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Columnistas

Garganta profunda: un análisis musical

El soundtrack de la película que el Presidente no quería citar pero citó fue pionera en 1972 con un estilo: el porno funk. Ascendentes y descendencia de un género estereotipado que también tiene sus clásicos.

Una oración que jamás pensamos que algún día pudiéramos redactar: el porno clásico fue noticia en la Argentina hace unos días gracias al Presidente de la Nación. El gaffe “garganta profunda” de Alberto Fernández sirvió de reivindicación involuntaria pero justa de un género cinematográfico que supo hacer las delicias de oficinistas alzados (los míticos “valijeros”) en los primeros 80 y de jóvenes con acceso a VHS por zurda en las postrimerías de esa misma década, con gemas de la talla de Las nueve vidas de una concha húmeda (1976, increíblemente dirigida por Abel Ferrara, el de Un maldito policía) o Vení a soplar el cuerno (Suecia, 1978, y lo del cuerno aunque no parezca es literal). Méritos, más allá de lo hormonal, no le faltaban: en tiempos en los que uno puede abrir una pestaña al lado de la de este artículo, googlear un fetiche imposible y encontrar cientos de ejemplos, se aprecia especialmente el cuidado que estas producciones (que, en comparación con cualquier cosa actual que se vea en PornHub, parecen El séptimo sello) tenían por rubros como la fotografía, el encuadre o los diálogos. Y también un campo que sabemos que al primer mandatario le interesa sobremanera: la música.

El gaffe de Alberto Fernández sirvió de reivindicación involuntaria pero justa de un género cinematográfico que supo hacer las delicias de oficinistas alzados en los primeros 80.

El soundtrack de la película que el Presidente no quería citar pero citó fue pionera en 1972 con un estilo: el porno funk. En el mundo anglo se lo conoce por una onomatopeya: “boom chicka wow wow”, por el sonido que la guitarra con toneladas de wah wah rasgueada y muteada con la palma, la percusión y (no es doble sentido) el órgano construían y repetían y repetían y repetían otra vez. La música de Garganta profunda puede escucharse en Spotify, con una particularidad: está acreditada al director del filme, Gerard Damiano. No porque el cineasta fuera un prodigio similar a John Carpenter y se hubiera encargado del score: lo que pasó fue que el FBI confiscó todos los originales de la película ante denuncias de obscenidad, y en la volteada (tampoco acá hay doble sentido) cayeron los másters del soundtrack. Hoy nadie sabe quién compuso e interpretó esos temas, con lo cual quienes lo subieron a las plataformas de streaming hicieron ni más ni menos que lo que se esperaba de ellos: digitalizaron un vinilo medio fané (de ahí que la fidelidad de sonido sea digna de uno de esos camiones que recorren el Conurbano vendiendo sandía) y lo cargaron a nombre del director, porque algo había que poner en el formulario. 

El FBI confiscó todos los originales de la película y en la volteada (sin doble sentido) cayeron los másters del soundtrack.

La banda de sonido de Garganta profunda tiene ascendencia y descendencia. Uno de sus ingredientes es, obviamente, el funk, pergeñado en un contexto rockero por James Brown a mediados de los 60, quien a su vez le debía -lo reconoció el mismo Padrino- al golpe de Chuck Connor (el baterista de Little Richard), el cual tenía origen en el sonido ultrasincopado de la música de Nueva Orleans y algunas cositas de infiltración cubana. Pero no, porno funk no es solo funk porque también tiene una vibra no tan bailable, más relajada y callejera, que le debe al cruce con el jazz y el lounge. Un experimento de jazz-funk que presagia (con más “marco teórico”, si se quiere) es Detroit: Latitude 42° 30′ Longitude 83°, el disco que lanzó Yusef Lateef en (sigue sin haber doble sentido) el 69.

Otro antecedente del porno funk es Fat Albert Rotunda, el álbum que grabó Herbie Hancock en 1970. Éste también es una banda de sonido, pero muy distinta: es la música de una serie animada infantil a la que el comediante y violador convicto Bill Cosby le ponía la voz. Si no fuera por tantos bronces (los compositores para porno setentoso no tenían plata para trombonistas), temas como “Fat Mama” u “Oh! Oh! Here He Comes” podrían tranquilamente acompañar una secuencia en la que una chica descubre que no tiene plata en la billetera y propone pagar la pizza de alguna otra forma.

Lo que la música de Garganta profunda engendró es conocido: un subgénero que a esta altura ya ni se puede parodiar, cómico por la repetición exagerada y la copia de la copia de la copia (cada vez con menos presupuesto) que terminó convirtiéndolo en un estereotipo. Con todo, dentro del porno funk hay joyas que vale la pena investigar.

Una de ellas es la banda de sonido de Lialeh, la historia triple X de una chica que -en su afán de triunfar como cantante- no tiene escrúpulos con hacer esto y aquello. Su soundtrack es de lo mejor que se haya grabado para la chanchada en el cine: el autor es Bernard “Pretty” Purdie, un baterista de sesión que tocó con Miles Davis, Nina Simone, Joe Cocker, Aretha Franklin y mil capos más y que asegura haber regrabado pistas de batería de los Beatles en el inicio de su carrera.

Mientras que los compositores para porno eran artistas emergentes que cobraban chirolas y trabajaban como podían en estudios todo mal, a los soundtracks de blaxploitation los firmaban monstruos.

El hecho de que quien tenga un mínimo bagaje cinéfilo escuche una canción de porno funk y muchas veces pueda imaginarse tanto un coito como una persecución policial no es casual: del mismo árbol genealógico salen las bandas de sonido del blaxploitation, el subgénero de gangsters y cafiolos afroamericanos que también surgió a principios de los 70 en los Estados Unidos.

En lo musical no hay grandes diferencias, con una notoria salvedad: mientras que los compositores para porno generalmente eran artistas emergentes que cobraban chirolas y trabajaban como podían en estudios todo mal, a los soundtracks de blaxploitation los firmaban monstruos de la talla de Curtis Mayfield, Roy Ayers, James Brown o Isaac Hayes. Como muestra se ofrece Superfly (1972), la obra maestra en la que Mayfield reencauza la música negra de la década y demuestra -entre muchos otros talentos- tener eso que el Presidente no fue capaz de pronunciar: una garganta poderosa.