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Columnistas

A 20 años de la muerte de John Entwistle, el genio en las sombras de los Who

Probablemente Entwistle fuera el mejor músico de los Who, el más completo, el más inquieto y -esto ya es seguro- el menos vistoso.

La profesión de Alycen Rowse era sacarse la ropa y bailar en Las Vegas bajo el seudónimo de Sianna y su hobby desde -seamos buenos- los dieciocho años era interactuar con músicos de esos que aparecen en las grillas de los festivales con las letras más grandes. Así, había conocido de cerca a David Lee Roth, Lars Ulrich y miembros de AC/DC, Kiss y Mötley Crüe, pero no todo le daba lo mismo: en su corazón guardaba un lugar especial para los Who. Más todavía para su bajista, que en la madrugada del 27 de junio de 2002 se preparaba para dar en la Ciudad del Pecado el primer show de la gira que el grupo tenía planeada en Norteamérica para ese año y, para amenizar la espera, la convocó. Alycen y su compañero famoso se durmieron a eso de las seis de la madrugada, después de alguna ingesta no muy fitness. Cuatro horas después, ella abrió los ojos, pero él no: helado y gris, el músico no regalaba salud, precisamente. Hubo un intento de resucitación, pero no tuvo sentido: se había terminado algo más que la noche. Víctima de una afección coronaria agravada por la cocaína y el atado de puchos que se fumaba a diario (los necesitara o no), John Alec Entwistle, uno de los mejores bajistas que jamás hayan existido, moría cuchareando a una stripper en la habitación 658 del Hard Rock Hotel y Casino de Nevada a los 57 años.

Siempre quise ser John Entwistle, pero como ese lugar estaba ocupado, me convertí en una versión inferior.

Lemmy Kilmister, líder de Motörhead.

No es que las tragedias sean más o menos trágicas dependiendo del talento de quien las protagoniza, pero con semejante difunto no hay forma de no lamentar toda esa música que podría haber nacido en estas dos décadas y nunca vio la luz. Aunque mejor todavía es celebrar la que él y sus compañeros sí llegaron a parir, una obra que supo encantar -entre millones de personas de varias generaciones- a otro gran frecuentador de señoritas de buena voluntad: Lemmy Kilmister. “Siempre quise ser John Entwistle, pero como ese lugar estaba ocupado, me convertí en una versión inferior”, dijo el líder de Motörhead. Un piropazo.

Probablemente Entwistle fuera el mejor músico de los Who, el más completo (además del bajo tocaba el piano y el corno francés), el más inquieto y -esto ya es seguro- el menos vistoso. Difícil sobresalir en un grupo en el que el cantante es un caramelo, el que toca la guitarra la estrola por deporte contra un amplificador y el batero es un enfermo mental, pero el Ox -así le decían- se las arregló para ganarse, desde las sombras, el respeto de quienes sabían escuchar con atención. Por algo tiene tantos fans músicos: además de Lemmy, lo reconocieron como santo patrono Geezer Butler de Black Sabbath, Steve Harris de Iron Maiden, Krist Novoselic de Nirvana, Cliff Burton de Metallica, Geddy Lee de Rush, Chris Squire de Yes, Billy Sheehan de un montón de bandas y varios más. Y no sólo bajistas: “Entwistle fue pionero en el uso de acoples en la música y en destrozar su instrumento, con Jimi Hendrix siguiendo su ejemplo después de verlo”, dicen en Ultimate Classic Rock, donde también especifican que mientras los otros bajistas usaban 50 watts de potencia, él usaba 200.

Difícil sobresalir en un grupo en el que el cantante es un caramelo, el que toca la guitarra la estrola por deporte contra un amplificador y el batero es un enfermo mental, pero el Ox se las arregló.

El tema con Entwistle era que sus partes de bajo muchas veces no parecían partes de bajo. “Encuentro el bajo muy aburrido. Lo quise convertir en un instrumento para tocar solo, y la única forma de hacer eso era subir los agudos”, dijo una vez. Así, mucho de lo que él tocaba pasaba desapercibido para el oído no atento porque parecía salir de la guitarra de Townshend y no de su instrumento, y más todavía con su predisposición a hacer mucho más que marcar el ritmo: el Ox metía trinos alternados entre dos cuerdas, hacía glissandos de pie a cabeza del diapasón y rasgaba acordes (como Lemmy en Motörhead, justamente) con los que cumplía la función de una segunda guitarra fantasma. Todo esto, mientras mantenía a raya a Keith Moon, el baterista más pirotécnico y deforme de la historia del rock, pero que -como en la vida- necesitaba un ancla que le hiciera de clic para no desbandarse.

Tenía apenas dos momentos de lucimiento explícito en los shows de los Who. Uno era el solo de “My Generation”, un truco que en 1965 -cuando ni los Beatles se habían sacado el flequillo todavía- parecía una intromisión del jazz en el rock. Otro era “Boris the Spider”, el tema que compuso para A Quick One (1966) entre tragos con su colega Bill Wyman de los Rolling Stones y en el cual se adueñaba del micrófono mientras Roger Daltrey salía a, digamos, hidratarse. A esto se limitaba su estadía bajo los reflectores en los conciertos de su grupo, lo cual no evitó que -contra todo pronóstico- se convirtiera en el primer Who en llenar teatros y arenas como solista: la gira con la que presentó su disco Mad Dog en el 75 por Norteamérica fue un éxito que ni Townshend ni Daltrey (ni hablar de Moon) conocían hasta ese momento.

Encuentro el bajo muy aburrido. Lo quise convertir en un instrumento para tocar solo, y la única forma de hacer eso era subir los agudos.

Entwistle decía que su estilo era producto de la competencia: no habría tocado como tocaba si no hubiera tenido que hacerse notar y a la vez aportar al trabajo de equipo de una banda de virtuosos. En ese sentido cumplía una función similar a la de John Paul Jones en Led Zeppelin: plantar cimientos con gran expertise pero sin estridencias para que el frontman lujurioso, el héroe de la guitarra y el baterista desbordado construyeran cosas lindas. “Se van a venir abajo como un dirigible de plomo”, dicen que le dijo en broma al tour manager Richard Cole cuando éste le contó que estaba trabajando con un grupo que hasta ese punto todavía no tenía nombre y que a partir de su inventiva pasó a llamarse, justamente, Led Zeppelin. Ese, y el de la noche agitada de hace veinte años que supuso no le haría daño, deben ser sus únicos errores registrados.