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Columnistas

La chance de Máximo para no ser más “hijo de”

Sietecase

Ser “hijo de” debe tener ventajas y desventajas si te querés dedicar a la misma actividad que tus padres.

Se me ocurre que te debe permitir conocer desde adentro un montón de trucos de la profesión de que se trate, al tiempo que te puede abrir puertas más fácil que a otros, por contactos, por favores que les tengan que pagar a los viejos o simplemente por la fuerza del apellido.

Pero también, es cierto, te puede cubrir de prejuicios sobre los acomodos de los que pudiste gozar, es probable que te surquen miradas de reojo que murmuren “este está ahí porque lo pusieron” y además siempre vas a quedar a la sombra de la comparación con tus progenitores.

Hay un montón de casos en el deporte. Recién vimos en los Juegos Olímpicos la magia de Facundo Conte para demostrar ser tanto o más talentoso que su padre-leyenda al colgarse la misma medalla de bronce que Hugo había ganado en 1988. Años atrás, los hinchas de Estudiantas de La Plata constataron que “la brujita” Juan Sebastián Verón no era sólo el hijo de “la Bruja” Juan Ramón Verón sino que podía decirse que era un crack que también ganaba copas internacionales o incluso la rompía en Europa o en la Selección. En cambio, Nahuel Gallardo decidió dejar la banda derecha en el River gana-todo de su papá Marcelo para ir a hacerse fuerte a Defensa y Justicia primero y ahora a Colón de Santa Fe, tal vez buscando el oxígeno que quita la misma suerte de pertenecer.

Ahora, en política, estamos asistiendo a un experimento que puede ser clave para el futuro del país.

Máximo Kirchner, se sabe, es hijo nada menos que de dos presidentes. Su ascenso fue vertiginoso. Cuando su papá Néstor gobernaba el país pudo fundar una organización juvenil, La Cámpora, de la que primero fue su líder y para siempre su referente. Con ese currículum, en 2015 encabezó la lista de diputados que lo llevó a ocupar una banca por Santa Cruz y ahora en su segundo mandato, ya en representación de Buenos Aires, pasó directamente a ser el jefe del bloque oficialista en la cámara baja. Además, fue elegido presidente del Partido Justicialista bonaerense.

Cuando su papá Néstor gobernaba el país pudo fundar una organización juvenil, La Cámpora, de la que primero fue su líder y para siempre su referente.

En todos los actos del Frente de Todos, Máximo está en el escenario como uno de los integrantes de la mesa chica del gobierno, aunque no está claro por cuál de todos esos roles. Para descartar uno, el jefe del bloque en el Senado, José Mayans, no aparece ni en las primeras filas.

Felicitaciones. En los últimos dos actos, CFK felicitó a su hijo por dos posteos de La Cámpora en redes sociales.

Está claro, que el lazo de sangre o el haber pertenecido al núcleo íntimo originario siempre fue una clave del armado de los Kirchner, donde el proyecto familiar de poder es la base de un movimiento político que se ha apoyado en las urnas y en la militancia genuina. Una síntesis es la imagen de Néstor Kirchner poniéndole la banda presidencial a su esposa Cristina Fernández en el 2007. Pero hay mil ejemplos: hasta Pablo González, que atendía el teléfono en la inmobiliaria de Néstor en Río Gallegos llegó ahora a ser presidente de la petrolera estatal YPF, donde además está al frente de la fundación de la compañía nada menos que Ofelia Cédola, que presentó a la pareja presidencial cuando eran estudiantes. Y así.

El otro gesto

Como sea, con cada aparición pública en los actos partidarios o en los cierres de las sesiones más calientes en Diputados, Máximo asoma como una voz que marca la cancha en el rumbo del gobierno. Muchas veces hacia adentro, donde su principal obsesión es la negociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional y donde pareciera querer imponer una mayor dureza de la que a priori estaría mostrando el ministro de Economía, Martín Guzmán. Pero también hacia afuera, donde oscila entre ser el azote del macrismo y los medios y tender puentes con los principales hombres de negocios del país.

En ese punto, mirá vos, suele tener también como interlocutores otros “hijos de”. Uno, Marcos Bulgheroni, que gestiona PAE, la mayor petrolera privada de la Argentina desde que murió su padre Carlos, ese que se sentaba hasta con los talibanes en Afganistán con tal de hacer un gasoducto. Otro es Jorgito Brito, hijo del fallecido banquero homónimo del Macro hace casi un año cuando se precipitó su helicóptero en Salta. “Máximo es más parecido a Néstor -decía el finado financista- pero Cristina lo llama todo el tiempo”. Dato: con Jorgito hablan desde mucho antes del trágico final del padre.

La cosa es que si Máximo se ha puesto de ejemplo a sí mismo en los últimos actos resaltando que pagó el aporte extraordinario de las grandes fortunas por la pandemia que él mismo impulsó, dado su fortuna de más de $ 290 millones, la economía toda y especialmente esos grandes empresarios ahora están esperando que haga otro gesto mucho más profundo: que cambie la composición de ese patrimonio, se saque el chip de la renta y la especulación y haga algún tipo de apuesta por el país.

Si sus discursos son de castigar a la timba financiera y la fuga de capitales a la que le opone la inversión genuina y la creación de empleo, ¿Cómo va a exhibir una declaración jurada llena de terrenos, departamentos y hoteles, más depósitos y cajas de ahorro, tanto en pesos como en moneda extranjera? 

Si su palabra convoca al establishment a que se sumen a una nueva etapa de producción y crecimiento sostenido; si sus discursos son de castigar a la timba financiera y la fuga de capitales a la que le opone la inversión genuina y la creación de empleo, ¿Cómo va a exhibir una declaración jurada llena de terrenos, departamentos y hoteles, más depósitos y cajas de ahorro, tanto en pesos como en moneda extranjera?

Dale, chabón

Es cierto, Máximo, y te tocó heredar. Perdoname que te hable así directo acá desde un bar de Barracas en una tarde de sábado, al borde de que me gane un Guien So? de oro. Pero ya es hora de que te hagas grande, chabón.

Hayas llegado como hayas llegado a estar ahí donde se cocina el poder, seguro que habrá gente que te diga que te convertiste en un cuadro inesperado, que de golpe sos la combinación genética de tus viejos y que además tenés un halo de conductor hiper tranquilo, una construcción tan exagerada que a veces parece el espejo al revés de los que te decían que estabas tirado en el sillón jugando a la Play.

No es que tenés que mostrar si tenés la mejor estrategia política, ni se trata de que tenés que mandar a freír churros a tu mamá, que encima en los actos te felicita con un “bien, La Cámpora eh” ¡por un posteo en redes! Dale. Tenés 44 años.

Acá tenés una chance grosa.

En la declaración jurada del año pasado metiste 26 propiedades. ¡Veintiséis! Encima muchos son ¡terrenos! Y otros tantos deptos de 40 o 50 metros cuadrados. ¿En serio?

Bienes. Máximo destacó que pagó el impuesto a las grandes fortunas. Tiene declarados 26 inmuebles.

Ahora el 17 de septiembre vence la presentación de las próximas declaraciones juradas de funcionarios públicos. ¿Te imaginás qué mensaje sería que hayas cambiado aunque sea una parte por, no sé, bonos del Estado, o, mejor, acciones de la mismísima YPF? Flor de shock de confianza para un país con un riesgo país de 1600 puntos básicos que uno de sus principales dirigentes diga “le tengo tanta fe que le presto plata”. O imaginate el impacto para una empresa cuya acción supo valer US$ 60 y ahora apenas pasa los US$ 5. O si no lo llegaste a hacer, bastaría con que anuncies un plan mirando más allá de tus intereses, si dieras una señal para delante.

¿Te imaginás qué mensaje sería que hayas cambiado aunque sea una parte por, no sé, bonos del Estado, o, mejor, acciones de la mismísima YPF?"

Ni qué hablar si algún terreno de golpe fuera parte de un plan de viviendas populares, pero ponele que no, que nadie te va a pedir que regales la tuya. Pero ¿un emprendimiento desde el pozo, donde contraten gente? ¿Te imaginás qué gesto? Estarías dejando de tener activos inmovilizados, especulativos o guita líquida por una apuesta a la producción o lo que es lo mismo, por el futuro del país.

Si no, ¿qué te diferencia de un Juan José Aranguren, que cuando era ministro de Energía de Cambiemos tenía ahorros en el exterior y ahora cuando se lo recuerdan devuelve que es lo mismo que tener millones de dólares en cajas de seguridad, como tenía tu hermana Florencia”?

Si la tuya la invertís y la sacás de la renta sin riesgo, los popes que te miren en las charlas del otro lado de la mesa no van a estar elucubrando si sos un vago que llegó por acomodo familiar o si sos una versión cerebral de Néstor con la convicción de Cristina. Estarían asistiendo al nacimiento de otro tipo de liderazgo. Verían a alguien que les habla con el corazón pero que también le muestra el camino con el bolsillo, ese al que tanta atención le prestaban tu papá y tu mamá como para dejarte semejante cantidad de guita.

Si los gringos dicen “yo no la pongo en la Argentina hasta que los argentinos no traigan la que tienen en paraísos fiscales”, los capitalistas nuestros te podrían decir “yo tampoco saco un dólar del colchón; miralo a Máximo, la tiene hundida en propiedades”.

Y tendrían un punto, ¿no?

Pocas veces tuviste la chance tan clara de dejar de ser “hijo de”.

Así que en la próxima aparición con tu vieja tal vez te diga, ahí sí, “bien Máximo, eh”. Y que no sea sólo por un tuit.

Está pasando