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Cultura & Espectáculos

El romance tiene quien le escriba

Horacio Quiroga llevaba un pañuelo empapado de perfume Anais Anais como método de conquista. Aunque su lance con Alfonsina Storni fracasó por culpa de Quinquela Martín. Además, el amor que perdió Borges, la joven que enamoró a Lugones y el amor clandestino de Victoria Ocampo.

Daniel Balmaceda presentó en la Feria del Libro Romances argentinos de escritores turbulentos. ¿Qué historias se ocultan entre las letras? ¿A quiénes iban dedicados los versos más románticos de la poesía argentina?

El amor, el engaño y la desilusión eran moneda corriente entre los escritores argentinos del siglo XX: desde Victoria Ocampo hasta Leopoldo Lugones, pasando por Horacio Quiroga. El libro de Balmaceda recorre historias insólitas en las que el común denominador es el amor y explora tanto las que fueron secretos a voces como las menos conocidas, que se guardaron bajo llave.

El amor que se le escapó a Borges

En la primera presentación de un libro en la Sociedad Rural hubo una historia de amor. Era 6 de noviembre de 1926 al mediodía. Ricardo Güiraldes presentaba Don Segundo Sombra en un gran almuerzo en La Rural, con escritores amigos y conocidos. Entre los invitados estaba un joven Jorge Luis Borges de 26 años, que estaba enamorado de su prima lejana Norah Lange y la llevó al evento, como una oportunidad para conquistarla.

“Va a correr sangre entre nosotros”: el triángulo amoroso entre Oliverio Girondo, Borges y Norah Lange
Oliverio Girondo y Norah Lange.

Cuando se van a sentar, Norah sin querer patea una botella de vino que había en el piso. El dueño de la botella era Oliverio Girondo. Cae la botella, se arma un charco de vino y él dice, con su voz de caoba -así lo cuenta después Norah- 'va a correr sangre entre nosotros'. Norah quedó obnubilada con la frase.

En la primera presentación de un libro en la Sociedad Rural hubo una historia de amor.

Durante todo el almuerzo, Borges le vio la espalda a Norah: la chica se la pasó hablando con Girondo que, cuando terminó el almuerzo, se ofreció a llevarla a su casa. Jorge Luis se fue caminando a la casa. Su plan de conquista fracasó completamente.

Quiroga y Quinquela Martín: enfrentados por amor

El uruguayo Horacio Quiroga andaba por la calle con un perfume llamado Anais Anais, porque él decía que era afrodisiaco. Lo llevaba en un pañuelo y cuando se acercaba una señorita, lo sacaba y lo empezaba a revolear para ver si cautivaba a las chicas con el aroma. Ese era su sistema de conquista... que fracasaba, por supuesto.

El eterno amor entre Horacio Quiroga y Alfonsina Storni | Librería  Universitaria
Alfonsina Storni y Horacio Quiroga.

Después de varios fracasos amorosos, conoció a Alfonsina Storni en las reuniones en la casa de Norah Lange, donde solían reunirse los escritores. Se conocieron jugando a la botellita: el beso de ellos fue largo y empezaron a salir. Él la quería convencer de irse a vivir a Misiones pero había un contrincante: Benito Quinquela Martín, que estaba enamorado de Alfonsina. Quiroga le hablaba mal de Quinquela y este, de Quiroga.

Horacio Quiroga conoció a Alfonsina Storni jugando a la botellita: el beso de ellos fue largo.

Alfonsina estaba a punto de irse a Misiones con Quiroga y Quinquela le dijo: "hacé cualquier cosa, pero no te vayas con este loco a Misiones". Ella hizo caso, cada uno tomó su camino y ese romance se perdió.

La joven que enamoró a Lugones

Cuando cumplió 15 años de matrimonio con Juana González, en 1912, Leopoldo Lugones escribió El libro fiel, en el que buscaba expresar que era el único marido fiel de toda Buenos Aires.

Sin embargo, esta realidad cambió en 1926. Lugones era director de la Biblioteca del Maestro y una chica que se llamaba Emilia Santiago Cadelago se cruzó en su vida. 

Emilia Cadelago.

La chica cursaba el Profesorado y le habían pedido un libro llamado Lunario sentimental de Lugones, un libro difícil de conseguir, por lo que fue a pedirlo a la Biblioteca, donde se cruzó con el escritor.

Lugones describió ese primer encuentro en La hora del destino con la estrofa:

Lo que aquella tarde me cambió la vida

dejándola a la otra para siempre atada

fue una joven suave de vestido verde

que con dulce asombro me miró callada 

Empezaron a verse a escondidas: tenían encuentros de una hora, tres o cuatro veces por semana y comenzó ese romance. Él le regalaba flores, peluches y poesías hasta que se enteró Polo Lugones, su hijo, que empezó a escuchar los llamados que se hacían. Polo fue a hablar con los padres de la chica para decirles que iban a tener problemas si seguían con este asunto. Ahí se separaron y él quedó desgarrado de amor.

El amor clandestino de Victoria Ocampo

Victoria Ocampo se casó en 1912 con Luis Mónaco Estrada, más para ser libre que enamorada. Lo que recordaba del día de su casamiento era que el marido tenía olor a naftalina. Se fueron un mes a Villa Ocampo y dos años a Europa.

En el camarote del barco en el que viajaba, Ocampo encontró una carta que su marido le escribía a su padre, don Manuel Ocampo, en la que decía 'usted no se preocupe que las ansias de artista que tiene Victoria las vamos a tener bajo control y no va a hacer nada de eso'. Tras cinco meses paseando por Roma, apareció Julián Martínez, primo de su marido. Ahí Cupido estalló y ella escribió: "Miré esa mirada y esa mirada miraba mi boca, como si mi boca fuesen mis ojos. Mi boca presa de esa mirada se puso a temblar. Duró un siglo, un segundo".

Cuando volvieron a Buenos Aires, ella tenía que irse a una florería y llamarlo de ahí, para que en la casa no se enteraran. Empezaron a organizar encuentros en librerías, donde se miraban desde lejos. Finalmente organizaron una salida: una vuelta en taxi por la Plaza de Mayo. En el coche de alquiler se tocaron la mano y se soltaron rápido: sentían que estaban cometiendo un gran pecado. Así terminó la primera cita.

Victoria Ocampo y Julián Martínez: la historia de un amor bello y frágil  como el cristal | Caras
Victoria Ocampo y Julián Martínez.

Siguieron intentando formas de verse hasta que los padres de él se fueron de vacaciones a Córdoba. Entonces pasaron una tarde en la casa y allí comenzó una logística para ver cómo hacían para encontrarse. Alquilaron una casa cerca de Parque Lezama, lejos del centro. Victoria se subía al auto con su chofer, iba a Gath & Chaves, le decía al chofer que la esperara, salía por otra puerta, tomaba un taxi, se iba a encontrar con Julián, volvía a subir al taxi, entraba a la tienda por la misma puerta, compraba unas cosas y salía por donde la esperaba su chofer. Le dedicaba más tiempo a la logística que a lo que le interesaba. Entonces aprendió a manejar y empezó a salir manejando, para ahorrar tiempos. 

Victoria Ocampo le dedicaba más tiempo a la logística del romance que a lo que le interesaba. Entonces aprendió a manejar.

A los diez años del casamiento, Victoria se separó de Mónaco y el romance empezó a perder fuerza, como si hubieran necesitado del vértigo de la clandestinidad.

Todas estas historias (y unas cuantas más) pueden encontrarse en Romances argentinos de escritores turbulentos,de Daniel Balmaceda (Editorial Sudamericana).

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