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Columnistas

La teoría del mono dopado (o cómo nos convertimos en humanos modernos)

Por Fermín Cañete Alberdi

En los últimos tres millones de años, nuestro cerebro creció vertiginosamente hasta triplicar su peso y nos convertimos en una especie demasiado singular. Este, es el avance más rápido registrado en un órgano complejo en la historia de la vida. El filósofo y etnobotánico Terence McKenna propone en su libro El Manjar de los Dioses que semejante evolución tiene que haber sido impulsada por un catalizador: los hongos alucinógenos.

McKenna plantea que la incorporación a la dieta de la psilocibina, el principio activo del hongo Psilocybe cubensis (popularmente conocido en Argentina como “Cucumelo”) desencadenó el surgimiento de la autoconciencia, el lenguaje y la religión en nuestros primeros antepasados.  Estas habilidades se convirtieron en ventajas adaptativas que favorecieron el vertiginoso desarrollo de nuestro cerebro.

El filósofo y etnobotánico Terence McKenna propone que semejante evolución tiene que haber sido impulsada por un catalizador: los hongos alucinógenos.

Desde chico, después de leer la obra de Aldous Huxley (Las Puertas de la Percepción, Cielo e Infierno), McKenna se interesó por la psicología y la psicodelia. Con menos de veinte años se matriculó en la universidad de California en Berkeley para estudiar una licenciatura que incluía contenidos de ecología, sustentabilidad y chamanismo, que terminaría luego de sus viajes experimentales.

Su primera aproximación al estudio del chamanismo fue en Asia con la tradición Bön, una religión tibetana animista (que no considera que el humano sea diferente a los demás seres vivos), previa al budismo. Esta primera aventura no logró satisfacer sus necesidades, ya que encontró a estas religiones demasiado influenciadas por las modernas.

Terence Mckenna
Terence Mckenna

El segundo viaje, que hizo junto a su hermano Dennis, fue a la cuenca del río Putumayo en el alto Amazonas colombiano. Allí sí pudo empaparse del chamanismo arcaico que tanto anhelaba estudiar. La intención de los hermanos era estudiar las prácticas de sanación que utilizaran plantas con dimetiltriptamina (DMT) y harmina, los principios activos de la Ayahuasca. En lugar de eso encontraron que los nativos consumían gran cantidad de hongos de la especie Psilocybe cubensis que crecen en la zona.

De regreso, una vez completa la licenciatura y con las experiencias recolectadas, Terence publicó junto a su hermano Dennis un libro llamado El Paisaje Invisible y una guía práctica para el cultivo del hongo Psilocybe cubensis.  A lo largo de su carrera, Terence sumaría a estos títulos otros como Alucinaciones Reales, La Nueva Conciencia Psicodélica y El Manjar de los Dioses, en el que expone la teoría que lo hizo famoso. McKenna murió en el año 2000, producto de un tumor cerebral.

El Manjar de los Dioses

El libro comienza presentando los rastros antropológicos de cuando los primeros homínidos, al abandonar los bosques y extenderse a las praderas africanas, incorporaron a su dieta los hongos psilicibios que se forman en los excrementos del ganado con el que entraron en contacto. Entre ellos, fósiles, escrituras y arte rupestre que reflejan los rituales con hongos psicodélicos en las civilizaciones antiguas y los residuos de ellas en las religiones actuales, como por ejemplo el culto a las vacas (hinduismo, jainismo, zoroastrosismo).

Después, continúa con su hipótesis. En bajas dosis la psilocibina promueve la agudeza visual, la autoconciencia y la sinestesia (poder de abstracción para desarrollar el lenguaje) y en dosis altas produce alucinaciones, éxtasis y deseo sexual. Estas habilidades debieron proveer una ventaja significativa a los incipientes homínidos a la hora de cazar, defenderse y reproducirse, además de promover los primeros cultos basados en rituales o celebraciones y la organización social.

Aunque este desarrollo primitivo de la cultura tiene que haber favorecido la proliferación de los homínidos, sabemos que estas ventajas adquiridas no se transmiten a la descendencia. Si bien deben haber ayudado a la generación de las civilizaciones modernas de Homo Sapiens, para el vertiginoso crecimiento de nuestro cerebro tendría que haber una explicación biológica.

El argumento de McKenna es que la incorporación de psilocibina a la dieta de nuestros antecesores cambió los parámetros de la selección natural. La experimentación con muchas clases de comida y por lo tanto, de compuestos químicos, produjo un incremento general de mutaciones al azar. Al mismo tiempo, el aumento de la agudeza visual, uso del lenguaje y la actividad ritual, se convirtieron en comportamientos que representaban una ventaja adaptativa.

Aquellas mutaciones, que se tradujeron en una mayor capacidad para adaptarse a estos comportamientos, reforzaron las habilidades conferidas por los hongos psicodélicos, lo que les significó una mayor probabilidad de sobrevivir y reproducirse. De ese modo la población evolucionó genética y culturalmente.

El consumo de psilocibina debió despertar habilidades neurológicas nuevas en los primeros homínidos, como el lenguaje. Esto permitió que conozcan otra forma de comunicación que no implica comportamientos simbólicos o violencia física.

Incluso sugiere que la amplia necesidad del uso de lentes correctivas para la visión entre los humanos modernos es un legado del dilatado período de mejora artificial que proporcionó la psilocibina.

La evolución es un fenómeno en el que inciden muchísimas variables. Independientemente del peso que hayan tenido los hongos en este proceso, el objetivo de McKenna fue cambiar la concepción de nuestra sociedad sobre el uso de sustancias psicodélicas que, sin ninguna duda, formaron parte de nuestra historia.

Los nuevos adeptos

En el momento en que se publicó El Manjar de los Dioses (1994), esta propuesta no tuvo gran repercusión entre la comunidad científica. Sin embargo, en la conferencia Psychedelic Science de 2017, el micólogo Paul Stamets citó la teoría y la trajo nuevamente a escena.

La psilocibina y sus metabolitos se unen a los mismos receptores del cerebro que uno de nuestros neurotransmisores, la serotonina (modulador del ánimo) y pertenecen a la misma familia de compuestos, las triptaminas. Stamets sostiene que los hongos utilizan esta sustancia para comunicarse entre ellos a través del micelio que funciona como su sistema nervioso.

Psylocibe Cubensis, popularmente conocido como Cucumelo.

El consumo de psilocibina debió despertar habilidades neurológicas nuevas en los primeros homínidos, como el lenguaje. Esto permitió que conozcan otra forma de comunicación que no implica comportamientos simbólicos o violencia física. Esta es la característica que se transformó en la ventaja adaptativa que catalizó el desarrollo del humano de la actualidad.

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La expresión “eslabón perdido” no se utiliza en la jerga científica, porque el proceso evolutivo, más que una cadena es un árbol infinitamente ramificado. Llámese como se llame, el salto distintivo que nos convirtió en una especie tan particular para algunos fue una intervención divina y para otros, los hongos psicodélicos. La realidad es que no tenemos una explicación demostrada para este asunto.

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