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Columnistas

Cada cual en su playa

Por Patricio Barton

Es difícil instalar la idea de una Tierra Prometida con los escuetos horizontes de un presupuesto municipal. Pero tras ese propósito van en fila las playas argentinas cada verano ofreciendo distintas modalidades.

Hace algunos años surgió el concepto de “Playa Bosque”, una versión mejorada de la ciudad, como una fe de erratas urbanística. Y así es como Villa Gesell logró su Mar de las Pampas, Mar del Tuyú su Costa del Este, La Lucila del Mar su Aguas Verdes, San Bernardo su Costa Azul, Mar de Ajó su Nueva Atlantis, y Necochea su Costa Bonita. Versiones Premium de una misma oferta marítima. Con pinos es más caro.

Estas nuevas urbes que tienen más nombre de country que de ciudad, se fundaron con sentido inmobiliario y crecen haciéndole sombra a las playas que nunca son nombradas en los medios: Las Toninas, Santa Teresita, Mar Chiquita, Mar de Cobo, Orense, Quequén, Reta, Oriente, Pehuen Có, El Cóndor o Playa Unión sobreviven haciéndose milanesa con arenas de poco glamour.

La tendencia gasolera de los veraneantes hace que sus estadías sean cada vez más breves. Y para eso, nada como la brevedad de Las Gaviotas, una franja de Gaza entre Mar de las Pampas y Mar Azul que se extiende por apenas seis cuadras. Hay turistas que atraviesan la ciudad de punta a punta sin percibir que lo han hecho.
Pero para estar en onda hay que ir una Playa Boliche, que de día es playa y de noche boliche. Logrando ser disfuncional las 24 horas. Allí hay más muebles que en el living de tu casa: sofá, puff, mesas ratonas y otros engendros de las mueblerías se derriten sobre la arena caliente que habrá que pisar a lo largo de 200 metros si uno quiere llegar al mar. Más cerca está la pileta, que puesta a competir con el Océano Atlántico hace el ridículo de la competencia desleal. Sin embargo, siempre hay gente en la piscina dando uso al único beneficio visible: lavarse los pies llenos de arena.

La tendencia gasolera de los veraneantes hace que sus estadías sean cada vez más breves. Y para eso, nada como la brevedad de Las Gaviotas, una franja de Gaza entre Mar de las Pampas y Mar Azul.

La tercera modalidad ofrecida por varios municipios costeros es la de la Playa Estacionamiento. No es una playa para humanos. Pero si alguien tiene más autoestima por los perros, los cuatriciclos y las 4x4 que por los sujetos de nuestra especie, es la playa ideal para las vacaciones. Ya hay varias versiones de esta modalidad en distintos puntos de la costa bonaerense, pero las más transitadas por los rodados de doble tracción son las del norte de Pinamar como los balnearios del complejo La Frontera. Allí las camionetas bajan a la playa salpicando perros hacia los lados. Indicio que confirma la sospecha de que este tipo de rodado viene de fábrica con perro incluido.
Una vez instalada en la arena, la 4x4 se despliega como si también estuviera de vacaciones. Con todas las puertas abiertas se airea, y hace circular a todo volumen –quizás tan sólo para competir con el ladrido de los perros- música by autotune, con los graves ecualizados al límite de provocar un sismo. El sonido del mar habrá que escucharlo por Spotify.

Cada cual veranea donde quiere y donde puede, pero tratándose de playas todos sueñan con la clásica playa desierta de las películas. Son tantos los que comparten el mismo sueño que, cuando lo cumplen, la playa ya está llena de gente. En algún momento de la historia remota la Bristol de Mar del Plata también fue una playa desierta. Tarde o temprano los mejores lugares son descubiertos por los turistas. Ojalá que con el saldo del Previaje les alcance para traer alfajores.