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Columnistas

Lenguaje inclusivo, canciones patrias y otros malentendidos

La peste de entender mal se propaga como un efecto dominó. Las primeras fichas caen en la infancia, en el ámbito escolar, donde el gobierno porteño acaba de prohibir el uso del lenguaje inclusivo.

Es mejor no entender algo que entenderlo mal. El malentendido es un germen de conflictos difusos y de discusiones estériles, que tienen una forma que no se corresponde con su contenido. ¿Se entiende?

La peste de entender mal se propaga como un efecto dominó. Las primeras fichas caen en la infancia, en el ámbito escolar. En el mismo sitio en el que el gobierno porteño acaba de prohibir el uso del lenguaje inclusivo. La prohibición –formulada así- instala su propio malentendido. Admite dos cosas: que es un lenguaje y que es inclusivo. Plop!

Sin embargo, el problema de entender algo mal en la escuela no se circunscribe solamente a las decisiones en torno al lenguaje inclusivo. La confusión también se da con las canciones patrias de los actos escolares. Y nadie dice nada.

Durante algún tiempo canté a viva voz el himno al prócer sanjuanino diciendo “Padre de Laura, Sarmiento Inmortal”.

A todos nos tocó estudiar la vida y obra de Sarmiento. Y aún hoy, ya adultos, logramos retener algunos datos duros del Sarmiento niño que nunca faltó a la escuela y que tenía una madre que se llamaba Paula Albarracín que se pasaba el día bajo una higuera. A los ojos de un alumno de la primaria esa versión familiar habilita el primer malentendido: creer que Sarmiento también tuvo una hija que se llamaba Laura. Durante algún tiempo canté a viva voz el himno al prócer sanjuanino diciendo “Padre de Laura, Sarmiento Inmortal”. Pasaron algunos años para que aquella Laura malentendida se me revelara como “Aula”.

Las canciones patrias, con su prosa recargada de adjetivos y metáforas, son una trampa para los más chicos. La palabra “azulunala” no figura en ningún diccionario, pero todos en la escuela hemos cantado la bella canción Aurora repitiéndola como loros con la esperanza de que el tiempo nos revelara su significado. La letra no ayuda: “Azul un ala, del color del cielo. Azul un ala, del color del mar”. El malentendido podría haberse evitado reemplazando solo dos palabras, y hubiera quedado así: “Azul un ala, del color del cielo. Azul la otra, del color del mar”. Una intervención propicia para hacer una versión trap.

En el medio de la discusión por el lenguaje inclusivo, la boleta única y otros debates noruegos, seguimos sin entendernos.

Pero el colmo del malentendido de canciones patrias me llegó hace poco a través de un ex-niño que, todavía avergonzado, me dijo que había pasado los primeros años escolares cantando la última estrofa del Himno Nacional de la siguiente manera: “Coronados de gloria vivamos, o juguemos con Moria a morir”. Una versión que ni los jugadores de la selección se atreverían a reproducir antes de disputar un partido.

A nadie se le ocurre adaptar las canciones patrias “para que se entiendan”. El lenguaje trabaja solo, a pura fuerza de creación de sentido. Las prohibiciones a menudo contribuyen a demarcar sus límites y favorecen su propagación. Les pibites lo saben.

En el medio de la discusión por el lenguaje inclusivo, la boleta única y otros debates noruegos, seguimos sin entendernos. O peor aún, entendiéndonos mal. Habrá que hacerse un tiempo para distinguir entre los malentendidos y los malos entendidos. No son lo mismo. Y a veces los segundos provocan los primeros.