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Columnistas

Letras incendiarias: Flora Tristán, una escritora "paria" y ambiciosa

Por AAIHMEG

En Francia, era extranjera. En Perú, heredera ilegítima. En las calles de París, prófuga de un marido violento. Entre los trabajadores, mujer. Flora Tristán se decía a sí misma “paria”. Fue una de las primeras en tomar el insulto por identidad, y hacer con él un escudo y una palestra. Había nacido el 6 de abril de 1803 en París, de madre francesa y padre peruano. Un hijo de buen nombre que murió de forma repentina y dejó a su familia desamparada y sin documentos legales que la protegieran. Pocos y penosos años después, Tristán tomó como posible salida el matrimonio con su patrón, pero la opción se tornó un castigo del que intentó evadirse con una hija y un hijo (otro, muy pequeño, había fallecido). Él la persiguió a donde fuera, la amenazó hasta la emboscada casi final, en plena calle y a los tiros. Ella se salvó del intento de asesinato y asumió la búsqueda de justicia en unos tribunales que solo pretendían devolverla al hogar.

Tristán continuó en fuga, escapó del papel de madre abnegada, huyó de las “labores propias de su sexo” y asumió la tarea intelectual como el oficio apropiado. Cruzó el mar para reclamar su herencia; regresó con algo de dinero y sin reconocimiento, pero recobró a su hija y a su hijo. Se empleó como dama de compañía y aprovechó los viajes a Londres para ver lo que las libertades económicas y la pujanza de la industria les hacían a los cuerpos trabajadores. Ante los bellos parques londinenses, eligió pasear por asilos, fábricas y cárceles. Volvió decidida a luchar por la unidad, y anduvo por toda Francia llamando a “obreros y obreras”, unos años antes de que Marx y Engels escribieran el Manifiesto comunista (1848) y agitaran la unión sin distinción de sexo (las consecuencias de esa voluntariosa indistinción llenarían varias columnas). No llegó a leerlo, la gira agravó su enfermedad y terminó por agotarla. Su biografía cierra con la muerte temprana, apenas cumplidos los cuarenta años. Y, como si faltaran peripecias para el relato novelado, tuvo un nieto que sería célebre: el pintor Paul Gauguin.

Se empleó como dama de compañía y aprovechó los viajes a Londres para ver lo que las libertades económicas y la pujanza de la industria les hacían a los cuerpos trabajadores.

Sin dudas, una biografía tentadora para película de plataforma; aventuras, violencia, algo de revolución, conflictos multiculturales y un viaje interoceánico con tensión erótica. En merchandising seudofeminista podría alcanzar a la mismísima Frida Kahlo, pero nos perderíamos, como con tantas otras, ni más ni menos que su escritura. Su notable don de transmutar la vivencia personal en voz política y urgente. Porque de su fuga obligada hizo un folleto que reclamaba protección para todas: Necesidad de acoger bien a las mujeres extranjeras (1835), y de su paso por el matrimonio, una proclama para restaurar un derecho cercenado: Petición para el restablecimiento del divorcio (1837). De su búsqueda de reconocimiento, forjó una queja que tiene poco de victimismo y mucho de reivindicación: Peregrinaciones de una paria (1837); y de su viaje al corazón del capitalismo, dos libros en los que ya asomaba la interseccionalidad del género y la clase: Unión Obrera (1843) y El tour de Francia (1844).

En merchandising seudofeminista podría alcanzar a la mismísima Frida Kahlo.

En este abril que nos recuerda los 219 años de su nacimiento, la quisiéramos más leída y menos presa de la mitificación que personaliza y aísla. Esa forma de consagración tranquiliza a quienes creen que la lucha antipatriarcal empezó con este milenio y que, a lo sumo, hubo alguna que otra pionera excepcional. Contra ese gesto sabremos reponer a las autoras en sus respectivos escenarios políticos; en este caso y tras la gesta revolucionaria, Francia rebosaba de propuestas sociales y políticas, no faltaban los proyectos utópicos y, tanto hombres como mujeres, discutían la supuesta inferioridad femenina. Allí, lejos de ser una pluma suelta e iluminada, Tristán dialogaba y disputaba con otras tantas que clamaban en periódicos y tribunas. Esa fuerza colectiva atravesaba los tiempos porque ellas fueron, ante todo, feroces lectoras. Leyeron todo lo que se escribía sobre su incapacidad de asumir un trabajo intelectual o político, y todo lo que demostraba exactamente lo contrario. Letras incendiarias.

Uno de los mejores descubrimientos de los Paseos en Londres (1840) fue un ejemplar de la Defensa de los derechos de la mujer, escrito por Mary Wollstonecraft en 1792, además de otro tomo tremendo: La demanda de la mitad de la raza humana, las mujeres, contra la pretensión de la otra mitad, los hombres, de mantenerlas en la esclavitud política y, en consecuencia, civil y doméstica publicado por la socialista Anne Wheeler y su compañero William Thompson en 1825. Ya solo los títulos confirmaban lo que la experiencia le había enseñado, pero Tristán hizo suyas esas argumentaciones y engarzó algunas en sus propios textos, para que llegaran todavía más lejos, incluso hasta hoy: “Los tiranos de todas las denominaciones, desde los reyes hasta los padres de familia actúan y razonan igual; se apresuran a destruir la razón, a usurpar sus derechos, y afirman que ahogan la voz de todos para beneficio general”.

La mitificación tranquiliza a quienes creen que la lucha antipatriarcal empezó con este milenio y que, a lo sumo, hubo alguna que otra pionera excepcional.

Redescubrir a nuestras “ancestras” como autoras de su tiempo conlleva un peligro, uno digno de nuestra capacidad de evitar la solemnidad y de contar con el humor: no serán siempre lo que esperamos. Tristán tiene largos pasajes en defensa de la “virtud” femenina, se escandaliza ante el “vicio”, desconfía de las libertades sexuales, es condescendiente con las “pobres”. Puede ser racista, a tono con su ascendencia; fervorosa creyente en la trascendencia espiritual femenina y, muchas veces, encomienda sus proyectos a un Dios que la conmueve. ¿Preferimos perder esta apasionante complejidad, con tal de que nos quepa en una remera o en cierto estante? Aunque si así lo hiciéramos, vendrían sus cartas a desmentirnos. Encontraríamos a una remitente con desbordes suficientes para escapar de cualquier corset y con la tinta todavía muy fresca: “Soy tan ambiciosa, tan exigente, tan golosa o tan sibarita a la vez, que todo aquello que me ofrecen no me satisface en lo más mínimo.”

*  Texto de Laura Fernández Cordero, CEDINCI/CONICET/Asociación Argentina para la Investigación en Historia de las Mujeres y Estudios de Género.

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