seríamos sin todo ese vodevil? Sin toda esa vida, antes de la muerte.

Recreamos y tejemos en el aire aquello que nos lo devuelve lo mismo que planes de fuga. El poeta español Bruno Mesa escribió: “Todo eso que me niega, aquello que nunca seré, el espejo que no ha de reflejarme, la calle donde nunca te veré, la piel ya para siempre ajena, todo eso que me huye, también me está esperando”. La pesadilla es así: amanecés sudado, como si hubieras estado días caminando por una angostísima vereda en pleno verano porteño, sin sombras ni muros que la recreen. Te recomponés sobre tu propia cama, te secás el sudor, estás solo, batís la cabeza y sabés, entendés, que tus sueños fueron una mentira. Mentira tras mentira, noche tras noche, año tras año.

Soñar es mentira. Sí, pero: ¿lo es? Soñás con peces que mueren ahogados, pero ignorás que ellos no mueren por inhalar agua, como los humanos, sino porque les falta oxígeno. Eso es cierto, no es mentira. Allí donde las verdades se invierten, donde las olas borran las huellas de lo que se supuso eterno, donde las golondrinas se estampan contra el vidrio invisible. Allí amanecés, sin respuestas, tan solo con algunas certezas, porque las preguntas que te debés, aún no fueron formuladas. Ni ahí, ni después, ni nunca.

Los hechos cambian constantemente. Los sueños, en cambio, perduran como el cielo azul. Entonces, ¿por qué no es como en la certeza invertida, como en la verdad desmantelada? La otra cara de lo estable es un acantilado y, quien lucha por las cenizas, inexorablemente renuncia al fuego. Es así. Lo contrario de no tener sueños no es tenerlos, sino luchar por ellos.

“¿Cómo se hace para mirar en presente simple?”, pregunta la poeta argentina Alejandra Santoro. No se puede, susurro mientras la leo, imaginando que ella me escucha atenta y asiente con movimientos verticales. Los sueños, que funcionan a veces como un pulpo y, otras, como un tiburón, están ahí: existen en un espacio que no posee nombre, pero que se le parece a la vida. Están ahí y son más ciertos que cualquier objeto que podamos tocar y rozar y tomar con nuestras manos, para después lanzarlo contra el cemento. Si despierto sé: desaparezco.

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