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Columnistas

El inspector del arte reina en Cuba

Por Diego Rojas

Imaginen a un inspector, con poderes conferidos por el Estado, que se pasea por muestras de arte y puestas teatrales y que tiene la potestad de clausurarlas si es que la obra (es decir, la creación artística) no defiende los valores de la revolución. ¿Qué pasa si el inspector escucha una canción de reggaeton cuya letra considera vulgar y decide prohibirla por no elevar los valores morales de la nación? ¿Y si el inspector decide que una película no se emita sin la aprobación previa de un ente destinado a tal fin? Pues bien, todo eso pasa hoy en la Cuba que una vez hizo la revolución. Esta normativa es regulada por el decreto 349 que el presidente Miguel Díaz-Canel firmó al día siguiente de asumir su cargo, si es que de simbolismos se está hablando.

Hubo protestas, una de ellas realizada el 27 de noviembre pasado en la que casi 300 manifestantes se congregaron frente a las puertas del ministerio de Cultura. Debe tenerse en cuenta que, en una sociedad altamente represiva, la reunión de protesta de casi tres centenares de personas cobra importancia (claro, no se trata del “inicio de la rebelión social” como fantaseó algún columnista de derecha). El ministro Alpidio Alonso se dirigió hacia la movilización. Luego de algunas admoniciones extravagantes, tiró al piso el celular de un periodista independiente (es decir, que publica en una página web, ya que el periodismo en Cuba no existe). Después, unos colectivos se los llevaron a una comisaría por el delito de congregarse durante la pandemia.

Un grupo medio lumpen que reclama el derecho a la libre creación, aunque sea mala, ofensiva y no elevara la moral, tiene todo el derecho del mundo a hacerlo.

Esta semana, el artista Luis Manuel Otero Alcántara inició una huelga de hambre. Es el referente del Movimiento San Isidro, por la calle de la casa de sus reuniones. Si se me permite, no es un gran artista y en todo caso la recepción crítica y del público lo deberían determinar. También es cierto que la oposición al decreto 349 es legítima y la pueden realizar  no grandes artistas. La libertad de expresión consiste en bancarse escuchar aquello de lo que se está en contra, incluso de lo que no se quiere oír. Unos meses antes un rapero llamado Denis Solís comenzó a insultar al gobierno y a decir que su presidente era Donald Trump. Parece sobre todo un lumpen. Pero por gritar esas sandeces fue condenado a ocho meses de cárcel. En lo personal, si el Movimiento San Isidro implicara un peligro para el gobierno cubano, financiado por los Estados Unidos y así (¿podrían cometer un putch?) debería investigárselos, detenérselos y condenarlos si se hubieran convertido en tal amenaza. Ahora, un grupo medio lumpen que reclama el derecho a la libre creación, aunque sea mala, ofensiva y no elevara la moral, tiene todo el derecho del mundo a hacerlo.

 

(Una cosa más: la cubana residente en La Habana Tania Bruguera es una de las performers más potentes del campo cultural internacional -incluso expuso una obra aquí, en Proa, en La Boca- y si bien no forma parte del MSI, sí expone el campo represivo del decreto de Díaz Canel.)

Cuba, tan excepcional por haber brindado artistas al mundo de la más variada raigambre, por haber realizado una revolución en 1959 (con una dirección pequeñoburguesa que no sería ajena a su devenir), por tanto bueno. Y tanto malo. Se cumplen 50 años del caso Padilla, cuando al poeta Huberto Padilla se lo detuvo, fue interrogado y finalmente en la sede de la Unión de Escritores realizó una autocrítica de corte estaliniano. Cuba, con el triunfo de las tropas financiadas por los yanquis y por la UCEP, esos centros donde en los años sesenta se recluía a los gays (había dicho Fidel Castro: “La revolución no necesita peluqueros”), como si fueran presos. Esta “Voluntad de vivir manifestándose” escribió el poeta Reinado Arenas, en reclusión:

Voluntad de vivir manifestándose

Ahora me comen.

Ahora siento cómo suben y me tiran de las uñas.

Oigo su roer llegarme hasta los testículos.

Tierra, me echan tierra.

Bailan, bailan sobre este montón de tierra

Y piedra

Que me cubre.

Me aplastan y vituperan

Repitiendo no sé qué aberrante resolución que me atañe.

Me han sepultado.

Han danzado sobre mí.

Han apisonado bien el suelo.

Se han ido, se han ido dejándome bien muerto y enterrado.

Este es mi momento.

No es este un panegírico contra la revolución. Mientras durante los primeros años, antes de Stalin, de la Unión Soviética había 14 ejércitos imperialistas asediándola, León Trotski después de armar el Ejército Rojo debatió sobre arte (los textos están compilados  en Literatura y Revolución) y debatía con la Proletkult, los formalistas de Schlovsky y todas las corrientes de vanguardia que producían arte en la primera república obrera sobre la Tierra. Luego, en el exilio, matados por Stalin sus compañeros de dirección bolchevique, fusilados los oposicionistas de a miles que antes de recibir el tiro del final gritaban: “Viva Trotsky, y antes de las grandes purgas Trotsky percibió que el punto nodal de la contrarrevolución podía verse en la concepción del arte, regimentada, elegíaca, signo del Termidor.

Trotsky percibió que el punto nodal de la contrarrevolución podía verse en la concepción del arte, regimentada, elegíaca, signo del Termidor.

Trotsky escribió con Breton un manifiesto. Llamaba a los artistas a desarrollar su arte en libertad. Miraban sus autores a los tiempos futuros. Su consigna principal era:

“Total libertad al arte”.

Está pasando