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Columnistas

A cien años del nacimiento de María Luisa Bemberg

María Luisa Bemberg
Por AAIHMEG |UBA | Julia Kratje y Marcela Visconti

Un cuento de hadas como La Cenicienta y los consejos prácticos para conquistar a un hombre y conservar su amor según el horóscopo vaticinado por la revista Para Ti se combinan con los gemidos de un orgasmo femenino amplificados sobre la canción Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (reprise) de los Beatles, mientras vemos algunas imágenes de la Exposición Femimundo realizada en La Rural en 1972. A partir de este montaje que ironiza en torno al lugar de las mujeres asociado al orden de la reproducción, la crianza, los mandatos de belleza y la seducción, desde su primer cortometraje, El Mundo de la Mujer (1972), María Luisa Bemberg despliega una mirada implacable sobre “todo lo que interesa a la mujer: modas, belleza, peinados y artículos para el hogar”, según promocionaba el catálogo del evento que su cámara documenta, denuncia, desentraña con agudeza.

Tal como advierte y cuestiona la consigna escrita en los panfletos que militantes feministas repartían a la entrada del predio, se trata de “El mundo de la mujer. Pero ¿de cuál mujer?”. El plano final, una imagen del rostro de una de las modelos visto a través de los barrotes de una cárcel, es una respuesta contundente.

Bemberg

Personajes femeninos confinados a los lugares socialmente prefijados y moldeados de acuerdo a reglas patriarcales atraviesan toda la filmografía de María Luisa Bemberg. Por cierto, la figura de la prisión es el motivo visual que abre Señora de Nadie (1982), protagonizada por una mujer, madre y ama de casa, que decide dejar su hogar y, antes de marcharse, cuelga unos papelitos que señalan las tareas domésticas (el trabajo cotidiano e invisible) que ella ya no cumplirá. A su vez, la figura de la celda reaparece en el interior del espacio del convento donde Juana Inés de la Cruz encuentra silencio y soledad para pensar y para escribir en Yo, la peor de todas (1993).

“¿Qué hubiera hecho yo con niños agarrados a mi falda, mientras estoy tratando de encontrar una rima?”, le hace decir Bemberg a la monja y poeta cuyo carácter transgresor y autodidacta comparte; esa mujer deslumbrante, inteligente, audaz, que por su vocación rechaza la domesticidad del matrimonio y la maternidad. Y así, como afirma la cineasta, “se adelanta trescientos años a Virginia Woolf cuando escribe Un cuarto propio”. Desde la subordinación hasta el autoconocimiento, la autodeterminación y la búsqueda de libertad, las mujeres en las películas de Bemberg logran poner en tensión los mandatos y los valores de la feminidad con respecto al deseo y la sexualidad, la experiencia de la maternidad y los lazos familiares, el trabajo y la realización profesional.

La desobediencia es la libertad de no dejarse someter y la libertad es el tema de todas mis películas”, dijo la directora en ocasión del estreno del que sería su último film, De eso no se Habla (1993), que lleva a la pantalla la historia de una joven enana, que “es un ser libre que no se deja vencer por la adversidad ni deja que nadie mande sobre ella”.

Admiradora de Le Bonheur (La felicidad, 1965) de Agnès Varda, una película que muestra los agridulces de la vida familiar y matrimonial (Varda solía describir la historia como un bello durazno de verano con un gusano adentro), antes de afirmarse como directora de su propia obra, y frente a los condicionamientos impuestos por un modo de hacer cine dirigido por hombres casi exclusivamente, en la primera mitad de los setenta Bemberg llega al cine a través de la escritura de dos guiones, Crónica de una Señora (Raúl de la Torre, 1971) y Triángulo de Cuatro (Fernando Ayala, 1975), en los que empiezan a tomar forma los rasgos estéticos e ideológicos centrales de su filmografía. Desde esos primeros trabajos como autora, que hace a la par de sus cortometrajes militantes –El Mundo de la Mujer(1972), que antes mencionamos, y Juguetes (1978)–, se abrirá paso como cineasta pionera y en alianza con Lita Stantic, junto a quien funda la productora GEA (en ostensible alusión a la diosa griega).

Bemberg fue la primera mujer que filma con regularidad dentro del cine profesional en la Argentina y, en ese sentido, sorprendió por su carrera vertiginosa. En tan solo un puñado de años, estrena seis películas que la catapultaron al reconocimiento internacional: Momentos (1981), Señora de Nadie(1982), Camila(1984), Miss Mary (1986), Yo, la Peor de Todas(1990) y De eso no se Habla(1993). Cuando murió, en 1995, estaba trabajando en la adaptación de El Impostor, un cuento de Silvina Ocampo.

Bemberg

En paralelo a su irrupción en el mundo del cine, en el pasaje de la década del sesenta a la del setenta, fue una de las fundadoras de la Unión Feminista Argentina (cuya sigla cifra el hartazgo: UFA) junto con otras mujeres del campo artístico, literario y cultural que rechazaban con todas sus fuerzas los moldes patriarcales y eclesiásticos. Cuando la Argentina estaba saliendo de los años dictatoriales, participó en las Jornadas de la Creatividad Femenina (realizadas bajo el lema “En toda mujer hay una creadora y en toda creadora hay una mujer”), de donde surgió Lugar de Mujer, un espacio cultural decisivo como punto de encuentro para mujeres y feministas creado en 1983. Un lustro después, integró la Asociación Cultural La Mujer y el Cine, promotora del Festival Internacional de Cine realizado por Mujeres que, avanzados los noventa, abriría paso a una generación joven de cineastas como Lucrecia Martel, Anahí Berneri, Celina Murga, Albertina Carri, Ana Katz, y muchas otras. Sin duda, hoy en día María Luisa Bemberg es reconocida dentro y fuera de nuestro país como una figura decisiva para la historia tanto del cine como del movimiento de mujeres.

Las dos primeras imágenes reproducen fotogramas de El mundo de la mujer y de Señora de nadie, las dos últimas pertenecen a la Colección Flia. Bemberg del Museo del Cine.

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