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Cultura & Espectáculos

El arte también se come

arte comida

Nadie sabe con exactitud cuándo o quién empezó el rumor. Y nadie ha tenido aún el coraje para despejar las equis y resolver cuánto hay de verdad y cuánto de mentira en todo el cuento. Cuánto de acierto, cuánto de estafa. El hombre en cuestión es de edad incierta, tiene la cabeza lampiña como una bola de billar, los ojos negros azabaches, la nariz ancha y corta. Dicen que siempre lleva un sobretodo negro hasta las rodillas y en los pies zapatillas deportivas. Nikes. Los más jóvenes lo apodaron Leandro, en honor o referencia, menuda contradicción en este caso, al artista tocayo de apellido Erlich, por la forma en la que aparece y desaparece, se escabulle, y parece estar en todos los sitios y en ninguno, al mismo tiempo. Como un prestidigitador.

El caso es que Leandro, no el artista sino el personaje en cuestión, ha sido visto y reconocido, según testimonios y amantes del arte que juran y perjuran sobre las tumbas de sus madres, haberlo cruzado en un sin fin de muestras de arte, en la Ciudad de Buenos Aires y también en el Gran Buenos Aires, simultáneamente. Los testimonios se superponen y confirman el antaño principio establecido por Nicolás Steno: las anécdotas se apelmazan hasta convertirse en una sola y, ésta, expresa las propiedades de ambas, como una sola cosa móvil y escurridiza. Se mueve por el mundillo del arte de la misma manera que un boxeador hace de bailarín sobre el ring. Es hábil, erudito, habla poco y, cuando lo hace, acierta con una limpieza pura y desprevenida que da escalofríos y envidia.

Pero el rumor, atado necesariamente a la máxima de que los artistas mediocres compensan la falta de talento con alimento, lo mismo que los malos amantes o las abuelas amorosas, es que él no visita las muestras desplegadas en esas pequeñas e iluminadas habitaciones blancas, a las que llaman galerías, por las cuadradas y rectangulares ventanas de lienzo y tinta que cuelgan de las paredes, ni por las esculturas, ni por el arte en sí, sino que lo hace por los espléndidos banquetes que allí se brindan. Dicen, aseguran, que esa es la real motivación que lo lleva de una a otra galería, como en una carrera secreta y vertiginosamente rápida.

Pero la real incógnita, la que intenta sortear a la evidente y no elucubrar difamaciones a partir de simples rumores, es cuál es la diferencia empírica que distingue su comportamiento del de todos aquellos hombres y mujeres que acuden a los mismos establecimientos; de todos aquellos que ingresan a esas salas con aires de grandeza que les queda, definitivamente y casi siempre, grande. Y, después: ¿quién podría acaso recrear en su mente un personaje al mejor estilo Rick Blaine que, en lugar de buscar desesperadamente el amor de Ilsa Lund, busca en cambio un fosforito de jamón y queso? Tomando el toro por las astas, y no por la retaguardia, la pregunta acorde e incómoda, que casi siempre son la misma cosa, sería: ¿qué diferencia a unos de otros? ¿Por qué se enaltece al erudito analista de arte moderno con boina y bigote angosto en lugar de al devoto y peregrino amante de los banquetes y la comida gratis?

galería de arte

Las respuestas incomodan porque cualquier intelectual medio pelo podrá definir que el arte no es sino la recreación de un aspecto de la realidad, o un sentimiento, valiéndose de la materia, el sonido o la imagen; definición que el arte en sí, y el arte de comer, podrían compartir sin generarles incomodidad alguna. El mero acto de dirigirse al sitio que sea, en el barrio que se les ocurra, para cumplir y saciar un deseo, el que sea, elijan el que más les guste: consumir arte o carbohidratos; no son sino cualquiera de los dos pares de lados paralelos de un rombo. Son espejo y reflejo. Porque el arte es, en primera y última instancia, lograr fingir que es verdad lo que no es verdad. Quizá sin buscarlo o, seguramente, totalmente consciente de su accionar: esa es la principal característica que distingue a Leandro. El rumor, la construcción del personaje, su actuación y la forma en que es observado son, en cualquier caso, la mejor obra de arte que aquellos eruditos chismosos podrían apreciar, aunque no la puedan ver. Él seguramente lo sabe, si es que existe, y se ríe de ellos, y se mofa de ellos, y sigue en sus caravanas de arte y comida, con la liviandad y transparencia que le otorgan ser un rumor.

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