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Columnistas

El club de los que se comieron el amague

Alberto, Kicillof y Larreta

Por Jairo Straccia

Vengo a reclamar ser el socio fundador del Club De Los Que Se Comieron el Amague de que todo iba a ser distinto a raíz de la pandemia del coronavirus. A un año y monedas de aquella conferencia de prensa del presidente Alberto Fernández rodeado por gobernadores propios y extraños, pido el carnet número uno y con la foto con la mayor cara de boludo posible.

No me da vergüenza para nada. Si fui el miembro 651 de Jugate Conmigo (posta, otro día lo hablamos y más si sos muy joven), cómo me voy a poner colorado por admitir que en el comienzo de la gestión sanitaria durante un par de meses creí. Les creí.

Creí que producto del susto frente a un virus que apilaba muertos en los pasillos de los hospitales de los países desarrollados un rayo deschicanizador había atravesado a los principales referentes políticos de la Argentina que -sin abandonar las diferencias ideológicas que siempre hace bien que existan- laburaban a sol y sombra con un ataque de empatía a la altura de un desafío frente al que nadie hubiera querido estar.

Eran tiempos de reuniones y mensajes conjuntos entre los que tenían que gobernar lo desconocido con tal nivel de mesura y sinceridad que conseguían que la población tomara en serio las medidas que se aplicaban. De hecho, hasta también lograban que algun gil -emoji de manito levantada- se convenciera de la idea de que “de esta salimos mejores” y que entonces habría un punto de partida para empezar a resolver los quilombos estructurales gracias a los aprendizajes emergidos por el combate hermanado de la peste.

Bueno, no.

“Lo rompimos todos”, dijo esta semana el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, al reconocer que aquel clima de consenso y unidad que se transmitía de arriba hacia abajo ya quedó en la nada. Es un dramón cuando todo indica que en semanas más, semanas menos, habrá que tomar decisiones que requieran justamente credibilidad y apoyo masivo para evitar un desastre sanitario que haga parecer poco la cifra de más de 56 mil muertos acumulados hasta ahora.

Fue una destrucción paulatina pero sostenida. Los extremos de las coaliciones dominantes jugaron. Unos te tiraban a meter la inverosímil agenda judicial entre las noticias de camas de terapia intensiva y despertaron la sospecha de que ahí “andaban en alguna” que no eran conseguir barbijos o más tarde vacunas. Otros empezaban con las marchas para “recuperar libertades” y le metieron un ruido fuerte a medidas sanitarias que impulsa hasta Angela Merkel en Alemania.

Es cierto que hubo y hay desaciertos en todo el mundo pero también que acá le metimos un plus argento. Y ahora lo que revela que ya fue todo es que el tono Twitter se impone entre los que tienen que marcar el rumbo. Si la frase sin sentido de que “peor que el coronavirus es el populismo” lanzada por Mauricio Macri hace un año lo había expuesto tocando una canción bardera que nadie acompañaba, ahora sería apenas un tema en la lista del recital de la chicana.

El Presidente sale por radio y tira que “si son tan buenos, que nos ayuden a traer vacunas”. Antes, el ministro de Salud bonaerense, Daniel Gollan, cuando se vacuna el Indio Solari, la grietea con el “de qué lado de la mecha te encontrás”. Ayer, cuando Fernández da positivo de coronavirus, la periodista de La Nación Más, Laura Di Marco, manda que “se ve que la vacuna tan efectiva no era”, porque hablar es gratis. Pero una semana antes, el primer mandatario le da una entrevista de 77 minutos al inoculado VIP number one Horacio Verbitsky pero justo sin tocar el tema de la pandemia. Colas de paja. Ni siquiera le preguntó qué música escuchaba mientras se vacunaba. Está todo bien. Hacen chistes sobre Argentinos Juniors. Ya está. Ya pasó. Regalá credibilidad tranqui.

“Dejen de rosquear”

Lo bueno, por decirlo de alguna manera, es que la difusión combinada de los datos que reflejan la amenaza de una segunda ola y el nuevo escalón al que llegó la pobreza al final del 2020 de pandemia con inflación está dejando en evidencia lo ridícula que es la agenda de la rosca y los privilegios. Quedan en off side con total desparpajo empresarios, sindicalistas, dirigentes políticos y periodistas.

Ojo con el establishment. En la última semana cambió el mood de algunos de los más ricos. Quizás registraron que si el ingreso promedio de los pobres relevados por el Indec es de $29000, queda raro quejarse por pagar un aporte extraordinario para patrimonios de más de $200 millones. Después de que en Córdoba un empresario desistiera del juicio tras un fallo adverso, ya no suena tan convincente litigar y muchos eligen la doble “p”: pagar y putear. “Ocho de cada 10 conocidos van a pagar”, cuenta un empresario top de roce permanente en el círculo rojo. Es el consenso que está naciendo en los aviones hacia la vacunación en Miami.

Algunos como Gustavo Grobocopatel avisan bajo las aves en Uruguay que no irán a la Justicia pero que así no habrá inversiones. Marcelo Mindlin le dice al Presidente que la pondrá pero que es injusto. Juan Vaquer garpa pero saca pecho con una carta pública para apuntarle a la burocracia del Estado. Más allá de todo, la idea de pagar, que ya entusiasma a la AFIP con una buena recaudación, esconde un lobby renovado. Asegurarse que realmente sea un aporte “por única vez”. Los casos suben. El Presupuesto no tiene recursos extra. “Sería bienvenido si la Nación paga otro IFE”, dice Carlos Bianco, mano derecha de Kicillof. Los ricos también tienen esfínteres y también sienten cosquillas.

Con este marco de necesidad y escasez, esta semana el Senado va a convertir en ley la suba del sueldo mínimo bruto a partir del que los asalariados pagan el Impuesto a las Ganancias, una medida que busca beneficiar a 1,2 millones de trabajadores. Son los que menos peor la pasaron en la pandemia gracias a la intervención del Estado y que ahora recibirán en todo el año más de $ 50 mil millones, en un delirio distributivo más evidente aún si pensás que el presupuesto de la tarjeta Alimentar para embarazadas y madres es de $110 mil millones al año. Se podría aumentar en un 50% la plata para que coman los niños más pobres pero se vuelca a los empleados con algo más de aire en la tierra del empleo precario. Solo se explica por la especulación electoral ya no solo del oficialismo, porque en Diputados se votó casi por unanimidad y lo mismo pasaría en la Cámara Alta. Para que no digan los giles que no hay amagues de consensos.

Y hay que anotar a varios más en el país que está en cualquiera mientras se multiplican los chicos pobres, se dispara el precio de los alimentos y los médicos de terapia intensiva gritan “dejen de rosquear”. Pónganlos ahí a los que están midiendo con lupa en qué mes les viene mejor meter las elecciones a ver si sumamos un voto más o se les caen un par a ellos. Agreguen también al dúo manija del kirchnerismo judicial, tanto el diputado oficialista Rodolfo Tailhade como al flamante ministro del área, Martin Soria, que se excita con cada primicia que le pasa a un medio amigo sobre los aceitados vínculos del macrismo con jueces y fiscales. Y sumen también al clan Moyano, que con la malaria que hay bastardea banderas gremiales pidiendo guita extra para trabajadores del top de la pirámide cada vez que una empresa, sea Walmart o Garbarino o la que fuere, cambia de manos, solo porque si no te bloquea y lo banca la Casa Rosada.

Está pasando