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Columnistas

Así operan los lobbistas domésticos

Los lobbistas se mueven cerca del gran poder económico y político para ejercer presión y lograr influencia en la toma de decisiones que los favorecen. Pero muchos de sus procedimientos se replican en escalas menores de la vida diaria, acá nomás.

La palabra “lobby” proviene del inglés (“vestíbulo”). Ese es el espacio para la rosca, no está ni adentro ni afuera. El lobbista siempre está en tránsito, rosqueando para que algo salga o para que entre, pero nunca para que permanezca.

Más allá del lobby de los sectores de poder (productores agrícolas, laboratorios, petroleras…), hay un gran número de lobbistas domésticos que operan todos los días con cosas pequeñas. No miden fuerzas para imponer o para evitar que salga una ley en el Congreso. Nada de eso. Van por causas menores, como lograr adelantarse un turno, evitar pagar algún plus que alguien quiere imponerles, o al revés, intentar cobrárselo a quien quiere evitarlo.

Al contrario que los lobbistas del poder, el lobby doméstico no se ejerce en las sombras sino a plena luz del día.

Los lobbistas domésticos tienen una obsesión por reservar su espacio. Por ejemplo, en la playa despliegan una lona muy grande y disponen de muchos objetos para delimitar su zona de ocupación: heladerita, sombrilla, bolsos, juguetes y hasta ¡gazebos! Todo sirve para delimitar fronteras. Y también fronteras sonoras demarcadas por el alcance de los parlantes bluetooth.

Pero en la Argentina la representación de “ganarse un lugar” se hace con el auto. El lobby sobre cuatro ruedas hace más fuerza y permite a los lobbistas ir por la banquina para sacar una ventajita en medio de un atasco, tocar bocina en los peajes congestionados para que abran las barreras y se pueda pasar sin pagar, y tantos otros deleites de pequeños privilegios obtenidos al paso.

Si el tránsito fuera una cadena alimentaria, el automovilista estaría en lo más alto, seguido por el ciclista, el peatón y el peatón con celular, su versión zombie.

Si el tránsito fuera una cadena alimentaria, el automovilista estaría en lo más alto, seguido por el ciclista, el peatón, y -en lo más bajo de todo- el peatón con celular (que es la versión zombie del clásico peatón bípedo que circula por la vereda). Aunque el automovilista cree que está en lo más alto de la pirámide, no es así. Por encima de él están los camiones, los colectivos y –en lo más alto, con la suma del poder público- las motos, que imponen su fuerza de lobby prescindiendo de toda ley de tránsito.

Al contrario que los lobbistas del poder, el lobby doméstico no se ejerce en las sombras sino a plena luz del día. Poner dos cajones de fruta junto al cordón de la vereda para reservarse un lugar para estacionar es algo que el pequeño lobbista asume con total naturalidad. Los más sofisticados llegan a poner un cono de color flúo sin que el estado de vergüenza se apodere de sus emociones.

Los lobbistas domésticos también prosperan en las colas y hasta suelen dejar estampadas sus firmas en los libros de quejas. Son muy propensos a quejarse y prolongar el pataleo hasta que la balanza se incline en su favor.

¿Dónde están ahora los lobbistas domésticos? Seguramente muy cerca. Y quizás también dentro de cada uno de nosotros. En ese rincón oscuro adonde dicen que habita el enano fascista, el niño que fuimos, los colores de nuestro club, el barrio y tantos otros pequeños mitos improbables. Al final tenemos adentro más cosas que Toti Pasman. También un lobbista doméstico.

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