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Sociedad

Nahuel Levaggi, presidente del Mercado Central y dirigente campesino: "Nuestro enemigo son las multinacionales del agro"

Nahuel Levaggi es un presidente del Mercado Central raro. En su oficina, un espacio amplio y construido claramente para una persona muy distinta a quien se sienta detrás del escritorio, colgó una Wiphala. Además, tiene un mapa de la Capital Federal y el conurbano, donde están marcados todos los comedores populares a los que asiste el Mercado. La repisa de la ventana está decorada con una serie de plantas, algunas aromáticas y otras para agregarle al mate.

No llegó a esa silla de casualidad: se viene dedicando a la militancia rural desde hace más de 10 años. Es uno de los máximos dirigentes de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), la organización responsable por los verdurazos durante el gobierno de Macri. La revista Mu cuenta que fue Máximo Kirchner quien lo invitó a presidir el mercado concentrador más grande de América Latina, pero su historia en la política empieza mucho antes, cuando terminaba el gobierno de Carlos Menem.

¿Cómo arrancaste a militar?

–Uf, hace un montón de tiempo. Mi participación social activa arrancó con un laburo que hicimos con comunidades mapuches cuando era muy joven. Después empecé a laburar en la Villa 20, daba clases de apoyo y  armamos un comedor. Me terminé mudando al barrio, estamos hablando de fines de los 90'. En ese momento me sumé al MTD Anibal Verón, que con el tiempo se constituyó en el Frente Popular Darío Santillán.

—¿Te mudaste a la villa 20 por una decisión política o por tu situación económica?

–Fue una decisión humana, no política. En ese momento, yo no lo leía como una cuestión política, no lo entendía así. Era una decisión de vida. De vivir al costado de las familias con las cuales yo laburaba todos los días. Habíamos armado un comedor, daba clases y yo entendía que, para poder comprender su realidad, para poder construir entre iguales, no podía irme a dormir a lo de mis viejos. Fue una decisión de compromiso de vida.

Me mudé a la villa 20 para comprender la realidad de las familias con las que  laburaba todos los días. No podía irme a dormir a lo de mis viejos".

¿Y cómo fue el salto de militar en un barrio popular al trabajo rural? 

La cuestión rural siempre la tuve. Siempre me gustó el contacto con la naturaleza. En su momento,  laburé en Costanera Sur con Vida Silvestre, y mis abuelos tenían campo. Entonces también sentía una conexión muy grande con la cuestión productiva. Desde que viví en la villa 20, una de las visiones que desarrollé fue que hay que volver al campo, a producir. Después, cuando empezamos a construir en conjunto con organizaciones campesinas, vi que era por ahí, que ese era el camino, y empezamos la construcción campesina. Primero en San Vicente, en una hectárea con gente del pueblo, de la ciudad, de los sectores populares para que puedan volver a producir. Recién a partir del 2010 arrancamos con la UTT, parados sobre un sector productivo hortícola del Gran La Plata, y ahí empezó el gran laburo.

¿Cómo funcionó esa transformación? Porque pasaste de militar el regreso al campo desde las ciudades a armar a una organización de productores rurales. 

—Fueron dos cosas. Por un lado, siempre estuvo la idea de la construcción rural campesina, con el sujeto agrario, pero no teníamos vinculación. Hasta que una vez, en un encuentro armado entre productores desde este laburo en San Vicente con gente del barrio que fue a laburar al campo, tuvimos un primer contacto con los productores hortícolas. Empezamos a conocerlos, y vi una situación de necesidades insatisfechas muy grandes y de falta de organización. Me di cuenta de que era por ahí. Había una base social muy grande, necesitada y desorganizada, que es el sector que hoy integro. Además, pudimos empezar a dar una discusión muy fuerte con respecto a la soberanía alimentaria.

La batalla por la agroecología

¿Cuánta gente representa la UTT?

Son 20.000 familias en 18 provincias. Hay productores hortícolas periurbanos, tamberos, yerbateros en Misiones, apicultores en la Patagonia, productores de lana. Somos un montón, y crece cada día.

¿Y cuántos practican la agroecología? 

Muy pocos. La base social productiva tiene familias más vinculadas a una producción para el autoconsumo, y otras vinculadas al mercado. Ahí está el nudo de la producción convencional. Desde la UTT arrancamos a impulsar la agroecología a fines del 2013, cuando dimos pasos muy importantes para instalarla. Pero en ese momento era algo muy marginal, con experiencias muy pequeñas e impulsado por universidades o sectores medios.

Nosotros dimos el paso para construir una agroecología popular, impulsada por los mismos campesinos y campesinas. Realizamos las primeras experiencias, gracias a unas asistencias del estado que ganamos en una lucha que hicimos acampando al costado de la autopista. Ahí se armó un equipo técnico campesino, que empezó a transformar. Porque para el campesino no es lo mismo que venga un ingeniero, se baje de una 4x4, le diga cómo tiene que producir y después se va a su casa, que hablarlo con un compañero, que vive y produce igual que ellos.

Muchos productores trabajan la tierra y después gastan en medicamentos por los males que les genera usar pesticidas todos los días".

Es una batalla que fuimos dando, y seguimos dando, todos los días. Y cada día es un paso adelante. Pero estamos en un mar de agronegocio. Son cientas de hectáreas que hoy producimos, pero representan un porcentaje pequeño porque somos una organización masiva, y un porcentaje pequeño en relación a la producción frutihortícola total. A fines del 2013 eran unas pequeñas parcelas, y hoy son cientos de hectáreas.

—¿Es igual de productiva la agroecología que la producción tradicional?

. Además, cuando vos hablás de producción, tenés que contemplar todos los niveles. Algunos sectores te van a valorar solo cuantos kilos de tomate sacás en una hectárea. Pero ahí vos tenés muchos elementos para poner en la balanza. La productividad más dura, los costos, cuánto te salió el paquete tecnológico para producir y cuanta rentabilidad te dejó, porque la agroecología es muchísimo más barata. Y a eso le tenés que agregar todas las dimensiones de salubridad del suelo, salud humana, salud ambiental. La ecuación no es solo cuántos kilos se produce, sino cuánto te cuesta producir esos kilos, tanto en rentabilidad como en la dimensión ambiental o de la salud humana.

Hay muchos productores que trabajan la tierra y después gastan en medicamentos por los males que les genera usar pesticidas todos los días. Son rindes altísimos los de la agroecología. Hay un falso discurso del agronegocio que dice que la agroecologia tiene menos rinde. Eso es mentira. Tiene iguales rindes y, a veces, mejores.

¿Son compatibles los cultivos transgénicos con la agroecología?

—No, para nada. Lo transgénico no es compatible con la agroecología. La discusión ahí tiene que ver con los modelos productivos y la necesidad de aumentar las toneladas de producción para el ingreso de dólares. Se tiende a avanzar en cultivos transgénicos porque, teóricamente, con determinado paquete tecnológico que promete mucha más productividad, podés conseguir mucha más renta. A veces hay políticas publicas que se fijan en solo en ese final, la renta. Van en una linea recta, que es una linea recta tecnológica dominada por las grandes multinacionales del agro. Incluso hay partes del Frente de Todos que plantean estas políticas, que no entendieron que hubo un cambio de paradigma, que necesitamos un cambio de paradigma.

¿Qué opinás del acuerdo porcino con China?

–Bueno, esos son los mismos sectores con la visión del agronegocio. Pensando en esquemas de maximización, para la maximización de dólares, acuerdos por arriba, donde cuestiones tanto ambientales como de modelo se dejan de lado. Tanto las cuestiones ambientales, como el sujeto productivo y el desarrollo local. Nosotros nos opusimos a ese acuerdo, fuerte, en el esquema de las grandes granjas porcinas, proponiendo un esquema distinto, con hasta 5.000 madres. Hay una ausencia de visión sustentable, de una agricultura alternativa. Entonces siempre se prioriza siempre un camino directo y corto hacia lo que se presente como una generación de dólares, en todos los ámbitos.

Ahí es donde no se entiende que la discusión no es solo ambiental. Siempre se presenta como una falsa dicotomía entre generación de renta y ambientalismo. No es así. En el medio, vos tenés una sustentabilidad del paquete tecnológico y la posibilidad de generar riquezas, pero con otro modelo. Es lo mismo que decíamos antes con el trigo transgénico. Solo se escucha la campana de un sector político, vinculado a las grandes multinacionales del agro.

En el país está vetada la discusión de la tierra porque tenemos una oligarquía muy fuerte. Hubo una disputa de sentido común, incluso en la cabeza de los sectores medios rurales, donde convirtieron a la  reforma agraria en mala palabra".

¿Creés en la redistribución de tierras cultivables?

—Sí. Es lo que venimos planteando desde que la UTT es la UTT. Una de las mayores luchas con las que nace la organización es por el acceso a la tierra. Nosotros estamos en un país donde está vetada la discusión de la tierra. Porque tenemos una oligarquía muy fuerte, y una población muy urbana. Excepto por el Grito de Alcorta, las Ligas Agrarias, no hubo un movimiento rural, agrario y popular fuerte que pudiese instalarse. Además, hubo una disputa de sentido común, incluso en la cabeza de los sectores medios rurales, donde convirtieron a la  reforma agraria, o a la redistribución, en mala palabra. Y después hay experiencias que bastardean ese concepto.

Nosotros planteamos el acceso a la tierra por parte de las familias, como se planteó en el Grito de Alcorta, allá por el 1900. Lo venimos haciendo de distintas formas. Por un lado, la construcción de colonias agrícolas en los cordones periurbanos de los distintos pueblos. Esto permitiría relocalizar a productores y productoras concentrados en otros lugares, y que se produzcan alimentos sanos en los mismos pueblos. Por otro lado, la Ley de Acceso a la Tierra, que es la batalla que venimos dando. Es como un Procrear rural, son créditos blandos para el acceso a la tierra. Después, en el marco de las colonias agrícolas, el estado es uno de los grandes terratenientes. Podría poner un montón de tierras en función de la producción social de alimentos.

Algunas cosas son más complicadas, pero otras solo necesitan decisión política. La Ley de Acceso a la Tierra, las colonias agrícolas son decisiones políticas. Se hace o no se hace. Y el que lo hace o no tiene nombre y apellido. En este caso, se llaman Alberto Fernández o, para que salga la ley, Máximo Kirchner.

Estas cosas que dependen de la decisión política hay que hacerlas, no hay que esperar. Necesitamos una transformación agraria. Pero hay que ser muy cuidadosos con cómo damos estos debates, porque el conjunto de la sociedad no entiende el concepto, y corrés el riesgo de dar pasos para atrás en vez de pasos para adelante. Nosotros y nosotras necesitamos urgentemente que las familias accedan a la tierra, para producir alimentos sanos a precios justos, porque hay gente que tiene hambre. No podemos jugar a los estrellatos, o realizar acciones unilaterales que terminar echando para atrás el proceso popular y colectivo. Esta sociedad mira mucho TN y lee mucho Clarín, y a veces no entiende los conceptos.

Nosotros creemos que hay que hacer una transformación agrícola. Hay que transformar el paquete tecnológico y democratizar el acceso a la tierra. Porque necesitamos que haya campesinos, pequeños y medianos productores que puedan acceder a la tierra propia. Por otro lado, hay que aumentar las hectáreas de producción de alimentos. La bandera del acceso a la tierra es nuestra causa fundamental, por la que nace la UTT, y es transversal a todo lo que hacemos.

¿Y por qué no sale la ley?

No se avanza porque hay cierta dirigencia política que no entiende la importancia de estas transformaciones. Que piensa que es algo más dentro del montón, y no entienden lo urgente y necesario de hacer una transformación en el modelo productivo, y dentro de eso el acceso a la tierra. Además, no comprenden el valor de justicia social que tiene que una familia productora, que vive en una casilla de madera alquilando la tierra que trabaja, pueda acceder a la tierra propia.

El rol social del mercado

Debés ser el primer presidente de la historia del Mercado Central que colgó una Wiphala en su oficina.

—Sí.

¿Cómo te recibieron en el Mercado? ¿Y cómo es tu trabajo al día de hoy?

—Arrancamos en el Mercado Central el 24 de marzo del 2020, mirá que fecha. Justo había empezado la pandemia y la cuarentena. Fuimos construyendo un trabajo conjunto con muchos sectores. Hay otros que querían mantener sus privilegios y sus negociados, ellos actúan periódicamente en contra. Pero el laburo acá adentro tiene que ver con lo que nosotros y nosotras llamamos el rol social del mercado. Estamos parados en el mercado concentrador más grande de Argentina, por donde pasan toneladas de frutas y verduras, y nunca tuvo una política alimentaria. Entonces, armamos la Gerencia de Alimentación Sana, Segura y Soberana. Desde ahí hacemos un laburo muy fuerte con comedores. Damos capacitaciones, hacemos propuestas nutricionales muy importantes.

Además, impulsamos un laburo de recuperación de alimentos y compostaje. Antes, toneladas y toneladas de residuos orgánicos se enterraban en el CEAMSE. Hoy tenemos un patio de compostaje que es uno de los más grandes de Argentina.

Fotos: Jeremy Schuvaks.

La otra parte de nuestro trabajo tiene que ver con garantizar derechos. Hay una población muy grande y vulnerada que son las personas que cargan y descargan la fruta y la verdura. Son miles de personas que hace muchos años viven de eso, y nunca se les reconocieron sus derechos, no fueron un sujeto con derechos. En cuestiones de salud, laborales, de asistencia, un montón de cosas. Eso es algo muy groso, un laburo muy importante de garantizar derechos que venimos armando. También impulsamos la agreocología. Es una batalla cultural más que tecnológica, logramos que algunos productores grandes se animen a probar con la agroecología. Y los que lo han hecho están viendo que es exitoso, que sirve, y de hecho se están sumando más.

Hace poquito más de un mes, TN sacó un informe denunciando que el Mercado Central le daba comida podrida a los comedores.

–Ese informe forma parte de dos cosas. Primero, de la pelea política previa de que se acercan las elecciones, entonces adonde se le puede pegar a la gestión se le pega, por parte de los poderes concentrados como Clarín, y en articulación con los sectores negativos, que quieren defender sus negociados acá adentro. Fue un informe mentiroso y armado. Es mentira todo lo que aparece en ese informe, 100% mentira.

En el Mercado central hay un montón de fruta y verdura que pierde valor comercial, por ejemplo una banana un poco golpeada, que el verdulero ya no la elige, elige la de al lado que está perfecta. Esa verdura se deshecha, pero nosotros lo que hacemos es seleccionar, ver lo que está en buen estado, eso se separa, se realiza una inspección técnica, y se garantiza que vaya a los comedores, porque es alimento en perfecto estado. Lo que no, va al compostaje. Lo que pasa es que en la pelea sucia, mediática, se cruzan todas las lineas, las fronteras éticas y morales. Yo no sé como la periodista que hizo eso puede mirar a sus hijos a los ojos a la noche.

Ustedes, desde la UTT, tienen una iniciativa de venta directa de bolsones de verduras. ¿Es una forma de mostrar cuál es el camino, para desarrollar la política de alimentación que ustedes quieren?

—Nuestra visión es esta. Nosotros tenemos que generar políticas públicas que beneficien a las mayorías, sobre todo a los sectores más postergados. En la cuestión de la cadena comercial de fruta y verdura, tenés las dos puntas, que son los más vulnerados. Los productores, pequeños y medianos, y los consumidores, a los que les sale muy cara la verdura. Por eso, uno tiene que generar políticas públicas y esquemas comerciales que garanticen que la distorsión entre el dinero que recibe el producto y el que paga el consumidor sea racional. No una irracionalidad como lo que pasa hoy.

¿Por qué pasa eso hoy? 

—Vos tenés algunos canales racionales, como el mercado concentrador. Necesitás un mercado concentrador para llevarle frutas y verduras a las 14 millones de personas del AMBA. El tema es que en el medio aparecen un montón más de manos, o en algunas partes de la cadena se disparan los precios por especulación e irracionalidad. Los mecanismos que van directo del productor al consumidor no compiten, pero muestran cuál es el verdadero valor de la producción, cuánto tiene que recibir el productor y pagar el consumidor. Nosotros venimos proponiendo transparentar la cadena e ir generando iniciativas donde los actores y actrices de la cadena tengan un compromiso social. Porque acá estamos hablando de comida, no de fundas de celulares. Hoy, la renta de la tierra está dolarizada, la producción está dolarizada por los insumos que se utilizan, y encima tenés un montón de irracionalidad a lo largo de la cadena.

Por eso nosotros construimos un plan nacional de abastecimiento frutihortícola. Va desde el acceso a la tierra y el agua hasta la tecnología y las cuestiones impositivas. Hay un plan integral que tenemos que llevar a cabo, y hay que mirar quién se está llevando toda esa renta. Porque, más allá de los intermediarios, los grandes ganadores son las multinacionales del agro. Ese es el verdadero enemigo de la soberanía alimentaria. Finalmente, si queremos construir una soberanía alimentaria, tenemos que transformar el modelo productivo, el paquete tecnológico y dar la discusión sobre qué comemos. Ha habido un avance en la sociedad en todo esto, la política pública y los políticos están atrás de esa transformación social, y hay que avanzar.

¿Y qué trabajos hacen desde el Central para impulsar esas políticas que mencionás?

Desde que llegamos hace un año y tres meses todo está cruzado por eso. Armamos la Gerencia de Alimentación Sana Segura y Soberana, asistimos a más de 700 comedores, se hacen talleres de alimentación, se forman promotores de alimentación sana, se armó un programa de impulso a la agroecología, con asistencia gratuita a los productores y armamos un registro de pequeños productores para que puedan llegar al Mercado Central, entre muchas otras cosas.

Lo de Vicentín fue un claro error de comunicación y de proyección".

¿Qué opinás de lo que pasó con Vicentín?

Lo de Vicentín, lo de la Hidrovía, son grandes disputas de modelos y de manejos, por parte del estado, de herramientas que pueden estar en función de un proyecto popular y de soberanía alimentaria o no. Que el estado maneje Vicentín o la Hidrovía no significa nada en sí mismo si no es con una política clara, en función de para qué lo manejamos. Lo de Vicentín fue un claro error de comunicación y de proyección. Con estos pasos de disputa con los poderes concentrados no podemos dar pasos de avance y retroceso. Tenemos que dar pasos de avance, pero siempre en diálogo con los sectores que vienen construyendo ese proceso. Cualquier paso hacia adelante sobre transformaciones tiene que ser de la mano de quienes, desde el sector, organizados, sujetos activos y productivos, lo vienen trabajando y llevando adelante. No imponer desde arriba políticas más bien vacías que después se retrotraen.

Para terminar, ¿qué yerba tomás?

Tamanduá, producida por la UTT y el Movimiento Agrario de Misiones.