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Planetas habitables: en busca de otra enana roja

Por Fermín Cañete Alberdi

Nuestro sol tiene los días contados. Dentro de unos 5 mil millones de años, consumirá todo el hidrógeno que tiene en su núcleo y empezará su colapso. Aunque falte mucho y tengamos otros problemas más inmediatos en nuestro planeta, ya estamos pensando hacia dónde escapar. 

Hace tiempo que los astrofísicos del mundo se dedican a escanear el firmamento en búsqueda de sistemas solares semejantes al nuestro y planetas dentro de ellos que reúnan las condiciones necesarias para la vida como la conocemos. 

Hace tiempo que los astrofísicos escanean el cielo buscando sistemas solares semejantes al nuestro y planetas dentro de ellos que reúnan las condiciones necesarias para la vida como la conocemos.

Los postulantes a nuevos soles, es decir, las estrellas que se evalúan, tienen que ser del tipo enana roja y brillar con una luminosidad similar a la nuestra. Además, deben ser lo suficientemente inactivas y, sobre todo, más jóvenes que nuestro sol. Las enanas rojas existen durante unos 10 mil millones de años y la nuestra ya transitó la mitad de su vida.  

Próxima Centauri

En cuanto a los planetas, se estudian aquellos cuya distancia de su estrella permite una temperatura adecuada para el agua líquida y una atmósfera similar a la de la Tierra. Además de no estar tan lejos, si bien hablamos de distancias de años luz. 

El primer descubrimiento: Próxima b 

El primero de estos planetas fue detectado en 2016 y confirmado en 2020 por científicos del Observatorio Europeo Austral (ESO) de La Silla, en el desierto de Atacama, Chile. Se llama Próxima b y se encuentra en el sistema solar más cercano al nuestro, conocido como Próxima Centauri, a poco más de 4 años luz de la Tierra. 

La detección fue realizada con el espectrógrafo HARPS (sigla en inglés del Buscador de planetas por velocidad radial de alta precisión) acoplado al “Very Large Telescope” (VLT) del observatorio de la Silla. Luego fue confirmada por la versión más moderna que se puso en funcionamiento en el 2017, el ESPRESSO.

En Próxima b los años tendrían 11 días y no habría estaciones ni tampoco día y noche.

Por lo que sabemos, este planeta completa la vuelta alrededor de su estrella en alrededor de 11 días y mantiene siempre al mismo hemisferio apuntando a ella. Este tipo de rotación sobre su eje se llama síncrona, porque tiene una duración similar a la de su órbita completa. Algo parecido a lo que sucede con la luna, de la que vemos siempre el mismo lado, solo que para ella el ciclo dura alrededor de un mes. Esto quiere decir que en Próxima b los años tendrían 11 días y no habría estaciones, ni tampoco día y noche.

La temperatura de equilibrio es de 39°C bajo cero, pero se estima que algunas zonas llegan a los 4 °C (las alcanzadas por el sol), suficiente para que nos las arreglemos para vivir. Pero Próxima b tiene un problema: la superficie del planeta recibe llamaradas de radiación X y ultravioleta que vienen de su estrella. Esto es un factor a tener en cuenta si se quisiera habitar este planeta algún día.

Cómo se vería el paisaje de Ross 128.

El segundo candidato: Ross 128 b 

El segundo candidato, Ross 128 b, fue detectado en 2017 también por el HARPS y los científicos de ESO.  Está bastante más lejos, a unos 11 años luz, pero tiene algunas ventajas sustanciales. Para empezar, orbita una estrella menos activa (Ross 128) y por lo tanto no recibiría las olas de radiación que azotan a Próxima b. Además, este planeta se está moviendo hacia nosotros y se espera que en un momento llegue a una distancia bastante menor a la que hay entre nuestro sistema solar y Próxima Centauri. Esto ocurriría dentro de unos 80 mil años. 

La temperatura de Ross 128 b es más parecida a la de la Tierra (índice de similitud de 0,86) y los valores para su superficie rondarían entre los 60°C bajo cero y los 20°C. Tarda 10 días en recorrer la órbita alrededor de su estrella y tiene rotación síncrona (bastante semejante a Próxima b). 

Aunque todavía resta determinar cómo es su atmósfera, parecería que Ross 128 b llegó para destronar a Próxima b. También hay otros sistemas solares en estudio, pero están más alejados, como el sistema TRAPPIST-1 a unos 40 años luz. 

¿Cómo llegamos hasta allá? 

Los aparatos espaciales más rápidos que hemos fabricado, las sondas Voyager y Parker, viajan a una velocidad de alrededor de 60 mil km por hora (lo que equivale a un 0,006% de la velocidad de la luz). En una nave construida con esta tecnología tardaríamos 70 mil años en llegar a Próxima b. 

En una nave construida con la tecnología actual tardaríamos 70 mil años en llegar a Próxima b.

Los científicos apuntan a diseñar en el mediano plazo, naves de propulsión a fotones que permitan una aceleración constante en el espacio, hasta alcanzar valores cercanos al 20% de la velocidad de la luz. Los fotones (partículas de luz) funcionarían como fuente de energía y serían aportados por el sol -mientras nos mantengamos a su alcance- y luego por láseres que la misma nave lleva. Con esta tecnología, se acortaría el tiempo necesario para viajar a Próxima b a tan solo 20 años. 

Una estrategia distinta surge de la propuesta que hizo el físico Miguel Alcubierre en 1994, que permitiría llegar a un determinado lugar más rápido que la luz, sin superar su velocidad. Este modelo matemático, conocido como métrica de Alcubierre, postula la creación de una “burbuja de deformación plana” dentro de la cual se ubicaría la nave. Por delante de esta, el espacio-tiempo se compactaría para que el punto de destino se acerque al viajero y se expandiría por detrás, alejando el punto de origen. La burbuja sirve para proteger a los tripulantes de estas deformaciones.

Aún no tenemos la tecnología necesaria para poner en práctica la métrica de Alcubierre. En el caso de que se pueda, las distancias astronómicas se acortarían significativamente y podríamos pensar a los viajes interestelares como algo cotidiano. Sin violar uno de los mandamientos de la Física: nada puede viajar más rápido que la velocidad de la luz. 

Para tener que mudarnos a otro sistema solar todavía quedan miles de años y muchas cosas por aprender. Esta misión dependerá de nuestra capacidad para cooperar de manera global y generar consensos. Para practicar, tenemos un desafío más urgente y sencillo: evitar que nuestro planeta actual se vuelva inhabitable.

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