Sábado, 20 de Abril de 2024 Nubes 17.4 °C nubes
 
Lunes, 11 de Octubre de 2021 Nubes 17.4 °C nubes
 
Dólar BNA: $914
Dólar Blue: $1015
Cultura & Espectáculos

Así comienza El tercer paraíso, la novela de Cristian Alarcón que ganó el Premio Alfaguara

Alarcón

Antes de que se publique a fines de marzo, publicaron un adelanto de la novela El tercer Paraíso por la que el escritor y periodista Cristian Alarcón ganó el  XXV Premio Alfaguara de Novela.

El tercer paraíso, recientemente distinguida con el XXV Premio Alfaguara de Novela, es una novela en la que su protagonista se repliega durante el confinamiento en las afueras de Buenos Aires a cultivar a la vez su jardín y su memoria, la de una familia arrancada de Chile apenas comenzada la la dictadura de Pinochet.

Para escribirla, el escritor y fundador de Anfibia contó que tuvo una experiencia enteogénica con hongos, que le indicaron cómo terminar la novela. “El viaje de hongos tiene etapas. No son siempre las mismas. Primero una calma. Luego, un momento hilarante en que te reís de cómo juegan los gatos. Y luego un flash con la naturaleza. Eso era lo que más me interesaba”, manifestó.

Te puede interesar: La emoción de Cristian Alarcón por el Premio Alfaguara: “Me enteré desnudo en la cama”

Si bien la novela estará disponible en las librerías en marzo, la editorial Penguin libros dio a conocer un adelanto y acá lo compartimos:

Primer Jardín

1

Al final del camino de piedras, justo antes del precipicio, el jardín desborda como una ola inesperada. Detrás de su diseño caprichoso se impone un cielo azul brotado de nubes blancas. Asusta lo inquietante del barranco bajo el que parece estar el mundo entero. Los rosales se encadenan sin pausa. Hacia los bordes crecen los pensamientos. Camino en el laberinto como si se tratara de una pradera. Los amancay y las espuelas de caballero se mecen con el viento leve junto a las margaritas. Los lirios acosan a los narcisos amarillos. Las dalias bordó y carmín estallan en pleno ardor. A pesar de las nubes la luz se cuela en todos los rincones, horizontal y penetrante, dando en estigmas, pétalos y filamentos; pegando en mi cara, en mis brazos, en mi cuello, en mis orejas, en mis manos. A medida que me toca siento cómo la piel se hincha y adquiere el rojo de una insolación.

Busco la sombra de los cipreses alineados junto a las tumbas; altísimos y tupidos custodian las cruces y las flores. Bajo ellos han dispuesto bancos hechos con viejos durmientes para los deudos transidos de dolor. Me reconozco entre ellos, me recuerdo en esas romerías de centenares trepando el sinuoso camino que conduce hasta aquí. Cuando murió mi abuela Alba llevaba crisantemos en las manos. Cuando murió mi abuelo Elías arrojé un ramo de junquillos violetas al foso oscuro recién cavado en el que aparecía el ataúd de ella sepultada veinte años antes. A los entierros de mis abuelos paternos, Bautista y Helga, no llegué a tiempo.

Desde el promontorio, el pueblo de mis ancestros. Mirar la belleza cordillerana de Daglipulli es difícil: se lo divisa haciendo el esfuerzo de inclinar el cuerpo a unos noventa grados justo en la franja de ligustrinas dispuestas como cerco para suicidas. El que quiera saltar al vacío debe volar sobre ellas con el arrojo de un clavadista.

Aquí nací. Alrededor de la pila de esa plaza aprendí a caminar. En aquella pampa admiré a los trapecistas del circo Las Águilas Humanas. En la aldea campesina que se ve donde el dibujo urbano termina supe lo que era cultivar, regar, podar y cosechar flores para armar ramos que adornen el centro de una mesa. Aquí estoy para comprender un misterio que ignoro. Aquí admiro este jardín. Aquí extraño mi propio paraíso.

2

Para escribir me encierro en un container al sur de la ciudad de Buenos Aires. Esta caja de metal ha viajado en barco por el mundo hasta encallar un día y convertirse en una cabaña rara que ahora me refugia del frío invernal sobre la pampa bonaerense. La casa y yo finalmente quietos. Son dos mil metros cuadrados de verde entre árboles y pastizales.

En pandemia todo el mundo debe estar encerrado.

Mi madre y mi padre viven en el Alto Valle, unos mil trescientos kilómetros al sur, al comienzo de la Patagonia. Habitan un pequeño departamento dentro de un barrio dañado por el desgaste, con edificios de tres pisos rodeados de una escuela modelo, un gimnasio, un playón de juegos, una guardería. El Alto Valle es un vergel artificial creado a la orilla del río Negro por italianos y españoles. La ciudad donde yo también viví hasta que fui a estudiar a una universidad en Buenos Aires es una cuadrícula árida rodeada de manzanos, perales, durazneros y parrales. Mis padres ya están jubilados. Tuvieron tres hijos. Soy el mayor. El único nieto que mis padres tienen es mi hijo. Hasta que adopté al niño, entre los hermanos solíamos hacer un chiste sobre su falta de herencia. Los llamábamos Los abuelos de la nada.

Mientras escribo mi hijo permanece en nuestro departamento del centro de Buenos Aires. Tenía un año y medio cuando corrió hacia mí por un largo pasillo y se lanzó a mis brazos agitando sus rulos ensortijados. Cuando lo mimaba respondía con golpecitos de puño. Entonces yo me dedicaba a investigar tramas ilegales. Mientras jugábamos o mirábamos dibujitos los otros habitantes del búnker hacían lo suyo. Cada vez que iba a hacer mi trabajo llevaba un huevo de chocolate y pasábamos las tardes armando esos juguetes diminutos que vienen como sorpresas en el interior de la golosina. A los cuatro se convirtió en mi ahijado. Es un joven luminoso. Quiere a sus abuelos. Los visita.

El día que fuimos juntos por primera vez al Alto Valle mi madre esperaba ansiosa al niño del que le había hablado. Llegamos en auto. Él bajó con su mochila del hombre araña al hombro. Caminó serio y erguido hacia mis padres mirándolos con sus ojos de uva, el mentón altivo, los pómulos encendidos. Le dio un abrazo ceremonioso a cada uno. Mi madre le dijo que teniendo en cuenta que yo era su padrino y él mi ahijado ella quería saber cómo le diría. El niño la observó; a ella, a mi padre, a mí. Y dijo: ¿Abu?

Desde mucho antes de que yo asumiera que era su padre, mis padres fueron sus abuelos.

A mis padres les dice abuelos. A mí me dice chancho.

3

Protegida por sus botas de goma, un vestido estampado y un delantal azul Alba domina la huerta con un azadón en las manos. Apenas puede abandona la casa, la cocina, la limpieza y se entrega a lo sembrado. Sus preferidas son las orejas de oso, como le dicen en el sur de Chile a las prímulas. Alba también adora las dalias por sus colores infinitos. Las prímulas son pequeñas. A las otras las usa para armar cercos. Alba se oculta así del mundo que le ha tocado en suerte; allí se dedica con absoluta concentración a lo importante. En su edén es invencible.

4

Desde que la compré con la idea de construir una casa de fin de semana pasaron años sin que tocara esta tierra. Hace una década un grupo de escritores y artistas decidieron hacerse de casi una hectárea, dividida en seis, con un espacio común en el fondo donde instalaron una pileta. Cada uno hizo remolcar un contenedor con una grúa. En la finca se instalaron cinco casas similares. Siempre tuve en mente construir en mi porción dos estructuras en forma de ele generando en el primer piso el refugio para escribir alejado del estampido y las urgencias.

A los cuarenta cedí ante el vértigo del trabajo y los viajes. Puse todas mis energías en reuniones, acuerdos, investigaciones, contratos, maestrías, conferencias, clases, talleres, congresos, ferias, festivales, proyectos; un sinfín encadenado de acontecimientos evitables que se me antojaban ineludibles, parte de lo que suelen decirnos se cosecha en la adultez antes de declinar hacia la tranquilidad ideal de la madurez. Intenté terminar dos libros imposibles. Me perdí en otras ciudades y en la producción maníaca. Crie un hijo. No me refugié en la naturaleza de mi porción de campo. Preferí ampararme en los viajes y en la noche. Me aislé rodeado de miles de otros. Supe lo que era estar solo en la multitud tan cerca de todos esos desconocidos.

5

Elías, el pelo gris peinado a la gomina, leía sentado en un sillón junto a la estufa a leña, justo debajo de una biblioteca desbordante. Le gustaban las novelas de cowboys y de misterio, de terror y policiales. También tenía una colección de clásicos que venían con una revista. Cursó hasta sexto básico en Daglipulli con buenas calificaciones. Le dieron una beca para ir a estudiar a la ciudad pero debía comprarse zapatos y un traje. No pudo seguir. Tenía muy buena ortografía. Redactó cientos de cartas a máquina como sindicalista y como líder de su aldea. De viejo ya no escribía, solo leía sin parar y veía noticieros y algunas telenovelas. Hace muchos años le regaló a su nieto mayor un diario con una llavecita que protegía secretos y cuando el niño tenía diez le dedicó su primera enciclopedia.

6

Los veranos se vuelven cada vez más calurosos. Algunos fines de semana el campo de los escritores es buen plan. A mi hijo le gusta invitar a sus amigos. A mí me gusta invitar a mis novios. El terreno que me corresponde es el más cercano a la piscina común. Es solo llevar una manta, una toalla, una silla armable y una heladera con bebidas frías. Pasar la tarde. Apreciamos el césped silvestre sobre el que nos recostamos, en el que los chicos juegan a la pelota, en el que a veces bailamos. Una vecina me regala álamos pequeños que planta Antonio, el jardinero, en una esquina delimitando mi solar. Nos encanta retirarnos al caer el sol, aún húmedos, hacia la ciudad que espera con su desorden excitado.

7

La expedición diaria a la piscina comienza a ser demasiado poco. Vamos más temprano, comemos en una parrilla de la ruta 2 y luego chapoteamos y reposamos en la hierba. Llevamos comida de pícnic, montamos pequeñas fiestas. El atardecer se nos revela como la prueba de que deberíamos poder anochecer aquí: el sol se pone justo en el fondo del lugar que ocuparía mi casa si la tuviera. Comienzo a fantasear con la idea de llevar hasta allí mi propio contenedor. Pasado el verano pido presupuestos. Planto las primeras ligustrinas para separarme de la vista del vecino del otro lado. Aprendo que sembrar en otoño rinde en primavera.

8

Elías era lustrabotas en la plaza de Daglipulli. Por allí solía cruzar el empresario local, un rubio de porte y chaleco que Elías tenía de cliente. Ya Elías, te voy a hacer una apuesta. Te voy a dar este billete si eres capaz de traerme de vuelta ese peo. Y prrrrrrrr, un peo sonó como una provocación del poderoso que hizo respingar la nariz a las señoras y reír a los parroquianos. ¡Anda a buscarlo po Elías! El pequeño Elías salió con su sombrero de paño en la mano pegando unos giros locos por el pasto, dio la vuelta a la fuente, subió a su borde, bajó de un salto y agotado volvió a los pies del alemán. Aquí lo encontré señor, le dijo. Levantó el pie y prrrrrrrr, le devolvió su peo. El alemán rio con unas carcajadas de niño, le dio su primer billete grande y lo felicitó. Se verían la caras durante los próximos años y un día aquella escena le salvaría la vida a Elías.

9

Amanezco en la ciudad con un dolor de cabeza que conozco, una punzada que llega solo cuando el estrés me asalta solapado en mi manía. Es la punta de un compás que se clava en el costado de mi oído produciendo una molestia intermitente. Uno, dos, tres y se introduce solo medio centímetro en la sien. Uno, dos, tres y así sin parar durante un día, dos, tres. He llegado a sufrirlo semanas seguidas hasta que un médico y mi psicoanalista me obligaron a irme de vacaciones a una playa del Caribe sin hablar ni pensar ni escribir sobre dramas ajenos. De pronto en mi consciencia súbita de la presión bajo la que vivo, del poco tiempo que me queda para todo, ante la necesidad de parar recuerdo que dispongo de un lugar con un atardecer radiante. Puedo tomar posesión de él cuando lo decida.

10

En su jardín Alba plantaba los pensamientos en los márgenes bajos, a la sombra de los rosales amarillos. Al final sembraba una mancha de margaritas blancas. Para Alba las reinas de todo aquello eran las dalias. Un cerco de dalias rojas, bordó y fucsias deslumbraba a los aldeanos que cada sábado y domingo antes de partir al cementerio le compraban sus ramos. Había que ver a Alba empequeñecida cuando con la tijera iba mata por mata eligiendo las más copiosas para los ramos funerarios.

11

La tarde de la migraña manejo cincuenta minutos por la autopista hasta esto que llamo el campo. Como si fuera una estancia, como si hubiera allí al menos animales de granja, plantaciones de algo. En el camino escucho a Violeta Parra, lo único que puedo cuando quiero vaciar mi cabeza. Cuando me aumenten las penas / Las flores de mi jardín / Han de ser mis enfermeras / Y si acaso yo me ausento / Antes que tú te arrepientas / Heredarás estas flores / Ven a curarte con ellas. La escuchaba mi abuela Alba. La escuchaba mi bisabuela Arcelia. Mañana vamos al campo, anunciaba mi madre. Y hacíamos más o menos la misma distancia por un camino de tierra hasta ese valle al que llamaban Vista Hermosa.

12

Alba tiene poco más de cincuenta años; sus hijos han crecido, ya no hay niños en la casa. Solo su nieto, que la sigue de cerca allá donde ella anda. El niño la observa desde la ventana de la cocina, su silueta en azules recortada sobre el huerto. El niño repasa la geografía de esos dominios: las frutillas con las que su abuela hará la borgoña y el dulce, las cebollas y las papas con las que alimentará a los hijos, las vainas de porotos que hervirá cortadas en juliana dentro de las botellas de pisco vacías de alcohol para acumularlas en la bodega, las arvejas que caen como joyas de sus plantas sostenidas por cañas de quila, el cilantro al que debe recoger con sus manos delicadas y luego deshojar, lavar y secar para preparar el pebre, al lado la robustez exagerada de las lechugas y las acelgas, los ajos subterráneos a los que Alba saca de una vez y cuelga arriba de la estufa para que les den gusto a todos los platos y ahuyenten las maldiciones.

13

Camino por el terreno buscando el rincón ideal para mi propio container. Aprecio un incipiente bosque de frutales. Supongo el ciruelo, el durazno, el membrillo crecidos, dando sombra y comida a los pies de un deck de madera, frenando el resplandor de la pampa sin filtros. Hago cálculos mentales sobre la posición del sol a lo largo de una jornada. En qué momento llegará a mis ventanales, cuándo deberé resguardarme en la sombra, cómo pegará en mi piscina si logro construirme una propia. Abro mi reposera en ese rincón elegido, el ángulo izquierdo, con las espaldas al vecino de al lado y el frente hacia la arboleda. Un leve cansancio me toma por completo. Acomodo la silla lo más horizontal que puedo. Prendo un porro, le doy dos pitadas y como si me desconectaran del mundo entro en el letargo del crepúsculo. Apenas cierro los ojos me quedo dormido.

14

En poco tiempo me convierto en un experto en contenedores: múltiples posibilidades de encimarlos, dividirlos, revestirlos. Cuando estaba a punto de contratar una empresa que me ofrecía terminarlo en dos meses recibí el llamado de mi vecino, el dueño del solar contiguo. Su oferta era más de lo que esperaba: su tierra, duplicando la mía, más su cabaña de hierro, que nunca había sido habitada, por el mismo precio y en cuotas. De pronto, sin que yo lo buscara, era el propietario de un pedazo de naturaleza. El día que firmamos la escritura celebré la ampliación de mis límites: fuimos con mi hijo y sus amigos, hicimos un asado en una parrilla que improvisamos en el piso. Plantamos un jazmín para que se enredara en el alambrado. Sería el comienzo de mi pasión botánica.

15

Alba nació en una parcela de Vista Hermosa a unos quince kilómetros del pueblo. Aprendió de Arcelia, su madre, a cuidar la huerta del campo donde las flores conviven con las hortalizas al antojo campesino. Cuando Alba era niña el puma bajó de la montaña y llegó a la casa. Ese día Alba limpiaba habas sentada en el piso, en la parte superior de la casa dormían las niñas. Dos de sus hermanas jugaban silenciosas en el patio. Alba lo vio desde lo alto porque proyectaba una sombra exagerada en la tierra. Al principio creyó que un ternero había salido del corral vecino. Les hizo señas desesperadas, que entraran y subieran las escaleras. Si quería, el puma derribaría la puerta del rancho. Si quería, el animal se las comería a todas.

16

Camino sorteando los charcos que dejó la tormenta. A setenta kilómetros de la ciudad el frío aumenta como si hubiéramos viajado lejos. La puerta suena a astillero. Abierto el contenedor deja pasar la luz, todo ventanales en su extremo. Hago la cama con dificultad, es de dos plazas pero tiene dos colchones de una, y juntos son más grandes que su tamaño. Atempero con el aire acondicionado en calor y una estufa eléctrica. Me dedico a limpiar los dos ambientes y el baño como si preparara una parroquia antes de las fiestas patronales. Han dejado un ínfimo lavaplatos, una mesa con dos sillas, un espejo. La humedad entra en forma de hongos oscuros y vuelve mi guarida una maqueta pálida. Paso una sola noche en el lugar. Comienzo a tramar su reforma. Lo convertiré en una cabaña acogedora antes de que llegue el verano.

 

Está pasando