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Columnistas

El penal de Barovero en un país sin estabilidad

En el Banco de Servicios y Transacciones (BST), la entidad financiera que forma parte de uno de los mayores grupos privados del país, hay un gerente comercial que se llama Juan Pablo Gallardo

El jueves al mediodía, en una de las comidas privadas del tradicional Coloquio de IDEA, almorzaban los principales ejecutivos del holding cuya CEO es Isela Costantini, habitué del estadio Monumental.

Alguien miró su celular y avisó:

- Renunció Gallardo. 

- Decime que se va Juampi, por favor, y no Marcelo- fue la respuesta de uno de los integrantes riverplatenses de la mesa, medio en chiste, medio en serio.

Ahora, ¿por qué Marcelo Gallardo pudo permanecer 8 años y medio como director técnico de River Plate, en un deporte donde todo se mide en semestres, y en un país que es un samba con variables vuelan por los aires cada tres meses y con ellas los funcionarios de cualquier gobierno?

Entre otras circunstancias, puede haber sido crucial que consiguió un éxito muy temprano en su gestión: eliminó de un torneo internacional a su clásico rival apenas cinco meses después de haber asumido. 

Para hacerlo, en el partido de vuelta del playoff de la Copa Sudamericana en cuestión hubo un momento fundamental. Ni bien empezó el match, penal para Boca Juniors. Si era gol, hubiera arrancado todo cuesta arriba y podía tal vez cambiar el destino del encuentro, de la competencia y hasta del entonces joven entrenador. 

Pero el arquero lo contuvo: “Barovero, Barovero, Barovero, Barovero”, repitió para la historia el relator Rodolfo De Paoli. Minutos después, gol de River, Pisculichi. Así terminaría todo: 1-0. Pasó el River de Gallardo. Afuera su principal adversario en el fútbol local.

Con un logro así, un cuerpo técnico respira, reafirma sus conceptos, suma tiempo para corregir, mejorar y apostar más. Consigue el consenso que genera el éxito y con el puede desarrollar entonces un plan que ya luego si funciona tiene más chances de volver a pagar con nuevas conquistas en un círculo virtuoso.

La inflación desatada y los dólares paralelos otra vez arriba de $300 plantean mil desafíos para cualquiera que asuma el intento de arreglar este berenjenal. Uno puede ser si en este punto de partida hay chances de lograr un éxito rápido, algo que le genere respaldo y apoyo de manera tal de poder desarrollar un plan con tiempo en un país gelatina, que se sacude al ritmo de sus fragilidades macroeconómicas. O dicho directamente, ¿puede existir un penal de Barovero con gol de Pisculichi que descomprima tensiones y permita construir algo a largo plazo, como hizo Gallardo?

El teorema 

Como dice el economista Martín Rappetti en el podcast con Diego Bossio “Al grano”, hace falta un gobierno con capacidad de persuasión y convencimiento que explique medidas no siempre gratas en el corto plazo pero que eventualmente vayan a retribuir en el mediano y largo con una menor inflación, crecimiento sostenido, estabilidad. 

Pero esto es la Argentina, y tras cinco años de licuación de ingresos al compás de disparadas del dólar y los alimentos es un gran desafío arrancar una gestión sin tener algún logro de entrada que cohesione a los propios, atraiga a los independientes y ofrezca algo que defender ante los opositores.

Pensando en 2023 -y un poco por cabeza de termo también- trasladé la pregunta a estrategas de Juntos por el Cambio. Un economista del PRO, ante el teorema del penal de Barovero, respondió: “Lo que se va a poder mostrar es una inflación de uno por ciento por mes al año del mandato, otra cosa no”. Para conseguirlo, está implícito, debería haber un plan de shock “todo junto el primer día de gobierno”. Lo ha explicado Horacio Rodríguez Larreta en los medios: “La inestabilidad política en la Argentina no permite planes graduales en el tiempo”.

Estrategia. En el PRO, Rodriguez Larreta sostiene que por la inestabilidad política hay que aplicar un plan de shock no bien asuma un nuevo gobierno.

Un líder del radicalismo, en tanto, cambia el punto de vista: “Tenemos detectados 102 privilegios dentro del Estado; si le mostramos a la población que los vamos cortando desde el minuto cero, eso puede generar incluso que se apoyen medidas dolorosas en lo económico para estabilizar la situación”.

Sergio Massa, que asumió hace dos meses y medio como ministro de Economía de un gobierno en su último tramo de mandato pero con ínfulas de jefe de Estado, también está sufriendo de algún modo la imposibilidad de poder mostrar algún éxito rápido ante este escenario de espiralización de precios, sin reservas y con rechazo de la moneda nacional. Y para él también es un problema hacia dentro del Frente de Todos.

Tras haber juntado reservas con el dólar soja en septiembre y tras haber conseguido que el Fondo Monetario Internacional le aprobara revisiones la semana pasada, el sueño ahora es conseguir cortar la inercia inflacionaria antes de fin de año

Otra vez. Kristalina Georgieva, del FMI, con Sergio Massa, esta semana. El ministro aspira a cortar la inercia inflacionaria antes de fin de año.

Ahí sigue la discusión interna. Los sommeliers del kirchnerismo más duro le piden sólo que no devalúe y congele con mano de hierro los precios de los alimentos. La mirada del equipo económico massista era más amplia: si ya no conseguirán mover el tipo de cambio, se contentan con el desdoblamiento sectorial, más algún tipo de aumentos de tarifas y sueldos antes de luego sí, contener juntos precios y salarios por cuatro o seis meses. 

Massa recibió hace algunos días a Michael Reid, el editor de América latina de The Economist, que firma sus columnas como Bello. “Massa, lo único que se interpone entre la Argentina y el caos”, escribió esta semana. En la charla, el ministro le dijo que atacaría la inflación con más dólares en el Central y reducción del déficit fiscal. Bello lo ubica al tigrense como parte del mismo peronismo que parió a Carlos Menem. 

¿Alberto?

En ese contexto, esta semana arrojó dos novedades políticas. 

Por un lado, confirmó la bolsonarización de una parte de la oposición argentina. Desde Javier Milei hasta Patricia Bullrich se fotografiaron con Eduardo Bolsonaro, el hijo de Jair, que ha combinado ultraliberalismo económico con negacionismo sanitario y climático mientras habla de luchar contra el socialismo.

Lo que allá fue la Fox, acá está siendo La Nación Más, donde estuvo el propio Bolsonaro hijo en un diálogo cordial.

Se trata de un grupo de gente que, como ocurrió en los Estados Unidos, encuentra eco en medios tradicionales y en youtubers conspiranoicos y agresivos que legitiman con su aval. Lo que allá fue la Fox, acá está siendo La Nación Más, donde estuvo el propio Bolsonaro hijo en un diálogo cordial. Lo que allá fue Alex Jones, el creador del canal de YouTube “InfoWars”, acá puede ser Eduardo Prestofelippo, El Presto

A propósito, Jones pasó de los márgenes al centro cuando Trump le dio una entrevista poco antes de asumir como presidente. En nuestro país, Bullrich se muestra orgullosa en fotos con El Presto, que ha llamado a matar a la vicepresidenta y fue condenado por agredir a la actual primera dama. Esta semana Jones fue sentenciado a pagarles a familiares de niños víctimas de un tiroteo en una escuela, porque los acusó de mentirosos que habían inventado la historia, lo que derivó en que sus seguidores los agredieran hasta obligarlos a mudarse.

En paralelo, reapareció Alberto Fernández en uno de esos giros inesperados de una historia donde un personaje que había salido de circulación de golpe dice “no se olviden de mi”. Designó él mismo a las nuevas tres ministras del gabinete, Kelly Olmos (Trabajo), Victoria Tolosa Paz (Desarrollo) y Ayelen Mazzina (Mujeres). Y se ocupó de filtrar bien a lo Alberto que no lo había consensuado con Cristina.

Y lo más extraño fue su discurso en el encuentro empresario en Mar del Plata, que llamó mucho la atención porque pareció no estar sólo dirigido a la oposición, sino a la interna del oficialismo. Dijo: “¿alguien de mi gobierno les pidió coimas en la obra pública? ¿alguien de mi gobierno los mandó a espiar?” ¿Cómo?

Cerró con un sorpresivo mensaje autoreivindicatorio, al defenderse de las acusaciones de tibio y débil. “Debo ser re débil, pero el que negoció la deuda con el Fondo se llama Alberto Fernández. El que afrontó la deuda con los acreedores privados se llama Alberto Fernández. El que afrontó la pandemia se llama Alberto Fernández. El que fue a buscar las vacunas se llama Alberto Fernández. El que sigue enfrentando la guerra se llama Alberto Fernández”. 

¿Le estaba hablando sólo a Mauricio Macri, o también a su compañera de fórmula?