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Columnistas

Historia de una sinrazón sobre la Unión Soviética

¿Se podrá mirar la Unión Soviética desde algún lugar en el que no se entregue el alma para poder analizarla? ¿O estaremos anclados en una historia que, sin pertenecernos, hicimos propia a golpes de fantasías, imaginación, deseo y utopía?

La trama de El tren cero es engañosamente pequeña, ancla en detalles y se hace poderosa en sus implicancias, en sus claves de lectura y el cosmos al que remite. Historia de una sinrazón, y de confusiones que se mezclan una con otra hasta dejarnos girando en el vacío de preguntas y dudas de las que no podemos salir.

Un lugar perdido en medio de un espacio indeterminado; en medio de tantos otros que le anteceden y le suceden, ninguno de los cuales es especialmente referenciado, y poca importancia tiene. Un territorio en el que se edifica un puente, una estación, barracas y una comunidad de colonos, a los solos efectos de controlar el paso de un tren, una joya de la arquitectura ferroviaria soviética que pasara a las cero horas de cada día por la estación, cuyo objetivo es constatar el paso de dos locomotoras, cien vagones y dos locomotoras traseras a la misma hora de los mismos días durante todo el tiempo. No hay preguntas y, por supuesto, tampoco hay dudas en quienes están a cargo de esa tarea, ni de sus familiares ni de quienes circulan por la novela en el tiempo y en el espacio. Carga desconocida, destino indeterminado, sin pasado ni futuro, para mayor gloria de un proyecto que hace de la no pregunta, el silencio y el miedo garantías de seguridad. Bocas selladas en vidas selladas que ven pasar, a diario, un tren sellado: dos locomotoras delante, cien vagones, dos locomotoras detrás, día a día a las exactas cero horas.

El tren es la civilización y, también, la barbarie, un territorio unido por una vía eterna y, también, el control que llega, ahora sí, a todos lados y en toda situación.

En otro contexto, en otro planeta literario, podríamos hacer menciones a Esperando a Godot o El desierto de los Tártaros, en ese impasse eterno de las cosas que no llegan y de la espera a que aparezca lo necesario; pero estamos en la URSS de la década del ´30, donde Beria es la espada del amo supremo, y entonces hablamos de otra cosa. El silencio es otro, las preguntas no son ni serán parte del paisaje y ese tren nos transporta a un mundo en el que lo sugerido puede más, mucho más que lo concreto.

Yuri Buida sabe con qué elemento juega: el tren es el personaje de la novela y eso remite inevitablemente a la técnica, a la batalla del único proyecto alternativo que entregó el siglo XX al desarrollo capitalista; el tren es la industria, el desarrollo de las fuerzas productivas, el triunfo del trabajador y el estado sobre el capital, de lo colectivo por sobre el esfuerzo individual.

Pero también el tren es la perfecta imagen del transporte por excelencia de la carne humana a los campos de la muerte: un gulag perdido en las Siberias eternas o los rostros que Lanzmann retrata de las espantosas experiencias de Treblinka o Mathaussen. El tren es la civilización y, también, la barbarie, un territorio unido por una vía eterna y, también, el control que llega, ahora si, a todos lados y en toda situación.

Junto al tren cero de la hora cero, el silencio de todos y, se sabe, ningún país es tan mágico, literariamente hablando, como el de la incertidumbre; y es el lector, cada uno de nosotros, quienes querremos saber los porqués: porqué pasa y no se detiene, qué lleva en sus entrañas, adónde va, de dónde viene, porqué circula. A la incertidumbre le sigue el miedo: tanto el de los personajes que no preguntan como el de los lectores, que comenzamos a preocuparnos con el silencio, la sumisión a pesar de la sinrazón. La espera.

Vidas que no se viven, que se mastican, se entresueñan, se dormitan. Vidas a las que el tiempo les pasa, las atraviesa, disciplinada y ordenadamente. Mecánicamente, como les pasa el tren Cero.

No hay causas, no hay dudas, no hay parábola; no hay respuestas porque no hay preguntas, estas desaparecen cuando se aprende que cada pregunta es peligrosa. Y está el orden: el perfecto orden cero, el orden de la sumisión, el paso del tiempo en silencio, con dudas que de tan atragantadas dejan de serlo. Convivir con la duda no es lo mismo que desaparecerla; y un estado total necesita del orden, sin tribulaciones ni preguntas. Orden sin épica ni causas propias. Orden en el cual vivir es solo el trámite del engranaje que regula el funcionamiento de la maquinaria.

Violencia soterrada que, de tan internalizada, lleva a acciones mecánicas sin más motivo que la orden que se debe respetar para que todo funcione como alguien, que nunca es uno, ha decidido

¿Adónde va? No se sabe. ¿Qué transporta? No se sabe. ¿De dónde viene? No se sabe. ¿Para qué saberlo? Lo saben aquellos a quienes les incumbe. Transporta lo que la patria necesita. Sea lo que sea. La función en la estación es recibir y despedir sin preguntar, que todo vaya como debe ir.

Construida en derredor de un personaje extraño, un tren; repleta de personajes cuyas vidas son mas mecánicas que las máquinas que circulan y compartiendo todos, individuos y artefactos, un patrón común: orden, disciplina, sinrazón y silencio. Territorios de la Rusia inmensa, laboratorio de pioneros de un mundo nuevo, hábitat de ciudadanos, donde todos –el laboratorio, el país, sus constructores y su utopía– terminan muertos y enterrados, tumbas sin nombres, silencio. Un mundo mantenido para que durante décadas, exactamente a medianoche, de ida o de vuelta, sin reducir su velocidad, pase, a como dé lugar, el tren cero: dos locomotoras, cien vagones, dos locomotoras. Todo perfectamente sellado, destino desconocido, procedencia oculta, sin vestigio de vida humana entre tanto hierro. 

Cada día, por la patria, cuidando el gran logro del nuevo mundo que transporta algo que no sabemos y no es menester que debamos saber, indefinidamente.

Porque la estación es la patria, el tren es la patria, los alimentos y la ropa que llegan de algún lado, que alguien hace y otros acercan son la patria. El puente es la patria, las órdenes son la patria y los fusilamientos por no cumplir lo que se debe cumplir también es la patria. La patria confía en los camaradas, y se puede contar con ella. No tenemos pasado sin ella, tampoco futuro. El tren es la patria, cada vez que circula. Y la patria no necesita que nos preguntemos por ella, solo que la respetemos y la cuidemos. No hay preguntas a la patria, es ella la que nos interpela en caso de ser necesario.

Vidas que se van resecando, los huesos, el corazón y, al final, el aire mismo que esas vidas respiran terminará seco. Mientras pasa el tren cero, una y otra vez. Puede que no haya nada al inicio o al final, sin embargo ahí esta la vía y el tren que pasa, existe, funciona, el cero hace su recorrido, los vivos viven hasta que mueren y todo adquiere un sentido

Aunque todos los personajes de esta novela rusa desconozcan cuál es.

El tren cero

Yuri Buida

Automática Ediciones. Madrid.