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Columnistas

Bajo el techo que se desmorona, de Goran Petrovic

Svabic es operador de cine, desde tiempos inmemoriales, más exactamente desde antes de que el país sea "el país". Una  vida sacando y poniendo grandes rollos en la maquina, garantizando que haya otros mundos en el pequeño mundo de las vidas pequeñas. Inmaculado Svabic, construyendo una película cosida de retazos de celuloide; sumando movimientos a los silencios, gritos a los colores, situaciones ridículas a los llantos y fotogramas románticos a la acción de una bala disparada de un arma oculta en la sobaquera de un agente secreto. Más de 14 Km de película en retazos quitados a cada rollo que ha pasado por sus manos, blanco y negro con colores pastel, sonidos con silencios graves, acción y drama unidos en una sucesión loca e improbable. Actores que se mezclan con otros en medio de besos entrecortados, muertos que transmutan en vivos a los pocos minutos, historias que se deshilachan y otras que aparecen de la nada y a la nada se dirigen.

Qué es la historia en definitiva, sino una suma de retazos torpemente cosidos sin estrategia ni final asegurado.

El cine de la ciudad surgió antes que Yugoslavia y, muerta ella, su techo tachonado de estrellas pintadas en su centro siguió de pie; porque en este territorio todo nació antes que el país que murió con Tito en 1980. Extraño, solo un padre tuvieron estas tierras antes y después de que la violencia reventara las montañas, los valles y las hondonadas, como siempre.

 Un país de un solo presidente: con él tuvo su origen y de la mano de su muerte desapareció.

…Y el cine estaba, antes y después de Tito…

Porque la historia de un país construido de retazos de países mucho tiene que ver con una película construida del mismo modo, y viceversa.

Extraños territorios, que cosen identidades y las descosen a los tirones, rompiendo tramas donde las había. Serbios, eslovenos, croatas, montenegrinos, Kosovares, Bosnios, Herzegovinos. Todos hermanos, todos enemigos. Habitantes de un país construido sobre la violencia que solo un partisano con mano de hierro pudo domeñar y, que sin el, regresó a su fuente original. 

La violencia.

Petrovic nació Yugoeslavo, pero devino Serbio, y trazó en su novela una historia maravillosa de setenta años de los Balcanes a través de un cine, el de su pueblo, y los habitantes de sus butacas de cuero nacidas al calor de un soñador que vendía botas usadas del ejercito austrohúngaro y cambió sus dividendos por la construcción del cine de su fantasía infantil.

Un libro que es la imagen de una sociedad y de su literatura, la nota al pie de página de una historiografía en construcción. Bajo el techo que se desmorona es la historia contada a través de individuos menores: los espectadores de una sala de provincias. Es un escenario que lentamente se va poblando de personajes que en algún momento comienzan a interactuar y que, a partir de la pluma mágica de Petrovic, toman vuelo y muestran a través de sus formas y personalidades el desarrollo de una sociedad desde el final del Imperio y el paso de dos guerras, hasta el advenimiento del gran unificador, su muerte, y el sepelio mas largo de la historia de la humanidad moderna.

Una novela construida con actores secundarios, coral, con destellos de realismo mágico balcánico y plagada de interacciones sugerentes y de profunda agudeza que se suceden constantemente.

El camarada Avramovic en primera fila que, distraído alguna vez, no escogió la facción correcta en una asamblea del partido, y al elevar tarde el brazo quedó preso de su error. Desde ese día levanta su brazo automáticamente en lapsos reducidos para no volver a equivocarse. Siempre votando en mayoría. Siempre sentado del lado izquierdo de la sala, aprendizaje del error original.

Bodo, el borracho, que invariablemente duerme desde los títulos hasta los títulos, y al que el sueño le permite ir a diario aún cuando dan la misma función, porque lo suyo es gozar de la butaca antes que de los actores

Gagui, que cuenta al oído la película a su amigo Dragan desde hace treinta años, porque su ceguera le impide distinguir más que bultos. Mentor de diálogos inexistentes, tramas inexplicables y actores que no son parte de los films, sin que a ninguno de los dos les interese mucho los conceptos de verdad y falsedad en la trama del día.

Un libro que es la imagen de una sociedad y de su literatura, la nota al pie de página de una historiografía en construcción.

Dordevic, el profesor, Erakovic el artista de la palabra, los pendencieros, la familia, los enamorados, los chulos, las chicas que faltaron al colegio, los militares, los espáas y las putas.

Todos ellos ocupando las distintas filas de un cine, caja de resonancia de un mundo que lo rodea y del cual esta hecho a imagen y semejanza.

Un cine más de la Yugoeslavia unificada hasta que, un 4 de mayo de 1980, entra la mujer de maestranza, conmocionada y a los gritos, prendiendo la luz de sala y avisando a los espectadores atónitos que ha muerto el camarada Tito. 

Hasta Svabic, el operador, saca sus manos de la película de retazos boquiabierto y con la pregunta a flor de labios: ¿qué haremos ahora?

Sucede el famoso "silencio sepulcral".

Y la desbandada desesperada hacia ningún lado, sin respetar filas ni pies ajenos, antigüedades,  cortinados ni afiches de próximos sucesos. El camarada Avramovic se olvida de levantar su brazo por un largo lapso de tiempo, exponiéndose a la potencialidad de quedar nuevamente del lado de la facción perdedora. Tsatsa, invariablemente dueña de las ultimas butacas en las que su boca buscaba y era buscada alternativamente por estudiantes, reclutas, jóvenes y deseosos varios, quedó inmóvil junto a su Adán de turno sin saber si, de ahora en mas, habría quien soñara con su cercanía.

Como en el Antiguo Egipto, los fastos duraron tanto tiempo que nadie supo nunca cuando terminaron las ceremonias de despedida; hay quienes dicen que hasta que las balas de los antiguos enemigos recordaron que aún había muchas cuentas pendientes a pesar de haber compartido durante varias décadas butacas contiguas en el cine de la ciudad.

Hay quienes dicen, también, que el todo se fue diluyendo cuando veterinarias, ingenieros, talabarteros, maestros, maniobristas, imprenteras, cocineros, alumnas y hasta músicos se convirtieron en combatientes en nombre de alguna historia ancestral que los hacia diferentes a los que hasta ese momento habían sido sus iguales. Y entonces en ese territorio desaparecieron las enseñanzas, los libros, la cocina tradicional, las obras en cuero, y hasta la música, porque los brazos y las mentes estaban demasiado ocupadas en exterminar a los que habían sido sus camaradas hasta hacía poco tiempo.

Y el Cine se vació porque el arte tiene poco que aportar en medio de las granadas y las vainas servidas.

Una región dificil, como la caótica película de Svabic, inacabada y frágil, llena de fotogramas que fueron pensados para otras escenas y que conviven extrañamente, en una rara y poco armoniosa conjunción.

Espacios a reconstruir como un rompecabezas que emerge del dolor y que aún encuentran ternura e imaginación en los entresijos de sus ruinas cercanas.

Petrovic, Goran. Bajo el techo que se desmorona. Madrid. España. Sexto Piso Ediciones