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Columnistas

La misión imposible de Massa

sergio massa con los caños del gasoducto néstor kirchner

En el fondo, Sergio Massa teme que le hayan empezado a rayar el auto. Los tuits de la vicepresidenta pidiendo más intervención sobre las empresas de alimentos luego del aumento de la indigencia en el primer semestre del año tienen toda la pinta de que algo podría empezar a cambiar en la trabajada pax oficialista. 

En un gabinete que se acostumbró a las críticas de Cristina Kirchner hacia la conducción económica hasta que se fue Martín Guzmán del Palacio de Hacienda, el detector de quilombos es ultrasensible. Y el hasta ahora empoderado ministro de Economía lo sabe mejor que nadie. Sobre todo cuando viene de encadenar algunos traspiés que amenazaron su imagen de garante del orden peronista

La información sobre la rentabilidad de las empresas es en parte la que le acerca el Centro de Economía Política Argentina (CEPA).

Su primer ida y vuelta con el Banco Central cuando por unas horas les impidió hacer contado con liquidación a los productores que le aceptaban entregar divisas a $200 puso en duda el “llegó Fernando Henrique Cardoso” y parecía el regreso de “guarda con ventajita”. En la conferencia del fin del dólar soja, Massa agradeció el trabajo del ente monetario, con su titular, Miguel Pesce, en primera fila. Pero algo está roto ahí.

La postal de descontrol de un nuevo acampe de casi tres días en la avenida 9 de Julio en coincidencia con fábricas de autos paradas por un conflicto gremial en la producción de neumáticos que nadie resolvió en cinco meses recordaron lo delicado del cruce entre una situación social límite, aumentos de precios sin freno y una coalición que es una trampa de intereses cruzados. 

Por ahí anda el Presidente cada vez más parecido a un dirigente de salida (“recibí un país de rodillas, lo dejaré caminando”, dijo esta semana); por allá está el ministro que trata de hacer algo para que al menos no explote todo y eso le pague más adelante; y más allá está la líder, que pareciera sólo buscar que los costos de lo que venga no le lleve puestas todas las banderas.

El tigrense no come vidrio. Algunos de sus interlocutores recientes lo notaron golpeado. Es que está en una misión imposible: enfrentar una inflación que corre al ritmo del 100% anual -o más cuando se mira el rubro de la comida- con un apoyo político que se deshilacha

El gobierno cierra el tercer trimestre del año mucho mejor de lo que todos (incluidos nosotros) esperaban.

Consultatio

El mercado le reconoce lo hecho hasta ahora. La firma Consultatio incluso lo puso así: “El gobierno cierra el tercer trimestre del año mucho mejor de lo que todos (incluidos nosotros) esperaban”. Y completa: “Los temas que dominaron la agenda hasta hace dos ministros atrás (renovación de vencimientos en pesos, brecha cambiaria récord, niveles de reservas críticos y empeorando), hoy están todos en un nivel más satisfactorio”.

El tema es el después. Cómo convencer de que tenés un plan si se proyecta de fondo que tu principal líder hace como Ramón Díaz en la Bombonera el “yo no, yo no”. Son recuerdos del pasado reciente. La amenaza del rayo guzmanizador. A propósito, Guzmán vuelve al ruedo en octubre en un seminario de la Fundación Friedrich Ebert, con su padrino Joseph Stiglitz

Cómo convencer de que tenés un plan si se proyecta de fondo que tu principal líder hace como Ramón Díaz en la Bombonera el “yo no, yo no”.

La información que lee la Jefa cuando pone el acento en la rentabilidad de las empresas es en parte la que le acerca el Centro de Economía Política Argentina, el CEPA, que lideran Hernán Lechter -aquel economista que ella había propuesto al comienzo de todo para la secretaría de Comercio- y Julia Strada, directora del Banco Nación. Allí, toman los balances desde 2014 hasta acá de Ledesma, Aluar, Molinos Río de la Plata y Arcor. Reflejan ganancias exorbitantes en dólares.

Los números deben ser tan así que hasta el propio secretario de Programación Económica, el ortodoxo y ex furibundo crítico de la vicepresidenta, Gabriel Rubinstein, lo subrayó en su paso este miércoles por el Congreso, cuando el equipo económico presentó los lineamientos del Presupuesto. Es cierto, lo justifica en que la macro es un berenjenal que genera márgenes brutos alocados, pero en definitiva coincide con la mujer que no hace tanto maltrataba en Twitter. 

Dow quiso cerrar una planta en Santa Fe en agosto del año pasado. Cristina lo pidió y tuvo que dar marcha atrás.

¿Tendrá esto algún efecto concreto? Massa hace equilibrio bien fiel a su estilo. Se alinea con Fate, Bridgestone y Pirelli contra la izquierda sindical en la batalla de las gomas. Pero amenaza sin nombrar a Dow, la multinacional que domina la producción de polietileno, un químico clave en la industria. En el Congreso habló de “la empresa que vende un insumo en el país a US$2200 la tonelada” cuando lo exporta a Chile a $1600. En la secretaría de Comercio murmuran una posible baja de aranceles externos, más allá de que su principal competidor, la brasileña Braskem, paga cero porque está en el Mercosur. Dato: Dow quiso cerrar una planta en Santa Fe en agosto del año pasado. Cristina lo pidió y tuvo que dar marcha atrás. 

Elogios de Laspina

El paso de Rubinstein por la Comisión de Presupuesto y Hacienda fue increíble. El economista explicó que por el déficit previsto y la emisión monetaria asociada la inflación que surge del Presupuesto debería ser 40%. Pero que por el desorden cambiario y las tensiones de la inercia, lo calculan en 60%. “Ustedes pueden ayudarnos a bajar más la inflación, si nos ayudan a bajar más el gasto”, aseguró quien, no olvidar, hablaba como representante del Frente de Todos.

Al lado estaba el diputado Carlos Heller, que en tiempos de Guzmán le recordaba al entonces ministro cuando decía que “la inflación es un fenómeno macroeconómico” que debía poner más énfasis en las políticas de ingresos. El propio economista de Columbia presentó su renuncia casi al mismo tiempo en que la vicepresidenta en un acto público le enrostraba que tenía una mirada sobre el costo de vida “muy ligada al déficit fiscal, como Carlos Melconian”. Otros tiempos.

Ordenar la macro tiene costos, te obligaría a arriar banderas y encima si funciona, generaría resultados recién con el tiempo.

Cuando terminó de hablar Rubinstein y empezaron las preguntas, se vivió un momento inverosímil. Luciano Laspina, el más halcón de los economistas del PRO, que trabaja para una eventual presidencia de Patricia Bullrich y prepara un giro radical en la economía, básicamente elogió el enfoque del ministro y su gente. Celebró la “racionalidad” y lamentó que no hubiera sido esa la mirada muchos años antes. Prácticamente no cuestionó nada. Apenas preguntó por el déficit cuasi fiscal.

Hubo otro tramo muy particular en el que intervino Heller mientras estaba Rubinstein en el Parlamento. Fue para explicar por qué no era conveniente ir a un shock que impactaría en los ingresos de la población. El viceministro miraba para abajo y mascullaba sin asentir. Su audio de WhatsApp viralizado resuena. Había hablado de que no se iba a devaluar “al menos por ahora”. Y en sus redes sociales luego habló de volver a la macro de los primeros años del kirchnerismo. Con inflación de un dígito. ¿De forma gradual?

Esos episodios resumen la contradicción que crece entre las medidas que tiene in péctore Massa y lo que en el fondo le comienza a cuestionar Cristina cuando suelta esos tuits. Ordenar la macro tiene costos, te obligaría a arriar banderas y encima si funciona, generaría resultados recién con el tiempo. Si la inflación se desboca y no queda otra que tomar medidas como devaluar, subir tarifas y sueldos y luego congelar, es decir, aplicar un “plan de estabilización” ¿tendría sentido? Pero, si no se hiciera, ¿la cosa aguanta? Y si se decide, ¿puede ser el trabajo sucio para que lo disfrute un eventual gobierno de Juntos por el Cambio? El viernes Massa volvió a pronunciarse contra una devaluación, cuando su entorno discute el cómo.

Muchos interrogantes van a empezar a resolverse a medida que se acerquen las elecciones, que una parte del peronismo ya descarta que se harán sin primarias. Esta semana le llegaron al Gobierno encuestas muy preocupantes que -chocolate por la noticia- reflejan el impacto de la remarcación continua en el ánimo popular. “Ya nadie se acuerda del atentado”, es el crudo análisis en la Casa Rosada, pero igual están atentos a que en las próximas horas se logre ingresar al teléfono de Fernando Sabag Montiel, el hombre que le gatilló en la cara a la vice y sacudió el país ¿hace cuánto ya?

A los caños

A casi dos meses de asumir, Massa también está desesperado por mostrar acción hasta el borde del ridículo. El ministro participó con los encargados de Energía Argentina de lo que se presentó como “el traslado de los primeros caños” para poner en marcha “la construcción del Gasoducto Néstor Kirchner”. “Hoy estamos dando el primer paso operativo hacia un cambio en la matriz económica argentina”, apuntó. “Es una obra de transformación de la Argentina”, dijo Agustín Gerez, de EASA.

En realidad, se trataba de 7.444 tubos que habían sido comprados entre 2008 y 2012, y que habían estado arrumbados hasta ahora. Tras una puesta a punto, serán utilizados como parte de una ampliación para el tramo Mercedes-Cardales, un ducto complementario del GPNK. Los caños nuevos para el trayecto central, los que tiene que producir Tenaris-Siat en la planta de Valentín Alsina, aquellos que generaron las polémicas por la chapa brasileña en otro capítulo del sainete oficial, todavía se están haciendo. 

Todo está a merced, sin embargo, del reclamo de la filial Avellaneda de la Unión Obrera Metalúrgica, que llegó a parar el viernes la planta tras la desvinculación de 13 de los 308 trabajadores que habían sido incorporados para el proyecto. Una extensión de la conciliación obligatoria volvió a poner en movimiento las máquinas.

La Argentina anda así en una coyuntura en loop, entre intentos de administrar costos de corto plazo y promesas de giros estructurales para “ahora sí” aprovechar nuestros recursos naturales de potencia.

Ya hace 25 años que hay un tercio de la población en la pobreza.

Sea por una mala distribución de la riqueza, por falta de reglas creíbles para la inversión o por una macroeconomía que no conoce de estabilidad por períodos prolongados, el paisaje social que se va construyendo es desesperante porque augura un futuro más cuesta arriba. 

Cuando se difunden los indicadores sociales como esta semana lo peor es ponerlos en perspectiva. Ya hace 25 años que hay un tercio de la población en la pobreza, recordó el Ieral esta semana. Además, cagate el domingo: el Indec repitió que 5 de cada 10 chicos de menos de cinco años están en esa condición. Entre los desocupados, además, un tercio no tiene secundario completo, muestra la Encuesta Permanente de Hogares. Todo, en una sociedad donde cada vez los que menos ganan tienen peor educación y los más ricos aprenden más, según se ve en las pruebas Aprender.

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