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Los padres de la criatura

Básquet Generación Dorada

Un nuevo documental sobre la Generación Dorada hace eje en sus entrenadores, Julio Lamas, Rubén Magnano y Sergio Hernández, que a lo largo de 24 años los llevaron a la cima del básquet mundial. Los tres supieron trabajar en conjunto, nutrirse de sus conocimientos y poner al equipo ante todo en un ejercicio de docencia poco frecuente.

La Generación Dorada alcanzó el éxito por una confluencia de factores. Uno fue la coexistencia de los mejores jugadores puesto por puesto de la historia y que su crecimiento haya ido en paralelo. Un grupo de chicos de clase media con inquietudes, de bajo perfil, contracción al trabajo, vocación por aprender y hambre de triunfos. La crisis de 2001 fue un beneficio involuntario porque forzó la migración de todos ellos a las principales ligas de Europa o, como Pepe Sánchez, a una universidad de EEUU. Pero también cuadró que, en 24 años, solo hubo tres entrenadores que eligieron un estilo blusero de potenciarse mutuamente, escucharse y construir sobre lo anterior.

Julio Lamas, Rubén Magnano y Sergio Hernández fueron los técnicos que formaron, desarrollaron y administraron a la mejor dinastía deportiva masculina de la historia y eso se puede ver en 3DT, el documental de José Glusman, que va a tener su preestreno la semana que vienen en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, BAFICI. “El básquet es el medio, pero habla de la vida. Cuenta que la vida son conflictos y que están los que los usan como excusa para no hacer nada, y los que trabajan para resolverlos. Que, con algunos objetivos claros, una visión en común y conservando lo que está bien se puede construir y, por qué no, llegar a lo más alto” le cuenta el director a Diario Con Vos.

Los tres supieron trabajar en conjunto, nutrirse de sus conocimientos y poner al equipo ante todo en un ejercicio de docencia poco frecuente.

Glusman además es el autor de León, Reflejos de una Pasión, la película sobre León Najnudel, el padre de la Liga Nacional de Básquet, sin cuya visión quizás no hubiese habido medalla de oro y el legado que existe hoy, algo que remarcan todos. Justamente la apoteosis de que la idea estaba ante todo se vio en el Mundial de China de 2019. Argentina, comandada por Hernández, logró un inesperado subcampeonato en un torneo donde se esperaba que la transición no doliera tanto. En los Juegos Olímpicos de 2016 se habían retirado Emanuel Ginóbili y Andrés Nocioni, mientras que Carlos Delfino todavía intentaba curarse de su eterna lesión en el pie derecho. El seleccionado se apoyaba en la vigencia de Luis Scola, en modo Batman, con Facundo Campazzo y Nicolás Laprovíttola como principales escuderos. Dos primeras rondas inmaculadas y victorias potentes frente a Serbia y Francia para llegar a una final donde España fue demasiado desde el primer cuarto. “No perdimos el oro, ganamos la plata”, fue como decidió asumir sabiamente la derrota Oveja.

Ahí se vio la síntesis de lo que el bahiense desliza en la película: “Argentina hace veintipico años que tiene una identidad. Y cuando juega vos sabes que va a haber entrega, temperamento, compromiso. Va a haber buen juego, juego colectivo y planificación”. En China se terminó de derribar el miedo al vacío tras el retiro de los dorados, que la sucesión se hizo en vida y que la idea iba a sobrevivir al margen de los intérpretes. En ese torneo fue cuando Glusman comenzó a cranear este proyecto de casi dos horas donde el eje está puesto en el tridente de entrenadores. En los últimos años han habido distintos documentales como “Camino del Oro”, de Espn, “The Golden Generation, hecho por el Comité Olímpico Internacional, o la serie Jugando con el Alma de Christian Rémoli y Gustavo Dejtiar, pero 3DT es la primera que pone en el centro del relato a los conductores. A sus voces se suman Sánchez, Ginóbili, Nocioni, Scola y Fabricio Oberto, el quinteto ideal del ciclo y para muchos, de la historia del básquet argentino y la de Horacio Muratore, ex presidente de la Confederación Argentina de Básquet (CAB) y quien los contrató por primera vez a cada uno. Todos con recuerdos frescos y no necesariamente condescendientes, aunque sí justos.

Los tres tuvieron la virtud de tener claro qué querían y como transmitirlo, pero a su vez de generar una retroalimentación con los jugadores que fue variando con los años, los éxitos y los procesos. Ellos decodificaron que tenían un plantel con un talento inédito, competitivo y ávido de ganar, aunque también con un grupo de jugadores curiosos, que los podían llegar a cuestionar, pero siempre con argumentos nobles de ambos lados. “El liderazgo es un servicio. El entrenador está al servicio del jugador”, como sostiene Hernández que vivió el The Last Dance nacional en los Juegos de Tokio, última función de Scola.

Lamas asumió en 1997 tras la salida de Guillermo Vecchio y le tocó comenzar a mezclar a los jóvenes con la vieja guardia de Marcelo Milanesio, Héctor Campana y Juan Espil. Su momento de quiebre fue cuando para el Mundial de 1998 se decantó por Ginóbili en lugar de Jorge Racca que era una de los goleadores. Un año después se jugó el Sudamericano de Bahía Blanca donde Argentina fue segunda. Ante deserciones o retiros se dio un ingreso masivo de juveniles como Nocioni y Scola, que se sumaron a Oberto, Sánchez y Manu. Magnano, que había sido asistente de Vecchio, fue la primera opción como reemplazo, pero prefirió quedarse en Atenas, aunque aceptó seguir como segundo de Lamas, un síntoma de madurez que se hizo corriente, ya que Julio fue asistente de Hernández en los Juegos Olímpicos de Beijing y Oveja le devolvió gentilezas en Londres 2012 cuando lo secundó. Lamas lo sintetiza bien en la película cuando remarca que cada entrenador construyó sobre lo que dejaba el otro, que no había un espíritu fundacional en cada inicio. “Estos jugadores sentían placer de hacer más grande al que tenían al lado”, recuerda a su vez Magnano que los padeció cuando los enfrentó con el seleccionado de Brasil.

“Una de las claves del éxito fue que todas las transiciones fueron muy saludables y que cada entrenador encajó bien en su período”, sostiene Pepe Sánchez que debutó en 1998 y jugó con los tres. A lo largo de la película los jugadores dejan en claro el rol de cada uno: Lamas fue el planificador, a pesar de arrancar con 33 años, el que ordenó prácticas, ideas de juego y logística. Magnano fue el mentor, quien tomó el salto de calidad del ciclo anterior y que, a base de convicción y rigor, los llevó a la cima. Hernández fue el motivador, quien administró el éxito y lo potenció. En 2010, tras un quinto puesto en el Mundial de Turquía, volvió Lamas y le tocó hacer el primer recambio que concluyó con Hernández en 2021 en lo que hoy es la base del seleccionado. Entre los tres se obtuvieron dieciséis podios con dos medallas olímpicas, dos subcampeonatos mundiales y dos títulos americanos.

El documental se estrenará oficialmente en septiembre y la semana que viene tendrá tres proyecciones en el BAFICI. El lunes 25 a las 20.20 en el cine Cosmos; el miércoles 27 a las 19.15 en la plaza seca del Centro Cultural San Martín, en cuyo complejo 1 se verá la tercera el viernes 29 a las 18.35.

Ninguno tenía al seleccionado como norte cuando definieron su vocación. Magnano quería ser profesor de básquet, Lamas enseñarles a los chicos de su club y Hernández se topó con la dirección a los 15 años de casualidad. En sus clubes primero, y en la Liga Nacional después, encontraron el germen que llevaron a la mayor. “El seleccionado es un testimonio, como en el atletismo, que se pasa”, así lo resume el cordobés, ya que detrás de un gran equipo siempre hay un gran entrenador. En este caso fueron tres.

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